Martha Eugenia Guerra Matiz es una fisioterapeuta nacida en Colombia, que como tantos otros habitantes de este país fue seducida por las fuerzas armadas revolucionarias y participó activamente dentro de sus filas, sin llegar a tomar las armas.
 
Estudió en colegio de monjas parte de su infancia y aunque “amaba a la Virgen María”, -cuenta a Portaluz-, le tomó fobia al rezo del rosario, porque las “hermanitas del colegio obligaban a rezarlo todos los días”. Sin embargo “a los nueve años tenía mucha ilusión de hacer mi primera comunión” -recuerda- y más adelante cuando tenía 11 o 12 y por propia iniciativa, comenzó a leer la Sagrada Escritura. Su madre era de misa diaria e intentaba también impregnar en sus hijas la fe.
 
Todo ese proceso comenzó a tambalearse en su adolescencia y la joven dejó de recibir habitualmente los sacramentos. Aquellos años la joven padeció por las limitaciones económicas de sus padres y hoy cree que esto fue el aliciente para sentirse identificada con los grupos guerrilleros de Colombia, absorbiendo su ideología atea, que valida la violencia y la lucha de clases, como camino para alcanzar justicia.
 
Justificando la violencia
 
Los sesenta y setenta fueron años de intensa confrontación ideológica en muchos países latinoamericanos. Colombia no estuvo exenta de esta lucha fratricida y los centros universitarios se constituyeron en fuentes de reclutamiento para captar nueva militancia manipulando las ilusiones a cientos de jóvenes idealistas.
 
Cuando ingresó a la universidad, Martha se sintió encandilada por estos grupos cuyos miembros repartían panfletos, regalaban libros y casettes de música que alentaban la lucha revolucionaria para restituir la dignidad de los pobres. Sería el M-19, organización armada ilegal en Colombia, infiltrada en los claustros académicos, quien lograría seducir a Martha: “Yo pensaba que esa causa era buena” recuerda con pesar.
 
Ideologías de mal
 
Dios y el camino señalado por su hijo, Jesús, ya no eran el centro en la vida de Martha. Ahora la invadía un espíritu de violencia. Recuerda esos tiempos y se apena al saber cómo fue engañada: “Los presentaban como quienes iban a salvarnos, no, que iban a salvar a Colombia (…) Yo siempre tenía en mi corazón, la injusticia; porque siempre me he rebelado contra la injusticia (…) y no faltaba oportunidad para inculcarnos ideas tales como,  mire tal cosa, fíjese que es el gobierno, ojo con la policía, mire lo que nos hicieron, en fin, buscan a las personas que tengan como resentimientos; y entonces se valieron de nuestras buenas intenciones para meternos ese odio en el corazón” revela Martha.
 
Tras el tiempo de adoctrinamiento y permanente estímulo de la sensibilidad ética de los estudiantes un día -precisamente cuando Martha hacía prácticas en el Hospital San Juan de Dios en Bogotá-, les dijeron que había llegado el momento de hacerse oír y se tomaron el recinto, con pacientes incluidos, a quienes no dejaron de atender. La aventura terminó al ser desalojados tres días después. “Empezamos a sentir ruidos y gritos por todos lados, yo pensé que me llegaba la muerte” recuerda Martha.
 
La detuvieron y esto lejos de amilanar a esta mujer, vino a confirmar su certeza de lucha. “Tú te vas metiendo y metiendo y te parece muy interesante, es como una aventura, como que tu vas a liberar el país, como que tu vas a acabar con la corrupción, y todo esto afectó mis creencias y yo pensaba que Dios tenía la culpa de todas esas cosas, de todo lo malo que pasaba” advierte.
 
Resistiendo la acción del Espíritu Santo
 
 
Siempre cercana a los pasos que en la vida iba dando su hija, la madre de Martha buscó la ocasión, con suavidad, para llevarla de vuelta al encuentro con Dios. “Ella no me habló a mí ni de Dios o que eran cursillos de cristiandad. Me dijo: «¿Por qué no vas a esta convivencia?» Yo le dije: «¿Qué es?» Me respondió que iban a una finca y había piscina”. Martha se dejó convencer, pero cuando estaba subiendo al bus estuvo a punto de arrepentirse y bajar. En ese momento, dice, vio a través de la ventana a su madre, lloraba. Y Martha se entregó. “Dije para mí: «Si estoy aquí es por algo, pues me voy a sacrificar estos dos días, pero le voy a dar gusto a mi mamá»”.
 
Resistía dice cada momento de las primeras horas en aquél encuentro y aún no sabe cómo, pero al llegar la noche acogió la invitación a realizar un examen de conciencia de toda su vida, estando sola en su habitación. “Empecé a hacer ese recorrido de vida, de los vacíos, porque tenía muchos vacíos, entre ellos del amor de Dios”, pero sin intención clara de confesarse después comenta. 
 
Con el nuevo día fue sorprendida cuando todos le pidieron hiciera de amanuense tomando nota de las intervenciones que motivaban al acto de vivir el sacramento de la reconciliación. Hasta que llegó su momento y la invitaron a confesarse. Fue sin resistir. Hacía muchos años que no acudía a reconciliarse con el Señor, pero recordaba ciertas formas… Se arrodilló en el confesionario y narró todo su pasado, pero como alguien que expone las  vivencias que dejó atrás; no había dolor por los pecados, ni propósito de enmienda y entonces escuchó al sacerdote decir: «No te puedo dar la absolución». Perpleja ella recuerda haberle preguntado la razón. «Porque tú no tienes dolor por los pecados, y es importante que tú sientas dolor de los pecados, porque sin este dolor no sientes que tú has ofendido a Dios con lo que hiciste», respondió el sacerdote. Confusa, comenzaba a sentir el peso de aquella advertencia y Martha dice que le preguntó: «¿Cómo es tener dolor de los pecados padre?» La respuesta la puso en un instante ante el misterio de la fe: «Pídele a Dios esa gracia» respondió el confesor. 
 
El poder liberador del sacramento de la Reconciliación
 
Martha recuerda que en ese instante no comprendió cómo debía ‘hacer’ ese pedido. Todo se aclaró al siguiente día escuchando una meditación sobre el amor de Dios y Martha nos cuenta que entonces tomó conciencia de su pecado… “empecé a llorar y llorar”.  Salió de allí yendo directamente a ver al sacerdote y le dijo entre llantos y pesares: «Sí padre, estoy arrepentida, ¿ahora sí me va a dar la absolución?» El sí del sacerdote se escuchó como un bálsamo.
 
“Me dio la absolución y sentí que me habían quitado un peso de encima, ese puede decirse que fue como el primer comienzo, el llamamiento de Dios”, nos confidencia esta mujer que poco tiempo después fortalecería su conversión consagrándose al Corazón Inmaculado de María. “No hay que perder la esperanza, aunque el camino sea oscuro, Dios siempre tiene una luz del otro lado” concluye.
 
 
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