Opinión

Aquella noche de verano en Cuenca...

Martirio del Obispo Cruz Laplana. Imagen recreada con IA

Me voy a la cama, son casi las doce, y de pronto una luz interior me hace poner la mirada en Cuenca, en un obispo y en una fecha. Es algo que cambia los planes para pasar de un día al otro de una manera totalmente inesperada: escribir unas líneas en recuerdo de mi querido Cruz Laplana, el obispo mártir de Cuenca que entrega su alma a Dios en la noche del 7 al 8 de agosto de 1936. Tengo que decir que sólo lo conocía de oídas, pero este año el Beato Cruz Laplana ha entrado de lleno en mi vida. Son cosas de la vida, cuando uno mira al cielo y sabe quien lleva todo para bien de nuestras almas.

Vamos al inicio, a esa entrada sigilosa y disimulada de Don Cruz Laplana en mi corazón. De septiembre a junio he tenido la suerte de hacer el curso de "Las causas de los santos" en la universidad San Dámaso de Madrid. Así me preparo para coordinar las causas de los santos en mi provincia religiosa del Carmelo Descalzo. Es una maravilla estudiar estos temas y abrirse a la intercesión de todos aquellos que están en proceso de beatificación y canonización. Además del examen de fin de curso, también teníamos que hacer un trabajo sobre una positio. El día que las reparten me acerco con otro compañero a verlas y me fijo en una de las pilas de positios. Está a la vista la de Cruz Laplana. Me sale un comentario en voz alta con cariño hacia este beato: "Mira, el obispo mártir de Cuenca". Ahí quedan las palabras. Comienza la clase. En el descanso, cuando se reparten a los alumnos presentes sus positios, me toca precisamente esa. ¡Qué regalo! Noto en mi interior que algo va a pasar. Y así sucede. Al leerla y sacar las notas para el trabajo de fin de curso voy entrando en sintonía espiritual con este beato y también con quien es compañero de martirio y familiar suyo, Fernando Español, su secretario. Los dos entregan su vida a Dios como mártires hace exactamente 90 años, mientras escribo estas líneas, en las primeras horas del 8 de agosto. Es la historia de España que no podemos olvidar; sobre todo en este 90º aniversario.

Pasan los meses y sin buscarlo para nada me llega una invitación para ir a dar una conferencia a la diócesis de Cuenca. Había algún contratiempo, pero pocos días después todo se soluciona. En aquel momento todavía no tenía esa confianza que ahora sí que tengo con el Beato Cruz Laplana. Por eso ahora puedo confirmar que estaba detrás sin darme cuenta. Llega el día y con gran alegría voy a Cuenca. Me llevan al pueblo a dar la conferencia. En ella hablo de paso de Don Cruz Laplana a los presentes para que recuerden y se acojan a la intercesión de su obispo mártir. Tengo la dicha de dormir en el seminario antes de volver a mi convento. Ahí me uno de nuevo a Don Cruz Laplana rememorando sus últimos días en esta casa tan querida para él y donde estaba retenido hasta que le llega la hora del martirio. Me duermo mientras le doy gracias por lo vivido con los sacerdotes y seminaristas de su diócesis.

Me levanto, concelebro en la misa de los seminaristas, desayunamos juntos y nos despedimos. Me queda un poco de tiempo antes de ir a la estación de tren para estar en oración ante el sepulcro del obispo mártir y el de su secretario. Según voy por los pasillos del seminario hacia la entrada me uno otra vez a Don Cruz. Salgo y me quedo en la plaza adyacente. Paso unos minutos en oración intentando evocar en lo secreto de mi corazón la escena de la salida y conducción al camión que los esperaba en la calle para llevarlos al martirio. Eran muy conscientes de lo que iba a suceder y lo viven con paz. Esa paz que tienen los mártires cuando se saben amados, acompañados y confortados por Cristo hasta derramar su sangre como antes se derrama la Sangre de Cristo en el Calvario. Todo es orar en unión con Don Cruz y Don Fernando camino de la catedral. 

