Miramos continuamente hacia adelante. ¿Responderán a esa carta o a ese mensaje electrónico? ¿Aumentarán los precios? ¿Volverá ese amigo? ¿Terminará pronto esta gripe?

Somos oteadores del futuro. De ese futuro del mundo material, con sus nubes misteriosas y con sus insectos agresivos. De ese futuro del mundo humano, donde la libertad de los otros genera mil incertezas.

Como pequeños generales, intentamos intuir cuál será la siguiente maniobra de quien está ante nosotros. Quisiéramos prevenir su golpe, o anticiparnos para almacenar energías interiores ante lo que pueda ocurrir en las próximas horas.

El futuro, sin embargo, se esconde entre tinieblas, huye ante las miradas más penetrantes. Algunas veces acertamos: era obvio que aquel presunto amigo tarde o temprano tiraría la máscara y buscaría herirnos por la espalda. Otras veces quedamos sorprendidos, también por noticias maravillosas: llega sin aviso un familiar que nos saca de la fosa...

En ese futuro, planean también puntos firmes y certezas que asustan o que dan esperanza. Resulta obvio que ese cáncer no podrá ser curado y provocará, en pocos meses, una muerte segura. Como también es seguro que Dios mantiene sus promesas y nos tiene preparado un lugar en el Reino de los cielos.

La vida sigue su curso. Los ojos miran hacia delante. El corazón teme o confía. El futuro escapa a nuestro control absoluto. El presente está en parte en nuestras manos.

Es hora de escoger y de orar. Sigo adelante. Este instante abrirá una puerta a la esperanza si busco la justicia, si perdono a mi hermano, si me arrepiento de mis pecados. Sobre todo, este instante será maravilloso si acojo en mi corazón el amor y la alegría que llegan de un Dios Padre, bueno y cariñoso, que me ofrece la salvación completa en su Hijo Jesucristo.


 
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