Cada persona ha recibido de Dios el don de la sexualidad. Este don abarca diversas facetas del ser humano, subrayando el valor y dignidad del hombre, como imagen de Dios mismo. Todos están invitados a custodiar según el querer de Dios este don excepcional, buscando la plenitud de nuestra humanidad y la santidad.

Pero el ser humano también es sujeto de amenazas a su santidad y es responsable de dar una buena batalla que salvaguarde su salvación. Permitirse por ejemplo sucumbir a la seducción de la pornografía puede acarrear daños extremos.

Un ejemplo dramático de las consecuencias que acarrea la adicción al vicio de la pornografía lo testimonia un asesino serial, el estadounidense Ted Bundy. Libremente y poco antes de morir (fue condenado a muerte) pidió dar la siguiente entrevista al psicólogo James Dobson...

 

 

Remontémonos al comienzo. ¿Has crecido en una familia sana?
¡Sí!

¿Has sido tú mismo víctima de alguna agresión sexual, de algún trauma especial?
No, jamás. Y esto también es una tragedia: crecí en una familia estupenda. Mis padres eran prudentes y rebosaban amor. Tengo cinco hermanos. Íbamos juntos a misa, mis padres no bebían ni fumaban, eran contrarios a los juegos de azar, no soportaban la violencia ni las discusiones en casa. Algunas veces había problemas, pero de todas formas lo que pasó conmigo no se puede explicar mediante mi contexto familiar. Más bien quisiera recordar de qué manera, a los 12 años, descubrí las revistas pornográficas en una tienda cercana a mi casa. Pasaba mucho tiempo en la calle con mis amigos. Rebuscábamos en la basura y a veces encontrábamos allí revistas porno duro. 

Quieres decir: ¿revistas ilustradas con escenas de violaciones?
Sí. Insisto en que este tipo de pornografía es el más peligroso. Estoy hablando desde mi experiencia personal. Fue una sensación dura y terrible. El porno más dañino es el que muestra violaciones sexuales. La violación y el sexo unidos suscitan terribles pasiones.

¿Recuerdas cuáles eran tus pensamientos en aquel tiempo?
Antes de contestarte, quiero aclarar una cosa: no pretendo que la gente me justifique. Asumo plenamente mi responsabilidad por lo que hice. Pero creo que fue la pornografía la que me empujó a violar. Era ella la que excitaba mi imaginación. Después me convertí en un esclavo de mis fantasías.

Me gustaría entender esto mejor. Tus fantasías, alimentadas por la pornografía, ¿llegaban a ser tan fuertes que acababas sintiendo la irresistible necesidad de hacerlas realidad?
Exacto. Eso fue lo que me ocurrió progresivamente. Yo iba buscando en la pornografía emociones más fuertes, más potentes. Es como una droga de la que no te puedes desenganchar. Hasta que descubres que ni siquiera eso es suficiente.

¿Antes no habías pensado nunca que se podían cometer crímenes parecidos?
En primer lugar, se siente una necesidad brutal de hacer esas cosas, y luego se llevan a cabo. Quiero que la gente entienda esto: yo era una persona normal, no me pasaba el día en un bar bebiendo, no era un vagabundo o un pervertido. Tenía buenos amigos, llevaba una vida normal, salvo esas fantasías destructoras que disimulaba. Cuando me detuvieron por primera vez, el shock y el horror de mi entorno se debían, entre otras cosas, a que hasta ese momento me consideraban un buen chico americano. De ninguna de las maneras se esperaban aquello. La sensibilidad y la conciencia que Dios me había dado seguían intactas, pero en aquellos momentos lo que pasaba es que se encontraban fuera de servicio. La gente tiene que entender que una persona que está influenciada por la violación, sobre todo la de la pornografía, no es un monstruo de nacimiento. Mi familia era creyente y magnífica, pero no existe ninguna protección contra la influencia del porno, que nuestra sociedad, demasiado tolerante, acepta sin problemas.

Sé que crees en lo que estás diciendo. Estoy aquí para recoger el último mensaje que quieres transmitir: el porno duro le hace daño a la gente y es causa de asesinatos y violaciones.
En la cárcel me he encontrado a mucha gente que había cometido violaciones por culpa del porno duro, como yo. Sin eso, mi vida y la de otras muchas personas habría sido mejor.

¿Crees que es justa la pena que te va a aplicar el Estado?
Yo no quiero morir. Pero me merezco el castigo más severo, y pienso que la sociedad debe defenderse contra gente como yo. Sin embargo, confío en que esta entrevista muestre que la sociedad debe protegerse contra sí misma. No tiene sentido que la gente de bien condene a Ted Bundy y pase indiferente al lado de kioscos repletos de revistas pornográficas, que generan  más “Teds Bundys”. Mi muerte no va a devolverles la vida a todas esas mujeres guapas que asesiné, ni tampoco va a mitigar el dolor de sus padres. Hay que actuar antes...

 
Fuente: Revista Madre di Dio, núm. 4, 1989


 
 
 
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