Lo sagrado es un camino, no una herramienta
Los signos son expresiones visibles de las cosas divinas, aunque en ellas se rinde honor a las invisibles, y que no debe tratarse aquella sustancia, santificada por la bendición, como se hace en el uso corriente (San Agustín. Catequesis a los principiantes 26, 50-53)
Para abordar el sentido de lo sagrado con total rigor, debemos recurrir a un concepto clave de la espiritualidad cristiana: el de los signos sagrados. San Agustín define cómo las realidades visibles nos conectan con el Misterio invisible de Dios.
San Agustín advierte que el error del hombre actual consiste en juzgar las cosas sagradas con el "sentido de la carne". Alguien sin fe ve solo elementos culturales y problemáticas ideológicas. La santificación no cambia los átomos físicos de algo, sino su estatus espiritual que se convierte en un vehículo del Misterio.
Estos signos sagrados son un puente entre lo visible y lo invisible. Para los cristianos , lo sagrado no es una propiedad mágica que poseen los objetos en sí mismos. El sentido de lo sagrado radica en su capacidad para significar y conducirnos hacia Dios. Un lugar, un pan bendecido, el agua bautismal o un rito son realidades materiales que nuestros ojos físicos pueden ver y tocar, pero su valor real radica en lo que custodian y transmiten: la presencia misma del Dios invisible. Pensemos en la mujer que toca el manto del Señor y en cómo esa fe le lleva a encontrarse con Cristo.
Los signos nos ayudan a alcanzar la mirada de la fe frente a la mirada superficial contemporánea. San Agustín nos advierte del peligro de quedarnos en la superficie de las cosas ("como se las ve con los ojos"). El sentido de lo sagrado exige un cambio de mirada; requiere fe para atravesar la corteza de la materia y adorar la Realidad trascendente que la habita. Tratar algo como sagrado es reconocer que ese objeto o ese momento es una senda que Dios nos da para acercarnos a Él.
Esta frase nos invita a redescubrir lo sagrado en lo cotidiano. Lo sagrado no está lejos. Cada vez que miramos la creación, cada vez que tratamos al prójimo con amor o nos recogemos en oración, estamos ante un "signo visible" que nos remite a una "realidad invisible". Nos enseña a vivir el día con atención despierta, sabiendo que el mundo material está lleno de ventanas abiertas a la eternidad.