Aunque desde hace varios años la presencia de chicas en las canchas de fútbol se ha vuelto casi normal no es común verlas masivamente en los estadios y, menos aún, formando parte de las polémicas barras bravas de los clubes.
 
Pero hay excepciones, como lo cuenta a Portaluz la colombiana Jasbleidy López García hoy de 29 años, y que alguna vez fuera una hincha fanatizada del Atlético Nacional de Medellín.

La violenta muerte del padre
 
Su infancia transcurrió con mucha normalidad, sintiéndose amada y mimada por sus padres. “Era una vida perfecta, amaba a mis papás”, reitera.  Pero al cumplir los 8 años la relación de sus progenitores comenzó a deteriorarse hasta que acabaron separados. “Para mí fue un trauma muy grande todo eso, el castillo se me había derrumbado” comenta la joven. Forzada por el contexto en que se daba la separación, se quedó viviendo con su madre en Bogotá, mientras que el padre regresó a Medellín; un año después sería asesinado en un extraño episodio de violencia institucional al ser confundido -dijeron- con un guerrillero.
 
La muerte de su padre y el hecho de haber escuchado a su madre luego de la separación contando a terceros que no lo perdonaba generaron en Jasbleidy un sentimiento de odio… “Aparte del odio que le tenía a las personas que mataron a mi papá yo la culpé a ella, diciéndole que si hubiese perdonado a mi papá él no estaría muerto. Le cogí un odio muy grande a mi mamá, empecé con la rebeldía y lloraba siempre”.  Mientras tanto en el colegio entabló amistades con compañeros poco virtuosos y así, agrega, “empecé a conocer todos los vicios como el cigarrillo, el alcohol y reforzar mi rebeldía”. 
 
Una chica en la barra brava
 
 
Bajó el rendimiento escolar y cada cierto tiempo su madre era convocada al colegio porque Jasbleidy llegaba a clases con hálito alcohólico o “abiertamente borracha”, confidencia.  Sus carencias afectivas también las volcaba pasando límites que le hicieren figurar en las redes sociales. Hasta que se sintió atraída por ser parte de un grupo virtual de fans del Atlético Nacional, su equipo de fútbol favorito.
 
“Allí conocí un muchacho, empezamos a hablar por chat privado, me contó que ellos iban a unas barras y que tenían un grupo de amigos donde se reunían. Eran del Nacional, me dijo, e iban a los estadios. Yo le respondí: «¡Uy qué chévere!, yo quiero participar de esto»”.
 
Le atrajo tanto que tomó la resolución de formar parte del grupo de fanáticos. “Esa era la excusa perfecta para sacar ese odio que uno tiene”, comenta.
 
“Para mí el estadio era como una droga”
 
Las barras bravas, dice esta joven colombiana, suelen ser para los clubes como los soldados de un ejército, que defienden los colores del club, la pertenencia al mismo, cual si se tratase del territorio patrio. “Semanalmente se hace una reunión y recuerdo cuando una vez se nos dijo que íbamos a encontrarnos con los de Millonarios en la carretera. Ellos son como los enemigos de nuestro equipo y uno llega hasta el punto de quererle quitar la vida a otra persona, simplemente porque tiene la camiseta de otro color. Allí entonces encontramos todo para desahogarnos y cuando me di cuenta de ello supe que era mi lugar para liberar todo ese odio que sentía”.
 
Estuvo un año y medio con la barra brava del Atlético Nacional, viajando por todas las ciudades donde jugase el equipo. Los excesos eran la dinámica permanente… exceso de alcohol, de gritos, de conductas antisociales, desbordados de violencia. La adrenalina que sentía la hacía involucrarse cada vez más en los partidos y en las peleas con otras barras bravas.  A pesar de que su abuela al verla salir le decía “mija no se vaya por allá” y se quedaba rezando el rosario, ella no podía resistir su fanatismo. “Era una adicción muy fuerte, porque para mí el estadio era como una droga”.  Recién pudo abrir algo los ojos cuando uno de los miembros de la barra casi la viola confidencia: “Fue un momento muy fuerte, tan tenso lo que yo viví que me dije: ¿qué está sucediendo con mi vida?”.
 
Un partido muy especial
 
En ese momento fue providencial la invitación de una amiga a un retiro espiritual; y aunque en un primer momento se resistía pensando: “Yo no voy a rezar toda la vida, me la he pasado rezando con mi abuela”, aceptó. No era simple la decisión pues la misma noche que comenzaba ese retiro el Atlético Nacional tenía partido. Fanática como era, se le ocurrió proponer un singular trato a Dios… “Yo le dije: bueno Dios si eres tan milagroso vamos a hacer un trato; yo me voy para el retiro, pero Nacional tiene que ganar. Si Nacional no gana yo me regreso de ese retiro”. 
 
Lo cierto es que el Nacional ganó esa noche y aunque le alegró, a las pocas horas de iniciado ese momento fuerte de encuentro con Dios el fanatismo fue perdiendo peso en su alma.  “Jamás imaginé lo que iba a vivir. Me encontré con el amor verdadero, me encontré con Dios. Hubo una actividad maravillosa, un encuentro con el Señor, pude ver la vida como nunca antes cuando hicimos el ejercicio espiritual de perdonar… Era para mí tan difícil que casi no lo hago, pero en ese instante tuve una gracia del cielo y sentí a mi papá diciéndome que para poder descansar en paz él necesitaba que yo perdonara. Fue algo maravilloso y a causa de eso me entregué. Era lo que yo necesitaba en mi vida, pues Dios no es un Dios de viejitos como yo lo creía; porque siempre decía que cuando llegara a viejita iba a rezar, que la iglesia era de los viejos. Me enamoré de la iglesia, me enamoré de la Virgen, me enamoré perdidamente de la eucaristía, del Santísimo, me enamoré de Dios y a partir de ahí decidí no volver a atrás”.
 
 
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