La profecía de paz del Papa Wojtyla, veinte años después
Han pasado veinte años desde aquella tarde del sábado 2 de abril de 2005 en la que millones de personas en todo el mundo lloraron la muerte de San Juan Pablo II. Dos décadas después se le recuerda, con razón, como un gran defensor de la vida, la dignidad humana y la libertad religiosa. Sobre todo, se destaca con insistencia su anticomunismo. Pocos, sin embargo, recuerdan sus otras enseñanzas proféticas, especialmente pertinentes en esta oscura coyuntura histórica.
Era el año dos mil, una parte considerable de nuestro mundo vivía aún en la embriaguez del «fin de la historia» tras la caída del muro de Berlín. Mientras en los países de la antigua Cortina de Hierro, más que el renacimiento de la fe, comenzaban a extenderse el consumismo y la secularización, el Pontífice polaco quiso llevar la imagen de Nuestra Señora de Fátima a la Plaza de San Pedro, pronunciando unas palabras que nadie entendió entonces: «La Humanidad se encuentra en una encrucijada. Hoy posee instrumentos de un poder sin precedentes: puede hacer de este mundo un jardín o reducirlo a un montón de escombros». Un año después, la tragedia del 11 de septiembre sumió a Occidente en el miedo.
Juan Pablo II ya se había opuesto a la primera guerra del Golfo en 1991, y fue dejado solo por los líderes occidentales que hasta dos años antes ensalzaban su papel ante los países de Europa del Este. El Papa repitió su «no» a la guerra de forma aún más clara en 2003, cuando, basándose en pruebas falsas, algunos países occidentales entraron en guerra contra Irak por segunda vez. El Papa Wojtyla, ya enfermo y agobiado físicamente por la enfermedad de Parkinson, se sintió obligado a advertir a aquellos «jóvenes» gobernantes que promovían la nueva campaña militar en el Golfo recordándoles los horrores de la última guerra mundial, que él, anciano Sucesor de Pedro, hijo de una nación mártir, había vivido en primera persona. Añadió este llamamiento al texto del Ángelus: «Pertenezco a esa generación que vivió la Segunda Guerra Mundial y sobrevivió. Tengo el deber de decir a todos los jóvenes, a los más jóvenes que yo, que no han tenido esta experiencia: «¡Nunca más a la guerra!», como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. ¡Debemos hacer todo lo posible!».
Hoy más que nunca, con el mundo en llamas y los Estados que se apresuran a llenar sus arsenales, con la propaganda que crea un clima de alarma y miedo para justificar las enormes inversiones en armamento, debemos recordar aquellas palabras proféticas del Obispo de Roma que vino de «un país lejano», de las que hoy se hace eco su sucesor, que también se quedó solo para clamar contra la locura de la guerra.