Enseñar matemáticas y economía a jóvenes estudiantes en un pequeño colegio de la localidad de Deán Funes, al norte de la provincia argentina de Córdoba, apasiona a Oscar Seú. Como fiel hincha de River Plate, habla también de futbol y lo juega con amigos. En mayo próximo será padre, tiene 38 años y sintiéndose “en las manos de Dios” se considera feliz. Pero esta vida con sentido, cuenta a Portaluz, plena de esperanza, pudo conocerla sólo cuando miró con verdad en su alma.
 
Familia, padre y madre, factor vital en todo ser humano
 
Era un adolescente normal, recuerda, que practicaba deportes, estudiaba y soñaba con un futuro exitoso. Pero en la intimidad familiar se estaba fraguando el desastre. “Mi papá tenía problemas de alcoholismo y había mucha  violencia… los jueves mi padre venía mal y tenía que cuidar a mis hermanos, porque le pegaba a mi mamá”.
 
Aún emocionado, sintiendo tal vez aquella desazón de niño vulnerado, confidencia que poco a poco se fue alterando su propio carácter –“quizás por nuestra sangre árabe”- y aumentando la distancia con el padre. “Mi papá tenía una forma de ser violenta en cuanto al trato físico como psicológico. Sus padres, mis abuelos, eran de Siria y bueno, como que cargó con el machismo. Mientras, mi mamá es la que me ha consentido y ayudó después. Aunque tenía actitudes de sobreprotección que a mí no me sirvieron mucho y que las he debido enfrentar y sanar al momento de solucionar problemas”.
 
Como padecen otros chicos en su situación, también Oscar comenzó a buscar en la calle afectos, validación, un mejor lugar... “Obviamente, sin hacer nada era el ambiente propicio para que comenzaran a ingresar cosas de todo tipo. Ideas buenas como malas, digamos. Una de ellas fue irnos de vacaciones a Brasil. Lo armamos y partimos, sin saber que un amigo mío del grupo, ya estaba inserto en las drogas. Allá, en una de las playas, él compró algunas sustancias y nos fuimos a un departamento. Así empezó todo. El, pidiéndome que inhalara cocaína y bueno... aspiré por primera vez”.
 
La miseria humana y la amarga soledad fueron los frutos
 
De regreso en Argentina, el siguiente paso del quiebre fue que dejó de vivir en la casa familiar y “cada vez iba consumiendo más, hasta que un día, una de mis novias me encontró con droga en los bolsillos”. Una cosa llevaba a la otra y así comenzó a trasgredir sus límites. “Robé, me fugué en una moto que al día siguiente había dejado botada cerca de donde vivía, porque salía de cualquier boliche, muy loco, sin acordarme de nada...”.
 
Sin control terminó detenido y sus padres, que vivían también transformaciones, intervinieron. Uno tras otro “con un vacío insoportable” fracasaba con los tratamientos de psicoterapia. “No me llenaba nada”, sintiendo la angustia por las drogas a niveles emocionales insoportables...
 
“Recuerdo que en uno de mis cumpleaños, estaba drogado y un amigo me dijo… «mira Oscar, esta es la última vez que vengo a tu cumpleaños». Y me partió el alma, tenía razón… ¿Para qué intentar compartir conmigo en ese estado? Además en cualquier momento podía caer la policía. Estaba al límite”.
 
Dios escucha la oración de una madre
 
Pero quien no claudicaba en sus ruegos a Dios por el hijo era Norma, su madre. Lo inscribió para que estudiara para profesor de economía, confiada en que todo cambiaría y no descansó hasta lograr que sea graduase… aunque Oscar continuaba drogándose. Evitando consumir cocaína en horarios de trabajo, hacia 2004 el joven adicto comenzó a dictar clases en  Santiago del Estero. Allí conoció a una joven, madre de dos pequeñitos, que vivía en Córdoba. Enamorado no tardó en mudarse con ella… pero esclavo de su adicción -“agarraba el auto y me iba a la capital en donde andaba dos o tres días desaparecido”- la joven le echó de su casa.
 
Solo y desquiciado rentó un lugar, compró 50 gramos de cocaína  y se dispuso a reventarse… pero en el instante final, cuando había esnifado las primeras rayas de polvo, recordó el rostro de su madre... Desesperado le llamó al instante y como un niño le suplicó que le internase.
 
“Yo no lo sabía entonces pero ella, con el acompañamiento de un sacerdote, desde hacía un tiempo vivía creciendo en la fe, aferrada a la esperanza, poniendo a diario en las manos de Dios mi vida, implorando la mediación de la Virgen del Carmen”.
 
Fazenda de Esperanza. Dios y su medicina
 
Que Dios le amaba pronto lo descubriría, porque precisamente en esta instancia de re-encuentro con su madre, una amiga de ella supo y le comunicó que recién se inauguraba en la localidad Deán Funes una “Fazenda de Esperanza”… comunidad católica proveniente de Brasil con un particular e innovador método para restaurar la salud de sus miembros (muy similar al de las Comunidades del Cenáculo y la Fraternidad Veniforas en Chile, de cuyas experiencias Portaluz ya ha publicado testimonios).
 
“Mi madre llegó al lugar donde estaba, me bañó y al otro día partimos hacia aquella comunidad. Iba a inaugurarse en las siguientes semanas y fui el primero en ingresar”.
 
Oración, vida sacramental, abstinencia total, ejercicio de la voluntad, re-educación de hábitos, vida fraterna, trabajo, deporte, le permitieron a Oscar -y a decenas de otros chicos luego de él- comprobar que Dios sana.
 
Su “resurrección”, como él la vive, ha traído un proceso de reconciliación que ha generado también frutos en la familia. “Mis hermanos me volvieron a abrir las puertas de sus casas”. Después que salió de la Fazenda “Nuestra Señora de Luján”, en sus 35 años, recibió el sacramento de la confirmación, y con Carolina –a quien conoció porque era miembro de las mismas comunidades en la Fazenda Femenina “Nuestra señora de la Medalla Milagrosa”-, recibieron el sacramento del matrimonio en marzo de 2013.
 
Hoy, ambos son voluntarios de las comunidades de rehabilitación y tiene claro su sentido de vida… “Me puse la camiseta de Dios. ¡Ni a mi equipo de fútbol defiendo tanto como a  mi fe y la Iglesia!”.

 
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