El cristianismo se explica como un gran movimiento de amor por parte de Dios.
 
Ese amor estaba presente antes de la creación del mundo, en la misma vida de la Trinidad. Luego pasó a los ángeles, al cosmos, a los hombres.
 
Ese amor sigue en pie cuando el pecado de los primeros padres, y tantos otros pecados a lo largo de la historia, nos empujaban lejos de Dios.
 
Dios Padre, que tiene misericordia y compasión hacia todos, quiso enviar al Hijo con una gran esperanza: nuestra salvación.
 
Esa salvación no se impone, no amenaza, no obliga. Se ofrece sencilla y humildemente.
 
Basta una pequeña apertura en nuestro corazón para que inicie el milagro: los pecados quedan perdonados, el que estaba lejos vuelve a casa.
 
Luego el milagro llega a tantas esferas de la propia vida: podemos perdonar a quienes nos ofendieron, podemos superar egoísmos muy arraigados.
 
Sobre todo, empezamos a amar. Lo que gratis recibimos podemos darlo gratis. El gran movimiento de amor va más allá de uno mismo.
 
En la larga historia de la Iglesia, donde millones de hermanos han celebrado el don de Dios, entramos cada uno de nosotros con una simple palabra: creo.
 
También la fe se explica como don de Dios. Una fe que genera esperanza y que culmina en el amor.
 
Cada momento de nuestro caminar terreno podemos invertir mente y corazón en acoger el amor que Dios nos tiene.
 
Entonces el gran movimiento de la salvación seguirá presente en el mundo y nos preparará, suavemente, hacia el encuentro definitivo con el Cordero.

 
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