“Desgarrador y sincero” es el artículo publicado por Andrea Long Chu, el pasado 24 de noviembre en el New York Times, según lo califica en The Public Discourse el doctor en filosofía política Ryan T. Anderson.
 
Titulado "My New Vagina Won't Make Me Happy" (Mi nueva vagina no me hará feliz), el editorial firmado por Chu -destaca Anderson- “revela verdades dolorosas sobre muchas vidas transgénero y sin querer comunica casi exactamente lo contrario de lo que pretende decir el argumento”.
 
Precisamente, Andrea Long Chu revela que esta última semana de noviembre tenía planificado someterse a una cirugía de vaginoplastia: "El próximo jueves, tendré una vagina. El procedimiento durará unas seis horas y estaré en recuperación al menos tres meses".
 
¿Esto le traerá felicidad? Probablemente no según lo que afirma el propio Chu, dice Anderson. Pero a pesar de ello igual desea que se le opere: "Esto es lo que quiero, pero no hay garantía de que me haga más feliz. De hecho, no espero que lo haga. Eso no debería impedirme que me lo concedan".
 
Efectivamente Chu argumenta que el simple deseo de una cirugía de reasignación de sexo debería ser todo lo que se requiere para que un paciente la reciba. Ninguna consideración por la salud y el bienestar auténticos o la preocupación por los malos resultados debe impedir que un médico realice la cirugía si el paciente la desea. Chu así lo explica: "ninguna cantidad de dolor, anticipado o continuo, justifica su rechazo".
 
Aunque la afirmación es concluyente y bastante extrema, el argumento de Chu es totalitario: "El único prerrequisito de la cirugía debería ser una simple demostración de necesidad", señala.

A medida que el artículo de opinión construye esta cruda conclusión -comenta Anderson-, Chu revela muchas verdades frecuentemente no reconocidas sobre las vidas de los transexuales, verdades a las que todos deberían prestar atención.
 
El sexo no puedes reasignarlo
 
La reflexión de Anderson pone a flote la verdad que Chu revela en su artículo al reconocer que la cirugía no le podrá "reasignar" el sexo: "Mi cuerpo considerará la vagina como una herida; como resultado, requerirá atención regular y dolorosa para mantenerla".
 
Anderson coincide con Chu y reitera que “la cirugía no puede reasignar el sexo, porque el sexo no es algo asignado en primer lugar”, destaca.  Tal como ya lo describe en su libro When Harry Became Sally, dice, “el sexo es una realidad corporal, la realidad de cómo se organiza un organismo con respecto a la reproducción sexual. Esa realidad no es asignada al nacer o en cualquier momento después. El sexo (masculinidad o femineidad) se establece en la concepción del niño, se puede determinar incluso en las etapas más tempranas del desarrollo humano por medios tecnológicos, y se puede observar visualmente mucho antes del nacimiento con imágenes por ultrasonido. La cirugía estética y las hormonas sexuales no cambian la realidad biológica”.
 
Siguiendo la reflexión del propio Chu, Anderson concluye que “las personas que se someten a procedimientos de reasignación de sexo no se convierten en el sexo opuesto, sino que simplemente masculinizan o feminizan su apariencia exterior”.
 
"La "transición" no mejora las cosas y podría empeorarlas
 
Chu reconoce -comenta Anderson- que la "transición" puede no mejorar las cosas e incluso puede empeorarlas. Y así lo describe: "Me siento demostrablemente peor desde que empecé a tomar hormonas”…
 
Anderson añade a esa certeza que incluso la administración Obama (abiertamente amigable con la reasignación de sexo) admitió que los mejores estudios no reportan mejoría después de la cirugía de reasignación. En agosto de 2016, los Centros de Medicare y Medicaid concluían: "los cuatro estudios mejor diseñados y realizados que evaluaron la calidad de vida antes y después de la cirugía utilizando estudios psicométricos validados (aunque no específicos) no demostraron cambios o diferencias clínicamente significativas en los resultados de las pruebas psicométricas después de la GRS[cirugía de reasignación de género]".
 
¿Qué significa eso? …que no les trae mejoras significativas en su calidad de vida, aclara Anderson.
 
El suicidio es un riesgo latente
 
Chu reconoce que vive una permanente lucha con la ideación suicida desde que inició el proceso de reasignación : "No era suicida antes de las hormonas. Ahora lo soy a menudo."
 
En 2016, la administración Obama reconoció una realidad similar. En una análisis del estudio más grande y más robusto sobre la reasignación de sexo, los Centros de Medicare y Medicaid -revela Anderson- señalaron que "el estudio identificó un aumento en la mortalidad y la hospitalización psiquiátrica en comparación con los controles emparejados. La mortalidad se debió principalmente a los suicidios completados (19,1 veces más que en los suecos de control)".
 
Estos resultados son trágicos. Y contradicen directamente las narrativas más populares de los medios de comunicación, así como muchos de los estudios de instantáneas que no hacen un seguimiento de las personas a lo largo del tiempo. De hecho, la administración Obama señaló que "la mortalidad de esta población de pacientes no se hizo evidente hasta después de 10 años". Así que cuando los medios de comunicación pregonan estudios que sólo dan seguimiento a los resultados durante unos pocos años, y afirman que la reasignación es un éxito sorprendente, hay buenas razones para el escepticismo, concluye Anderson.

 
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