Opinión

La vida secreta de las palabras

por Juan Manuel de Prada 28-09-2026
Imagen gentileza de Kit (formerly convertkit). Unsplash

Uno se hace escritor porque ama las palabras; pero las ama tan intensamente que necesita conocer su vida íntima, su genealogía secreta, la poesía escondida que guardan en sus fonemas. Siendo todavía niño descubrí en la biblioteca de mi colegio el Diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas, el más titánico esfuerzo que jamás se haya hecho por penetrar en los veneros de nuestra lengua (culminado, paradójicamente, por un catalanista a machamartillo); y muchos días, a la hora del recreo, me zambullía en sus páginas, para exhumar -como el arqueólogo que exhuma un precioso fósil- la poesía recóndita que anida en los entresijos de las palabras, allá donde nuestra displicencia de hablantes apresurados no se detiene nunca a mirar.

Así aprendí, por ejemplo, que 'recordar' significa volver a pasar por el corazón, porque los antiguos creían que en el corazón reposa la facultad de la memoria; también aprendí que 'cuerdo' no es quien tiene el juicio intacto, sino quien tiene el corazón sano. De donde se desprende que Unamuno no andaba nada desencaminado cuando decía aquello de «Piensa el sentimiento, siente el pensamiento». Sobre todo si consideramos que 'mente' y 'mentira' comparten la misma etimología; pues no en vano las mentiras son siempre creaciones mentales, ideaciones que fabrican una realidad falsa. Por eso la célebre parida cartesiana («Pienso, luego existo») es el lema más acabado de la modernidad, que consiste en vivir engañados. Las etimologías también nos enseñan que un 'piropo' es una palabra que lleva el fuego dentro, para arrebolarnos las mejillas; y que 'anhelar' significa jadear o respirar con dificultad, porque cuando deseamos algo muy intensamente parece que nos falta el aire y se nos entrecorta la respiración. También aprendí en aquel gozoso libro que 'maestro' y 'ministro' son palabras contrapuestas, pues la primera deriva de magis y la segunda de minus; y pensé entonces (lo sigo pensando hoy) que vivimos en un mundo desquiciado que arrincona a los maestros más sabios mientras encumbra a los ministros más zoquetes. Y con sorpresa descubrí que 'candidato' y 'cándido' tienen la misma raíz; tal vez por eso las gentes cándidas se creen las patrañas con que las engatusan los candidatos (que ni siquiera visten túnica blanca). Y sin demasiada sorpresa aprendí que el 'trabajo' -no en vano consecuencia del pecado original- esconde en sus entrañas un instrumento de tortura (el tripalium); por lo que, para que un trabajo resulte gozoso, hay que hacerlo con 'entusiasmo', que significa llevar a Dios metido dentro, o estar divinamente poseído.

En aquellos recreos robados al deporte, legado nefasto de la Hélade, descubrí que cada palabra escondía en su trastienda una gozosa novela. Y así decidí hacerme escritor

Asomándome en los recreos a los entusiasmantes mamotretos del divino Corominas aprendí también que hay palabras con una etimología más ajetreada y pasmosa que cualquier novela bizantina. Así ocurre, por ejemplo, con 'adefesio', que empezó recordando las dificultades que San Pablo tuvo que afrontar para predicar a los habitantes de Éfeso (ad Ephesios), que adoraban fervientemente a la diosa Diana (cuyo templo, incendiado por el cabrón de Eróstrato, era una de las siete maravillas del mundo antiguo). Así que, durante siglos, predicar ad Ephesios significó hacerlo en terreno hostil, entre gentes displicentes o desentendidas. Y pronto 'hablar adefesios' empezó a significar hablar en balde, predicar en el desierto, incluso discursear absurdamente. Así hasta que, allá por el siglo XVIII, un 'adefesio' empezó a ser, por deslizamiento lingüístico, un disparate, un desatino y, por extensión, cualquier cosa estrafalaria. De este modo, empezó a llamarse 'adefesio' al atuendo ridículo o mal cortado; y por contigüidad semántica, a la persona que lo viste.

Hablando de atuendos ridículos, nadie los exhibía tanto como la familia de un sastre francés instalado en Cádiz y apellidado Sicour. Tenía este Sicour tres hijas muy hermosas que, en su afán por codearse con la alta sociedad gaditana, le pedían a su padre que les confeccionase vestidos copiando la moda de París; pero como Sicour, más bien pobretón, no podía comprarles telas caras, tenía que confeccionar los vestidos con telas muy bastas y remendadas, que adornaba con profusión de lazos y encajes, para que no se notase su origen menesteroso, con resultados de una elegancia postiza y pretenciosa. Los estudiantes gaditanos, que eran muy guasones, dedicaron una coplilla burlona a las hermanas Sicour, en cuyo estribillo se repetía su apellido; y así nació la palabra 'cursi', que tanto juego ha dado en nuestra lengua.

En aquellos recreos robados al deporte, legado nefasto de la Hélade, descubrí que cada palabra escondía en su trastienda una gozosa novela. Y así decidí hacerme escritor.

 

Fuente: ABC.es