Entro, recorro las capillas hasta que encuentro la que busco y me quedo en oración ante los sepulcros. No hacen falta palabras. El silencio nos une, nos fortalece y nos muestra una vez más que esa positio, que ya tengo leída y trabajada, era el medio escogido para que un mártir más entrara en mi corazón y me uniera a él.

Doy gracias. Pido. Intercedo. Callo. Amo. Me dejo amar. Acojo lo que siento por dentro. Me emociono. Casi lloro. Miro al cielo... La unión con estos mártires me ensancha el corazón y me hace ver que todo estaba preparado para que esa mañana estuviera orando ante un obispo mártir y su secretario. Son los planes de Dios. Los mártires interceden y actúan a su manera: mostrando la grandeza de una vida entregada que ayuda de un modo muy singular a afianzarse en la vocación sacerdotal. Son los momentos de Dios. Es algo que si no se experimenta no se termina de entender. Los minutos pasan. Se acerca la hora. No me quiero ir... Estoy tan bien... Tengo tanta paz... Siento tanto la cercanía de Don Cruz Laplana...

Entonces doy el paso y vuelvo a cómo sería la hora de Don Cruz cuando sale del seminario camino del martirio. El amor de Dios y sólo el amor de Dios es el que guía sus pasos en una noche que le abre a la luz eterna pocos minutos después. Es la intercesión de los mártires que siempre nos acompaña.

Llega mi hora. No puedo seguir en la catedral. Pongo los últimos pensamientos ante los sepulcros y salgo de la catedral camino del palacio episcopal. Me despido del obispo, le hablo de Don Cruz Laplana y allí mismo hay unos trípticos que me da. Con gran agradecimiento los recibo y nos despedimos hasta otra ocasión. Ahora sí. Es la hora y el tren llega pronto. De camino a Valladolid tomo la positio, la he traído a conciencia para leer alguna parte en Cuenca, y releo los relatos de los testigos sobre el martirio. Estremecen el alma. Enciende el corazón. Enseñan la verdad. Todo es calma al llegar al convento y retomar la vida cotidiana.

Es hora de ponerse con el trabajo de la positio, pero antes tenía otros que finalizar. Al final llega el momento y disfruto muchísimo con las preguntas que hay que responder tomando información de la positio. Otra vez más siento que Don Cruz no me deja solo y que está a mi lado. Es algo tan especial... tan íntimo... tan difícil de explicar...

Y el final llega en junio, llega el examen y la entrega del trabajo. Cuando leo las preguntas del examen no me lo puedo creer. Una es la explicación de los requisitos necesarios para confirmar el martirio y otra la elaboración de la positio. ¡El Beato Cruz Laplana no podía faltar al examen! ¡Está a mi lado en la mesa! ¡Me ayuda en todo! Bueno, voy a ser sincero, también había pedido ayuda a otros mártires, entre ellos a alguno de los seminaristas mártires de Madrid que pronto van a ser beatificados.

Por todo esto que aquí resumo no puedo irme a dormir la noche del 7 al 8 de agosto sin escribir antes estas vivencias, rezar al Beato Cruz Laplana, mirar por la ventana, contemplar la noche... y en oración irme hasta Cuenca, a las afueras de la ciudad, al km. 5 de la carretera de Villar de Olalla y dar muchas gracias a Dios por haber puesto en mi vida a este mártir. Don Cruz Laplana y Don Fernando Español son asesinados en ese lugar cuando es de noche... 90 años después la memoria de ese martirio nos hace levantar la mirada al cielo y rezar. Rezar por todo lo que cada uno lleva en su corazón, pero sobre todo rezar para que siga habiendo jóvenes como aquellos dos que un día dicen que sí a Dios para ser sacerdotes sin saber que Dios les tenía algo más preparado... una entrega total de sus vidas, derramar su sangre de noche por no renunciar a la fe. ¡Aman! ¡Perdonan! ¡Bendicen! Es algo que remueve hasta el fondo mi corazón al orar en la noche recordando aquella noche de verano en Cuenca...