La dramática muerte de la joven holandesa Noa Pothoven de 17 años que se dejó morir por inanición el pasado 2 de junio, da rostro a las cifras del último informe de la OMS, que sitúan al suicidio como la segunda causa de muerte en personas entre los 15 y 29 años. Agrega la entidad que cada año se suicidan cerca de 800.000 personas, un promedio de 2.197 individuos por día.
 
No es habitual que los suicidas hagan pública -como Noa Pothoven- la decisión y forma de acabar con su vida. Pues -tal como informa la OMS- “si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol) está bien documentado en los países de altos ingresos, muchos suicidios se producen impulsivamente en momentos de crisis”.
 
La muerte de Noa ha generado reflexiones antagónicas respecto al rol de las instituciones públicas y la familia para la prevención y cuidado de las personas. Papa Francisco al conocer los hechos se hizo parte de esta reflexión y escribió en su cuenta de twitter: “La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta que hemos de dar es no abandonar nunca a quien sufre, no rendirnos, sino cuidar y amar a las personas para devolverles la esperanza”.
 
Prevención: Tarea del gobierno e Iglesias

 
Esa respuesta en defensa de la vida que pide el Papa es la misma que busca la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental al denunciar en las conclusiones de su estudio “Suicidio y psiquiatría” que “en nuestro entorno apenas se dispone de programas específicos de prevención, protocolos de intervención ni de registros acumulativos de casos, y, además, cuando existen, es infrecuente su evaluación tanto interna como externa. Es recomendable promover registros sectoriales mediante convenios con los Institutos de Medicina Legal.
 
Es así -señalan desde la referida Fundación- que la prevención debería ser una política pública exigible en todos los países. En esta línea se puede citar como ejemplo la iniciativa: National Suicide Prevention Lifeline. Una línea telefónica abierta las 24 horas del día, con personal capacitado -en todas las regiones de un país- para escuchar, acoger, contener, orientar, vincular a equipos de emergencia; instrumento que reduce la ocurrencia de suicidios, logrando también vincular a las personas con los profesionales y comunidades religiosas donde pueden encontrar ayuda.
 
La práctica religiosa

 
 “Las creencias religiosas asociado a las prácticas que estas conllevan aparece como un elemento protector con respecto al riesgo suicida”. Es parte de las conclusiones de un conocido estudio publicado el año 2003 en la revista Anales de Psicología de la Universidad de Murcia. Las conclusiones de esta investigación, realizada por un equipo de 10 investigadores, psicólogos, psiquiatras, epidemiólogos y otros profesionales de la salud, ha sido ratificada por muchos otros estudios
 
Una de estas investigaciones fue realizada en Suiza por el epidemiólogo y académico Matthias Egger, con el respaldo de la Universidad de Berna.

Egger analizó datos censales estadísticos de los años 2000 a 2005, sobre 1.700.000 católicos, 1.500.000 protestantes, y más de 400.000 individuos sin afiliación religiosa alguna, comparándolos con registros de mortalidad por suicido.
 
Considerando factores sociológicos, como la edad, el estado civil, la educación, el idioma o el grado de urbanización de los individuos analizados, constataron que entre las personas religiosas, los católicos presentaban la tasa más baja de suicidios. Pero además que las personas no religiosas padecían una tasa de suicidios más alta que sus contemporáneos religiosos.
 
Un espaldarazo a lo apuntado por Egger son las conclusiones que el año 2010 publicó Merike Sisak y sus colaboradores, del Instituto de Salud Mental y Suicidología Estonio-Suizo.
 
Sisak para evitar críticas, utilizó además datos e informes disponibles de la OMS, denominados SUPRE-MISS. Con su equipo aplicó un mismo cuestionario a personas elegidas aleatoriamente, de distintos países, diferentes credos religiosos y no creyentes, con intentos suicidas y sin ellos. Los resultados fueron consistentes para concluir que las personas con práctica religiosa de fe monoteísta presentan menor riesgo de suicidarse.
 
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