Juan estuvo once años consumiendo pornografía transexual (con una frecuencia variable y de manera intermitente).

En un periodo determinado, la intensidad fue tal  que “cumplió sus fantasías” en varias ocasiones con prostitutas transexuales. Él, que se considera un hombre divertido, gracioso, extrovertido, simpático, y a la vez estudioso y responsable, reconoce “he tenido una parte oscura durante mucho tiempo”.
 
Cuéntanos cómo ocurrió desde el principio…
Vengo de una familia de clase media en Zaragoza. Todo empezó en 2002 cuando volví a casa de mis padres tras haber estado un año entero estudiando en Finlandia, como parte del programa Erasmus de mi carrera universitaria de Económicas; yo tenía por aquel entonces veintitrés años. Quizás por el hecho de sentirme sin libertad al volver de nuevo a casa de mis padres, empecé a consumir bastante pornografía como método de escapatoria y, poco a poco, sin prestarle demasiada atención, empecé a interesarme por pornografía donde aparecían travestís y transexuales, hasta el punto de sólo consumir material de ese tipo. Aquello, en los momentos de caída, me atraía porque representaba una fantasía prohibida. Tras cada caída, me sentía fatal, con terribles sentimientos de culpabilidad. Siempre he sido creyente y he procurado rezar, aunque por épocas, he vivido momentos de alejamiento o aburrimiento espiritual. Cuando caía, me iba a confesar e intentaba empezar de cero, luchando contra las tentaciones.
 
¿Sufriste adicción a ello?
No era algo que ocurriera todos los días, quizás una vez cada dos semanas, y mientras no lo hacía me olvidaba de ello haciendo vida completamente normal: salía con mis amigos, iba a la universidad y nadie sospechaba nada; pero cuando el cansancio o la frustración acechaban (normales en la vida de cualquier persona normal) volvía a caer, volviendo a sentirme mal, volviendo a confesarme y volviendo a empezar “de nuevo”.
 
¿Se lo contaste a alguien en aquél momento?
Cuando yo me veía a mí mismo, veía que a pesar de que mis amigos me consideraban alguien normal, tenía ciertas “taras” o partes oscuras que ni yo mismo comprendía. En aquél momento no se lo conté a nadie. Siempre me preguntaba “¿por qué tengo ese tipo de fantasías?”. Yo, en el fondo, no las quería. ¿Cómo podía deshacerme de ellas? Como Elena me haría ver años más tarde, “había una parte de mí que odiaba” pero en aquel momento nunca lo vi así.
 
¿Qué pasó una vez empezaste a ver pornografía de manera más o menos recurrente?
Tras acabar la carrera, me independicé y me fui a vivir a Madrid por trabajo. Aquellas prácticas, poco a poco, se convirtieron en algo que formaba parte de mí; el círculo vicioso de caer, sentirme mal y levantarme. Poco a poco fue a peor: tras navegar por sitios pornográficos me dirigía a sitios donde se anunciaban prostitutas transexuales o travestis; a veces las contactaba para hacerles preguntas y en tres ocasiones llegué a acceder a sus servicios; pagué por sexo. Justo en aquella época me alejé de Dios y ni siquiera me confesé por hacerlo.
 
¿Cómo es ese mundo de prostitutas transexuales?
Me asombró la cantidad de transexuales y travestis que se anunciaban en sitios de internet, y lo que me decía a mí mismo y me digo todavía hoy, es que forzosamente tiene que haber bastantes hombres que están interesados en eso y que, por supuesto, la mayor parte de ellos no lo confesará. Tengo la sensación de que los clientes de esos servicios no lo comparten con nadie; es un mundo completamente incomprendido y desconocido pero real.
 
¿Cómo eran tus relaciones con las chicas en general? ¿Tenías novia? ¿Querías casarte?
En Madrid me lo pasaba bien; tenía un buen grupo de amigos, salía a menudo y además tuve varias novias. Mis relaciones con ellas eran poco duraderas, de unos pocos meses, y en el momento cuando estaba con ellas, me olvidaba de lo que había hecho con los transexuales.
 
¿Buscaste ayuda en algún momento?
Tras algunos años en los que seguí navegando en sitios pornográficos transexuales de manera esporádica pero con una constancia de entre dos semanas y un mes, me enteré de que había un psiquiatra en España que trataba pacientes que querían dejar de ser homosexuales; “lo mío” no era homosexualidad como tal, puesto que no sentía atracción hacia los hombres, pero por obvias razones estaba relacionado. Le contacté y tras hacer varios test psicológicos, me diagnosticó una especie de síndrome obsesivo y por ello me prescribió varios medicamentos (antidepresivos, ansiolíticos y otros). Los medicamentos me dejaban más tranquilo pero tenía la sensación de que eran simplemente “parches”. Le vi aproximadamente unas seis o siete veces esparcidas en un año y aquello no funcionó; no dejé el comportamiento en los momentos de caída y ahora, desde la distancia, veo que no tengo ni tuve ningún síndrome psiquiátrico.
 
¿Qué pasó después?
En 2009 conocí a la que hoy es mi mujer; empezamos a salir y me olvidé de mis tendencias durante unos meses. Sin embargo, ella se fue a estudiar a Berlín, y en mis momentos de soledad y decaimiento empecé a caer de nuevo en lo mismo. En 2011 la empresa para la que trabajaba, italiana, me propuso ir a Milán unos años así que me volví a ir al extranjero, esta vez a Italia, donde estuve cuatro años trabajando en Milán. Curiosamente yo quería con locura a mi novia, y aunque tuviera aquel comportamiento secreto, la seguía queriendo. Eso sí, desde que la conocí, el comportamiento nunca fue más allá de consumir pornografía transexual en los momentos de decaimiento (nunca prostitución). Ella nunca supo nada de todo ello.
 
