"Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20,29) le dice Jesús al apóstol Tomás, poniendo de relieve que la mejor certeza de su resurrección no proviene de la ciencia o la deducción lógica, sino que surge de la fe en el encuentro con Él, el Resucitado.

 

Sin embargo, las certezas que aporta la ciencia, como las propias del razonamiento lógico, pueden ser un primer peldaño para llegar a ese encuentro extraordinario que posibilita la fe.

 

El sepulcro de Jesús vacío -un hecho reconocido por seguidores y detractores de Cristo- es un signo de su resurrección. Pero, además, la veracidad de este hecho extraordinario se puede concluir estudiando los relatos de los Evangelios, su contexto histórico y el perfil de los testigos citados. Finalmente, también se reconoce el hecho de la resurrección de Jesús gracias a dos objetos ampliamente estudiados y validados por la ciencia: la llamada Síndone de Turín y el Santo Sudario.

 

El perfil de los testigos y la narrativa utilizada por los Evangelios

 

 

La resurrección de Jesús no es un invento de los apóstoles y discípulos, tampoco una mentira de la cual se han convencido para escapar de la histeria que les hubiere causado el miedo a morir o el dolor de la pérdida; menos aún se trata de una conspiración o de visiones colectivas que tuvieren por causa alguna perturbación mental.

 

Los propios Evangelios atestiguan que los apóstoles, temerosos de ser apresados y morir crucificados al igual que su Maestro, lo negaron (Pedro), huyeron (Juan) y se ocultaron. Estaban fracasados, todo había terminado con la muerte y sepultación de Jesús.

 

Eran pescadores, pobres, hombres y mujeres, de escaza educación y en nada preparados o reconocidos en sus comunidades para ser líderes o referentes sociales. Algo realmente extraordinario debieron haber presenciado entonces, como para que pudieran vencer sus miedos; estando dispuestos a morir por defender, proclamar y ser testigos públicos de que Jesús, nacido de María, su Maestro, el que fuera crucificado, muerto y sepultado, había resucitado, confirmando así que es efectivamente el Hijo de Dios.

 

¿Estaban acaso todos locos que, de negarlo, huir y esconderse, en pocos días estaban dispuestos a morir por defender una mentira? Lo único que parece razonable afirmar es que fueron testigos de algo extraordinario que los transformó. Sí, ellos vieron, creyeron y dieron testimonio.

 

Otro dato que pesa a favor de la veracidad del relato de los Evangelios, es que no se ocultan las dudas que tuvieron los propios testigos de la Resurrección. Sólo tras reiterados encuentros con Jesús resucitado e incluso un Tomás desafiado a palpar las heridas pasarán de incrédulos a creyentes que proclaman a Jesús como «Señor mío y Dios mío».

 

La experiencia de los testigos que afirman haber visto al Resucitado ha marcado para siempre la historia de la humanidad posibilitando el nacimiento de la comunidad de creyentes y la existencia del Nuevo Testamento. Así lo destaca en su Ensayo de Cristología el teólogo José Ignacio González Faus: “Solo por esa experiencia (la resurrección de Jesús) hubo predicación y hay Nuevo Testamento. Este no se escribió como efecto del impacto producido por la vida de Jesús, ni de la impresión producida por su muerte. Todas sus páginas son sólo precipitados de la reacción provocada por la experiencia pascual. (…) Los primeros predicadores deseaban dejar bien claro que el Cristo que ellos predicaban vivo era aquel mismo Jesús que la gente había podido ver y conocer en Galilea y en Jerusalén”.

 

La Síndone y el Santo Sudario, testigos de la Resurrección de Jesús

 

 

Para conocer en profundidad la argumentación respecto de la importancia de la Síndone y el Santo Sudario pulse aquí y lea el artículo publicado en Portaluz titulado: Sólida investigación lo confirma: ¡La Sábana Santa es auténtica! .

 

Lea asimismo el reportaje La ciencia revela rastros de crucifixión, corona de espinas y origen del Santo Sudario y además: "El hombre de la Síndone es Jesús de Nazaret", confirma un experto en Nanotecnología.

 

Y entonces surgió el Kerygma

 

 

El kerygma primitivo, la buena nueva por la cual miles han dado su vida a lo largo de la historia, nace precisamente del testimonio de la Resurrección. Al respecto, en su discurso a los participantes de un Simposio Internacional sobre la Resurrección de Cristo, el Papa Pablo VI reflexionando sobre “la Resurrección física de Jesús”, señaló:

Como notaba con finura y delicadeza el añorado Romano Guardini en una profunda meditación, los relatos evangélicos subrayan «a menudo y con fuerza que Cristo resucitado es distinto de como era antes de Pascua y distinto del resto de los hombres. En las narraciones su naturaleza tiene algo de extraño. Su cercanía conmueve profundamente, llena de estupor. Mientras que antes "iba" y "venía" ahora se dice que "aparece", "de repente", junto a los peregrinos, que "desaparece" (cf. Mc 16, 9-14; Lc 24, 31-36). Las barreras corporales no existen ya para Él. No está limitado a las fronteras del espacio y del tiempo. Se mueve con una libertad nueva, desconocida en la tierra... pero al mismo tiempo se afirma claramente que es Jesús de Nazaret, en carne y hueso, tal como vivió antes con los suyos, y no un fantasma...». Sí, «el Señor se ha transformado. Vive de forma distinta a como vivía antes. Su existencia presente nos resulta incomprensible. Y, sin embargo, es corporal, contiene a Jesús todo entero... e incluso, a través de sus llagas, contiene toda su vida vivida, la suerte que sufrió, su pasión y muerte». Por tanto, no se trata solamente de una supervivencia gloriosa de su yo. Nos encontramos en presencia de una realidad profunda y compleja, de una vida nueva, plenamente humana: «La penetración, la transformación de toda la vida, incluido el cuerpo, por la presencia del Espíritu... Se realiza en nosotros ese cambio que llamamos fe y que, en vez de concebir a Cristo en función del mundo, hace pensar en el mundo y en todas las cosas en función de Cristo... La Resurrección desarrolla un germen que Él siempre llevó en sí». Diremos de nuevo con Romano Guardini: sí, «necesitamos la resurrección y la transfiguración para comprender realmente lo que es el cuerpo humano... En realidad, sólo el cristianismo se ha atrevido a situar el cuerpo en las profundidades más ocultas de Dios» (R. Guardini, El Señor, t. 2).

Ante este misterio nos quedamos llenos de admiración y de asombro, como ante los misterios de la Encarnación y del nacimiento virginal (cf. San Gregorio Magno, Hom. 26 in Ev., lectura del breviario del Domingo in albis). Por tanto, dejémonos introducir con los Apóstoles en la fe en Cristo resucitado, la única que puede traernos la salvación (cf. Hch 4, 12).

Tengamos también confianza absoluta en la seguridad de la Tradición que la Iglesia garantiza con su ma­gisterio, la Iglesia que fomenta el estudio científico al mismo tiempo que sigue proclamando la fe de los Apóstoles.

 

 

“Si no resucitó Cristo, es vacía nuestra predicación, y es vacía también vuestra fe... y vosotros estáis todavía en vuestros pecados” (1 Co 15, 14.17). 

 

 

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