Recientemente se han difundido por las redes sociales de Internet algunos textos que afirman tener por autor a un sacerdote católico argentino, o al menos dicen inspirarse en él. Se trata del Padre Ricardo Gerula, y lo que ha extrañado a muchas personas es que dichos textos hablan de la solución a “enfermedades inexplicables para el diagnóstico médico” ... una solución que vendría de la mano de la geobiología y la radiestesia. ¿Ciencia o magia? ¿Es cierto lo que decía este hombre? ¿Es compatible con la razón y con la fe?

Un sacerdote peculiar

La página web de sus seguidores nos da algunos detalles de la trayectoria vital de Ricardo Luis Gerula. Nacido en Misiones (Argentina) en 1944, ingresó en la congregación salesiana (fundada por San Juan Bosco), en la que fue ordenado presbítero en 1975. Dos décadas después dejó ese instituto religioso para incardinarse como sacerdote en la diócesis de Quilmes en 1998, trabajando en una parroquia.

Sin embargo, tal y como leemos en su biografía, “en febrero de 2011, solicitó dejar la mencionada parroquia para dedicarse más de lleno al estudio y al ejercicio de las actividades relacionadas con talleres y conferencias de radiestesia”, viajando habitualmente por toda Argentina y otros países en este empeño. Finalmente, falleció en 2019, aunque su legado continúa.



Su currículum más amplio es, por supuesto, el relativo a la peculiar dimensión que lo hizo más conocido. Así, el Padre Gerula (en foto arriba) fue fundador de entidades como la Asociación Argentina de Geobiología (1998), la Asociación Uruguaya de Radiestesia y Geobiología (1998), la Unión Científica Internacional de Radiestesia (2002) y la Asociación Mexicana de Radiestesia y Geobiología (2006).

¿Qué es la radiestesia?

No es difícil encontrar la radiestesia en los listados de pseudociencias, ya que es un saber que se disfraza de ciencia, cuando no lo es, porque no responde a los requisitos necesarios del método científico. Aunque muchas personas no conozcan el término –ni el que se usaba de forma común anteriormente, “rabdomancia”–, seguramente sí identificarán algunas de sus prácticas: el uso de péndulos, varillas o ramas de árboles para detectar radiaciones electromagnéticas. La imagen más reconocida es la de la búsqueda de agua por parte de los zahoríes, con ramas en forma de “Y”.



Sin embargo, las aplicaciones de la radiestesia o rabdomancia van más allá de algo que puede resultar curioso e interesante, ingresando en terrenos muy delicados. En los textos que se difunden actualmente aludiendo a la figura del Padre Gerula podemos leer cómo esta práctica serviría para diagnosticar enfermedades en los seres humanos y otros problemas que puede haber en animales, plantas y personas.

La publicidad que circula en estos días intenta atraer a los lectores con el siguiente reclamo: “¿Sabía usted que algunos interrogantes, aparentemente sin respuestas, tienen respuestas científicas precisas?”. Y presenta un elenco de males: presencias fantasmagóricas en las casas, humedades e insectos en los hogares, confrontaciones familiares, niños con problemas de sueño, depresiones, insomnio, choques de vehículos, “animales, pájaros y plantas tristes” ...

La respuesta para todos estos problemas y enfermedades son, según la propaganda, “dos ciencias empíricas, muy antiguas, denominadas radiestesia y geobiología”. Después de explicar en qué consisten –y, de paso, decir que “los mayores radiestesistas de la historia son monjes o sacerdotes católicos”–, afirma que los seres humanos “estamos diseñados por la naturaleza para que nuestro cuerpo actúe como instrumento radiestésico y nuestra mente, a través de la intuición, se comporte como el mecanismo sintonizador de nuestro cuerpo”.

Crece la preocupación cuando observamos las aplicaciones que se dan actualmente a la radiestesia, más allá de la búsqueda de agua subterránea. Entre ellas, destacan “el discernimiento vocacional y estudios psicológicos”, en el mundo empresarial “para seleccionar empleados y cargos”, y en el caso de los médicos “para realizar diagnósticos y ver la mejor compatibilidad entre medicamentos, dosis y pacientes”. También se habla de su utilidad “para la comunicación telepática” y “en asuntos bélicos, astrológicos, hogareños y en las terapias alternativas”. Sin olvidar la domoterapia, dedicada a “curar” casas.

Subrayando, siempre, que “es un instrumento muy útil para la conservación de nuestra salud, al permitirnos dar respuestas científicas a algunos interrogantes [...] que –aparentemente– no tienen respuesta dentro de la ciencia tradicional y ortodoxa”. Como puede observarse, los peligros de estas ideas son grandes, al poner en duda la medicina, ya que se sitúa a la radiestesia y sus prácticas como alternativas a los tratamientos habituales, limitados y cerrados a este “nuevo conocimiento” que difunden personas como el Padre Gerula.

¿Qué problemas trae consigo?



Por parte de la razón y de la ciencia -que es de lo que pretende vestirse la radiestesia-, no hay ninguna comprobación ni confirmación de sus postulados. No se ha podido probar su efectividad en experimentos hechos con seriedad, y sus hallazgos responden al azar. ¿Y cuál es la razón de que en ocasiones no haya fraude por parte del radiestesista, y haya de verdad movimientos no causados voluntariamente?

Desde el siglo XIX se conoce el origen del movimiento de los péndulos, varillas y horquillas en estas prácticas, en los casos de que no haya engaño directo y consciente: es un movimiento involuntario, producido por sugestión –o autosugestión– de la persona que los utiliza. Se llama “efecto ideomotor”, y es la misma explicación para gran parte de las experiencias de supuesto contacto con espíritus hechas con la tabla ouija, tal como explica el experto Vicente Jara, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES).

¿Pero se trata sólo de un fenómeno fácilmente desmontable desde los parámetros de las ciencias naturales? No es tan sencillo, ya que es posible que algunos actos de radiestesia tengan efectividad. Y aquí es donde surgen las teorías de lo parapsicológico o paranormal, que plantean “sus” respuestas a hechos inexplicables desde el punto de vista científico.
 
Desde el punto de vista creyente, está claro que puede haber sucesos de origen fuera de lo natural: o vienen de Dios... o vienen del demonio. Y toda práctica mágica u ocultista, si tiene frutos, sólo es explicable desde lo segundo.
La Iglesia católica lo ha tenido siempre claro. Por eso, en 1942, el Santo Oficio –siendo pontífice Pío XII– prohibió a los clérigos la práctica de la radiestesia en su versión adivinatoria, ya que constituye una forma de intentar conocer eventos futuros u ocultos, algo que va directamente contra el primer mandamiento. Aunque esta medida disciplinaria no incluía ningún juicio sobre la validez científica de la rabdomancia, no cabe duda de que “es inconciliable con la razón y con la fe cristiana en la providencia pretender averiguar con el péndulo los acontecimientos futuros que dependen de la libertad”, tal como señalaba en su tratado de moral La ley de Cristo el teólogo Bernhard Häring.

La radiestesia, por mucha palabrería científica que quiera utilizar, no es más que una práctica de adivinación. Y, como tal, no sólo resulta extraña y ajena a toda racionalidad humana, sino que también atenta contra la religión, al buscar la complicidad de poderes ocultos que se quieren dominar para conocer o controlar mejor la realidad. Se trata, entonces, de una práctica mágica y supersticiosa que, desde el punto de vista católico, aparta al hombre de la confianza en la providencia de Dios... y lo acerca a la acción devastadora del demonio.
 
 
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