Joël Sprun creció, dice, en una familia atea y más bien anticlerical; aunque su padre tenía origen judío y su madre había crecido conociendo la fe católica.

Siguiendo sus convicciones al pie de la letra, no bautizaron a Joël. Recuerda que le educaron “en el espíritu de la Ilustración”, con la idea de que la religión “era una invención para suplir deficiencias afectivas o intelectuales”.

Pero cuando vino el tiempo de ir consolidando la propia identidad, “más o menos a los 18 años”,  comenzó a preguntarse sobre el sentido de la vida. Esta curiosidad -comenta- por entender al hombre y sus misterios lo llevó a iniciar estudios de psicología y se interesó también en la filosofía. “Entonces empecé a darme cuenta, de manera casual, de que la existencia de Dios era una idea de la que se habían ocupado sólo los espíritus más competentes”.

El testimonio de fe, en el amor de una mujer

Justo en este tiempo de su juventud En esa época conoció a la mujer que se convertiría en su esposa. Pronto descubrió que su amada era una católica, que se esmeraba por vivir su fe. “Se dice que el amor es ciego, pero a mí me abrió los ojos. Esta joven se entristecía de no poder responder a todas las críticas que hacía a la religión, pero la fe se mantenía firme dentro de ella. Esa fe daba sentido a lo que ella era, a la manera con la que me amaba y con la que quería ser amada. No podía respetarla sin respetar de verdad lo que había en ella de más íntimo”.

Ante la evidencia de los frutos de la fe que veía en ella, Joël fue contrastando y comprendió los límites de la psicología para dar respuesta a sus inquietudes. Él anhelaba ir más allá de lo mental y emocional. “Quería ir más lejos, entender la dimensión espiritual del hombre”.

Seducido por el ocultismo, equivoca el camino

Viendo la potencia vital que la fe daba a su novia, decidió intentar un camino personal. Pero la inmadurez espiritual de Joël y la osadía que le caracterizaba lo dejarían expuesto… “Empecé a interesarme por las ciencias ocultas. Con… mi interés por el mundo invisible, tenía la impresión de haber encontrado una forma de equilibrio, una especie de complementariedad entre el exotismo (elemento de una doctrina oculta que puede ser dispensada a los no iniciados, enseñada públicamente) y el esoterismo”.
 
Para su bien, seguramente gracias a las oraciones y el testimonio de fe que le daba su futura esposa, pronto comenzó a experimentar que en este  “plan” de espiritualidad muchas cosas eran disonantes. La relación con un Dios transcendente que le llamaba, “seguía siendo un misterio para mí”.

La decisión que todo lo cambió: rezar

“Una noche, en lugar de meditar, decidí rezar. Para ver qué pasaba.  Me dirigí a Dios Padre. Sucedió de manera tan rápida que ya no recuerdo qué le dije. Exploté, literalmente. Fue como una eclosión, como nacer. Recuerdo haber llorado durante horas, con grandes sollozos. Dentro de mí se mezclaba el pesar de haber estado tan ciego con el alivio inmenso de salir por fin de la oscuridad y nacer de nuevo, al cabo de 20 años.”

El  pide el bautismo y los suyos le rechazan

Desde ese momento de conversión Joël, sabio, se dejó acompañar por su prometida y los padres de la joven. “Tenía todo por aclarar, todo por cribar entre lo que sabía, lo que creía saber y lo que ignoraba. Seguí rezando. Acompañaba a mi prometida a misa; me conmocionaba”.

Pidió ser bautizado y algunos cercanos a él que no entendían, pensaban que era un “nuevo antojo". Incluso sus padres a quienes había hablado que se casaría al principio de su catecumenado, “me dijeron que no querían ir a la ceremonia religiosa por convicción y también para no hacernos la afrenta de actuar como hipócritas”.

Lentamente –dice Joël-, la fe fue transformando su ser, contribuyendo a cambiar la manera de vivir, de relacionarse con los otros, de amarles. “Para decirlo con palabras llanas, me convertí en alguien más respetuoso y respetable”.

Finalmente la dureza de corazón de sus padres fue vencida y… “Al cabo de tres años de catecumenado, mis padres entraron en una iglesia por segunda vez en un año para nuestro matrimonio; la primera vez fue para asistir, emocionados, a mi bautismo”.


Fuente: Publicado en Il Est Vivant, traducción al español de Religión en Libertad (por Helena Faccia) y edición adaptada de Portaluz.
 
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