Opinión

¿Qué es el purgatorio?

por P. Ronald Rolheiser 27-07-2026
Visiones del Purgatorio: para contemplar con los ojos de la fe

La mayoría de las confesiones cristianas no creen en el purgatorio. Se trata de una creencia específica de la Iglesia católica romana. Y, en la mentalidad popular católica, el purgatorio se concibe con demasiada frecuencia, y de forma errónea, como un lugar distinto del cielo, un lugar donde uno se purifica y se prepara para el cielo.

Pero el purgatorio no es un lugar distinto del cielo y del infierno. Los protestantes y los evangélicos tienen razón al señalar que las Escrituras atestiguan que solo hay dos estados después de la muerte: el cielo y el infierno. Entonces, ¿cómo pueden los católicos romanos postular un tercer estado, el purgatorio?

Porque el purgatorio no es un lugar geográfico, un lugar distinto del cielo, sino el dolor de ser purificado por el amor y el dolor de renunciar a la ilusión de la autosuficiencia.

He aquí un ejemplo de cada uno de ellos.

Hace varios años, estaba atendiendo a un joven que sufría un dolor intenso que era nuevo para él. Se había enamorado de una joven maravillosa y se estaba preparando para casarse con ella. Antes de conocerla, había llevado una vida irresponsable, había tenido relaciones sexuales promiscuas y, en esa situación, se había mostrado bastante engreído e insensible. La mujer de la que se había enamorado conocía su pasado, pero no se lo echaba en cara. Al contrario. Le amaba y le perdonaba incondicionalmente.

¡Pero ahí estaba el problema! Estar enamorado de esta persona tan maravillosamente buena, generosa y moral le hizo verse a sí mismo con mayor claridad. El amor de ella era un prisma a través del cual empezó a ver su propia inmadurez (que es lo que siempre hace el amor incondicional). Su amor era una luz que le daba una nueva visión, y lo que veía en su interior (su egoísmo, su irresponsabilidad, su presunción) le causaba mucho dolor. Hay que reconocerle el mérito de que buscó ayuda: la confesión, la dirección espiritual, el asesoramiento psicológico.

El hecho de que ella lo amara, de forma pura e incondicional, le causaba los dolores más profundos que jamás había soportado. Fue su primera experiencia del purgatorio.

He aquí un segundo ejemplo: hace unos años, asistí al funeral de un hombre que falleció a los noventa años. Según todos los indicios, había sido un buen hombre, profundamente religioso, padre de una familia numerosa, una persona respetada en la comunidad y de corazón generoso. Sin embargo, también había sido un hombre fuerte, dotado de talento, un líder nato, alguien a quien un grupo recurría de forma natural para que tomara las riendas y lo guiara. Por ello, ocupó varios cargos destacados en la comunidad. Era un hombre que llevaba las riendas con firmeza.

Uno de sus hijos, un sacerdote católico, pronunció la homilía en su funeral. Comenzó con estas palabras: «Las Escrituras nos dicen que la vida del hombre dura setenta años, ochenta para los fuertes. Pues bien, nuestro padre vivió noventa años. ¿A qué se deben esos veinte años de más? Bueno, no es ningún misterio. Era demasiado fuerte y tenía demasiado el control de las cosas como para morir a los setenta u ochenta. Dios necesitó veinte años más para suavizarlo. Y funcionó. Los últimos diez años de su vida fueron años de un enorme deterioro. Su esposa falleció, y nunca lo superó. Sufrió un ictus que le obligó a ingresar en una residencia asistida, lo cual supuso un duro golpe para él. Luego pasó los últimos años de su vida dependiendo de otros para que le ayudaran a atender sus necesidades físicas básicas. Para un hombre como él, eso fue una lección de humildad. Pero le hizo más apacible.

En esos últimos años, cada vez que le visitabas, te cogía de la mano y te decía: «Ayúdame». No había sido capaz de pronunciar esas palabras desde que tenía cinco años y podía atarse los cordones de los zapatos por sí mismo.

Cuando falleció, ya estaba preparado. Cuando se encontró con Jesús y San Pedro al otro lado, estoy seguro de que simplemente extendió la mano y dijo: «Ayúdame».

Esa es una parábola que habla profunda y directamente de un lugar al que todos debemos llegar tarde o temprano, ya sea por elección propia o por someternos a las circunstancias. Todos debemos llegar, en algún momento, a un punto en el que aceptemos que no somos autosuficientes, que necesitamos ayuda, que necesitamos a los demás, que necesitamos una comunidad, que necesitamos la gracia, que necesitamos a Dios; y el dolor que experimentamos al renunciar a nuestra ilusión de autosuficiencia es el dolor del purgatorio.

El purgatorio no es un lugar, una zona geográfica separada del cielo. Es el dolor, en sentido metafórico, de que el grano de trigo caiga en la tierra y muera para dar lugar a una nueva fecundidad. Y es el destino de todos y de todo lo que es mortal, no solo de los católicos romanos.

Cuando morimos, a menos que hayamos endurecido tanto nuestros corazones como para rechazar el abrazo del amor incondicional mismo, Dios nos abraza —plenamente, con afecto, con pasión y de forma incondicional—. En ese abrazo, en la medida en que aún no seamos santos del todo, experimentaremos, al igual que los dos hombres cuya historia he compartido, cierto dolor purificador.

Paradójicamente, en el éxtasis del abrazo surge la agonía de la purificación.