Para Aristóteles un gobernante, que lo sea de verdad, busca el bien de la ciudad, que coincide con el bien de quienes viven en ella.

Podríamos preguntarnos si también hoy los políticos, legisladores, jueces, policías y otros administradores públicos buscan ese bien de la ciudad y de sus habitantes.

Un indicador para responder es bastante fácil: ver si después de una normativa mejora la vida de las personas, si hay más armonía social, si disminuyen los delitos, si la economía satisface las necesidades fundamentales.

Por desgracia, a veces hay que esperar meses para reconocer que las decisiones han sido dañinas. Entonces, reparar los efectos negativos no resulta nada fácil, y las cosas empeoran más si se proponen remedios que provoquen nuevos perjuicios.

De ahí la importancia de fomentar, en quienes trabajan por el bien público, esa virtud de la prudencia con la que se analizan, del mejor modo posible, todos los aspectos que entran en juego a la hora de hacer leyes, decretos y normativas, y a la hora de aplicarlos en concreto.

No resulta nada fácil tener en la mente tantos aspectos: en un Estado, una región, una ciudad, se cruzan miles y miles de circunstancias y variables que ni las mejores computadoras pueden llegar a comprender de modo adecuado.

Pero allí precisamente se coloca la virtud de la prudencia, como esa habilidad de la persona con la que reconoce los aspectos centrales que entran en juego en cada decisión, y luego deja espacio a lo no previsto (y a lo imprevisible) a la hora de aplicar lo decidido y a reajustarlo sobre la marcha.

Por eso es tan importante rezar, hoy como en el pasado, por los gobernantes y administradores públicos en general, y pedir para ellos el don de la prudencia, que resulta fundamental para promover el bien común. Por eso, acogemos la invitación de san Pablo para pedir a Dios por nuestros gobernantes:

“Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1Tm 2,1 2).
 
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