En Alaska las personas sin hogar suelen morir a la intemperie a consecuencia de una letal combinación entre alcoholismo, exposición al frío, deficiencias en el sistema público de protección social y falta de misericordia.

Este territorio de la Unión tiene una de las tasas per cápita más altas de personas enfermas por alcoholismo y que deambulan en las calles, vulnerables. A medida que la temperatura baja, aumentan las muertes de personas sin hogar.

Alan Rice fue uno de estos prójimos vulnerables. Recuerda que tenía una vida saludable en California, pero desde comienzos del 2011 se fue permitiendo traicionar sus valores y creencias.  Deambuló en diversos lugares de Estados Unidos hasta terminar finalmente en Alaska, cuenta al diario Catholic Anchor.  
 
Mentiras y vicios esclavizan
 

Dice Alan (imagen a la derecha) que él llegó a vivir en las calles de Anchorage a consecuencia del pecado, la deshonestidad y auto-aniquilación; hasta encontrarse a las puertas del hospicio Brother Francis Shelter en el invierno de 2012. “Por entonces mis patrones de pensamiento estaban en confusión extrema”, recuerda.


Había abandonado todo lazo ético de compromiso con su familia dejándose gobernar por el egoísmo de hacer una búsqueda existencial, autoindulgente y libertina. En las calles era  para sus pares un líder espiritual, pero esta fachada exterior no lograba acallar el hambre de coherencia que le torturaba, señala. “Mientras que aparentaba ser muy cristiano hablando un lenguaje convincente,  esto no era coherente con mi fuero interno. Me consideraba un católico deshonesto y no puedes vivir mucho tiempo  esa disonancia. Tenía que optar y elegí convertirme en una persona deshonesta”.

Como consecuencia de este descalabro existencial, señala, él -que nunca había vivido un consumo problemático de alcohol u otras substancias- terminó rodando por la pendiente. No sólo perdió empleo, traicionó, se creó obstáculos, violó la ley, sino que ya no tenía esperanza. “Me convertí en un ladrón”, se lamenta.

“Te hemos estado esperando”

De su conversión espiritual, recuerda un momento crítico cuando reconoció que solo Dios podía ayudarle. El “martillo federal”, recuerda, caería sobre él como consecuencia de haber sido deshonesto por años. Y entonces en lo íntimo suplicó a Dios. “Me abandoné por entero. Le ofrecí a Dios mi vida, sin restricciones”, acota.

Poco después de esta oración sucedió lo que temía y debió presentarse al tribunal. Las palabras del secretario fueron cortas e inesperadas: "Te hemos estado esperando. Tu asuntos están resueltos”, fue todo lo que dijo señala Alan.

Tras ser restaurada en su alma la esperanza por ese signo, ninguna circunstancia material o dificultad lo doblegaba. Ahora tenía fe. "Con el Creador -poder supremo del cielo y la tierra-, como tu mejor amigo, es un escenario totalmente diferente; aunque vivas en un coche, aunque haya limitaciones".

Dar gratis lo que gratis recibiste

Rice tiene hoy una clara conciencia del impacto que la adicción a drogas y alcohol provoca y del cómo se llega allí. Por esto, señala, mantiene un orden de vida basado en la fe pues le otorga la paz que nada ni nadie antes pudo darle. Pero no solo eso, además da una mano a otros. "No puedo vivir en buena conciencia sabiendo que hay gente en una pobreza tan extrema en mi país", reflexiona y junto con citar las palabras del evangelio “porque pobres siempre tendréis con vosotros", agrega: “Ha sido bueno volver sobre las huellas de mis pies”.

Cada día al anochecer Alan toma el autobús desde Mountain View, donde está su casa, para dirigirse al hospicio Brother Francis Shelter donde supervisa a los ayudantes de la cocina cuidando de la acogida y distribución de alimentos a personas sin hogar que llegan hasta el refugio donde todos encuentran abrigo, alimento y oportunidades de restaurar ese vínculo con Dios que efectivamente sana y libera.

 
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