Hablas ya de todo eso como si fuera pasado. ¿Qué pasó? ¿Por qué te decidiste a empezar un proceso de terapia reparativa?
A principios de 2014 gracias a Dios descubrí a Elena Lorenzo a través de Religión en Libertad tras un momento de caída. A pesar de que había intentado dejar todo aquello y de que había pedido ayuda con anterioridad y no había funcionado, todavía tenía esperanza de superar todo aquello; en el fondo siempre he tenido un trasfondo muy optimista. Empecé un proceso de Coaching con ella y por fin, tras varios meses trabajando con ella, lo superé completamente y además entendí muchas de las cosas que me habían pasado.
 
¿Qué te ayudó finalmente a superarlo por completo?
Lo que realmente me ayudó a superarlo definitivamente fue abrazar ese “yo” que recurría a todo aquello, sin juzgarle, y preguntarle tranquilamente, qué le estaba llevando a todo aquello, qué parte de mi estaba pidiendo a gritos que le hicieran caso, qué intentaba suplir con todo aquello. La introspección, la retrospección, la comprensión de mi relación con todos los miembros de mi familia, de quién era yo cuando era pequeño, de cómo me relacionaba con los demás, … todo ello y más me hizo entender que las tendencias que tenía no eran más que un mecanismo de escape en momentos de debilidad, provenientes de un déficit de sentimiento de seguridad persistente durante varios años, excesiva complacencia con los demás y muchas cosas “no-dichas”. Todo ello se sexualizó, necesitando una figura “extraña” (mujer con pene) y un comportamiento compulsivo para evadirme de todo ello, sin por supuesto aliviar nada.
 
¿Qué fue lo que descubriste con respecto a tus relaciones familiares?
Entre otras cosas comprendí la importancia de las relaciones establecidas con cada uno de los progenitores; en mi caso siempre estuve muy mimado por mi madre y por parte de mi padre siempre eché de menos que (i) fuera más explícito en sus sentimientos hacia mi, (ii) me diera más muestras físicas de afecto (abrazos, golpes en la espalda, etc.) y (iii) fuera más combativo o deportista (siempre se ha recluido mucho en sus asuntos de estudio intelectual).
Asimismo, he aprendido a quererle así y me he dado cuenta de que en el fondo he echado de menos algo que apenas me ha podido dar puesto que su padre (mi abuelo) fue todavía mucho más distante con él, y a su vez, el padre de su padre (mi bisabuelo) fue inexistente (tuvo a mi abuelo como hijo bastardo y nunca lo reconoció como hijo).
 
¿Qué has aprendido de todo el proceso y qué consejos le darías a alguien que pueda estar en la misma situación?
Creo que me equivoqué hace años al plantear la solución en términos de moral exclusivamente: es decir “he pecado, con lo que me confesaré, Dios me perdonará y procuraré no volver a caer en la tentación”. Cuando estuve en esa dinámica, tenía la sensación de que nunca acabaría realmente, de que sería un pecador que caería múltiples veces y me volvería a levantar, como un fumador empedernido que pretende dejar el tabaco y cae y se vuelve a levantar sucesivamente. Doy gracias a Dios porque me dio las claves de superación de todo ello, no a través de la simple represión de unas tentaciones, sino del “puro olvido” y desintegración de dichas fantasías a través del crecimiento personal. Es decir, ya no necesito todo ello, ya no significa nada. No digo que las caídas no sean pecado (lo son) pero además de ello hay un aspectos psicológicos que pueden y deben trabajarse. En definitiva, el hecho de dejar de ver exclusivamente esa problemática desde el punto de la moral (estar en pecado, confesarse, entrar en gracia y luchar contra la tentación) y de verlo, además, desde el punto de vista psicológico y del crecimiento personal, me ayudó a que se desvaneciera.
 
¿Por qué crees que no funcionó la terapia previa con el psiquiatra?
A pesar de su buena voluntad y gran conocimiento, yo no encontré un espacio cómodo, bajo mi punto de vista, por dos razones: (i) en las sesiones sólo tratamos el cómo hacer para no caer en aquellos comportamientos o sentimientos, dejando de lado las razones por las cuales tenía aquellos comportamientos o sentimientos y (ii) el psiquiatra adoptó una actitud algo “moralista” con respecto a lo que me pasaba. Tengo un buen recuerdo de él, pero aquel proceso conmigo no funcionó. Años más tarde, con Elena, hicimos justo lo inverso: abrazar, sin juzgar, a ese “yo” que estaba teniendo dichas tendencias, y descubrir por qué las tenía, y sólo a partir de ahí, pude avanzar y dejarlo por completo.
 
¿Cómo crees que uno debe pedirle a Dios ayuda en este ámbito?
Dios se manifiesta de muchas maneras y a través de muchas personas y/o de situaciones; me doy cuenta una vez más de que Dios es bueno, y de que muchas veces quiere que solucionemos las cosas desde la raíz y la comprensión, y no sólo desde la esperanza en que él aparecerá y nos arreglará todo sin intermediarios humanos. Debemos pedirle que nos ayude a comprender el por qué y que nos muestre el camino de superación que él considere mejor.


Fuente: LoSé

 
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