Opinión

¿Política? ¡Sí, gracias!

por Jaime Nubiola 07-09-2026

En el mes de agosto he estado dos semanas de vacaciones en el Pirineo y otras dos dando clases de «Lógica y Filosofía del Lenguaje» a universitarios en un curso de verano en Pamplona. He aprovechado ambas estancias para reunirme y charlar con numerosas personas, amigos, antiguos alumnos y conocidos. Al cerrar el mes, un rasgo común que he descubierto tanto en jóvenes como en mayores es su completo desinterés por la política española e internacional. Esa apatía contrasta con el bombardeo diario de noticias por parte de los medios de comunicación, que intentan recuperar a su audiencia.

En esta actitud quizás influya la lasitud del mes de agosto y el amodorramiento causado por las repetidas olas de calor de este verano. He podido comprobar que muchas personas desprecian —y a menudo los insultan al mencionarlos— al presidente del gobierno español, al norteamericano o al político que sea cuyo nombre se cruce en la conversación, pero nadie muestra el menor interés en profundizar en el análisis de la situación o en comprender alguna de las crisis del momento como las de Ceuta o el estrecho de Ormuz.

Este desinterés general por la política se muestra también en que apenas encuentro personas jóvenes interesadas en formarse para dedicarse profesionalmente a la política, esto es, a la gestión del bien común. Están quizás escandalizadas por la corrupción de tantos políticos, así como por la desidia y la incompetencia de muchos de nuestros gobernantes. Aun siendo jóvenes, ninguno de aquellos con los que he hablado está deseoso de implicarse personalmente en la transformación de la sociedad a través de la acción política. Nadie quiere hacer la revolución o cambiar el mundo, como decíamos los jóvenes de hace sesenta años.

Uno de los factores que aleja al ciudadano de a pie de la vida política es la polarización que afecta a nuestra sociedad en todos los niveles. En el espacio público todo parece ser o blanco o negro, y no hay lugar para posiciones intermedias, razonables y matizadas. Quienes actúan en política parecen fanáticos de su ideología, son capaces de negar las evidencias más obvias y —como dice mi amigo Antxón— hasta aseguran que el agua va hacia arriba, mientras que todos sabemos que va hacia abajo.

Esta situación —que aquí describo a vuelapluma— me parece muy preocupante. El desinterés de jóvenes y adultos por la cosa pública parece reflejar una anestesia general de la sociedad. Son muchas las personas que viven alienadas por los móviles y las redes sociales, manipuladas a su antojo por los milmillonarios dueños de las grandes empresas tecnológicas, que no desean que los ciudadanos piensen, sino que consuman compulsivamente.

Al reflexionar sobre esta situación, mi amigo Miguel de Oca me hablaba del libro que está leyendo, titulado «Juan Pablo II: Más fuerte que el miedo». En él se describe cómo Karol Wojtyła animaba a los jóvenes a crear «zonas de libertad» en la Polonia comunista. Frente a quienes decían que no podía hacerse nada contra el comunismo opresor, y frente a quienes se sentían atemorizados por el Estado omnipresente, aquellos espacios de libertad —en las excursiones al campo, las actuaciones teatrales o la creación artística— eran la primera puerta para encontrar el sentido cristiano de la vida con todas sus consecuencias tanto a nivel personal como social.

Me parece que, efectivamente, hay cierto paralelismo entre las sociedades comunistas de antaño y las consumistas de ahora. La población piensa que no puede hacerse nada para cambiar el mundo, pues en el fondo está satisfecha con su situación: hay unos pocos que mandan —gobernantes, empresarios, incluso «famosos»— y los demás simplemente sobrevivimos lo mejor que podemos con lo que tenemos. «Siempre ha sido así —añadirán—; no hay nada que hacer».

Pienso que hay que decir bien alto que esta afirmación es una mentira para tranquilizar las conciencias adormecidas. Siempre puede hacerse algo que nos despierte de la somnolencia del consumismo. Probablemente hay que comenzar creando esas zonas de libertad de las que hablaba Juan Pablo II, en las que las personas, y en particular los jóvenes, puedan llegar a expresarse con libertad. De esta forma podrán identificar las claves de la vida cristiana capaces de llenar de sentido a su actividad. Así descubrirán su responsabilidad en el desarrollo de nuestra sociedad y obtendrán fuerzas para asumir el protagonismo —a veces heroico— que la vida política necesita.

Por eso, conviene que digamos: «¿Política? ¡Sí, gracias!».