A los 16 años tras ser mortalmente atropellada, Estelle afirma que fue llevada al infierno y luego rescatada por Dios
Lyon, enero de 1984. Estelle camina hacia la iglesia. Está enfadada; hubiera preferido, con mucho, ir a un baile con su mejor amiga en lugar de asistir a misa. Sus padres -cuenta al digital Le Verbe- decidieron lo contrario. "Dios, al menos muéstrame que no voy a la iglesia en vano", grita Estelle para sus adentros.
Poco después llega a un cruce de calle y la atraviesa por el paso de peatones. A mitad de camino, su vida daría un vuelco. "Miré a la izquierda y vi la cara horrorizada de un conductor. Oí el ruido de los frenos y luego, nada más", recuerda Estelle.
La adolescente salió volando por encima del coche antes de caer al suelo. Pero entonces, un segundo conductor que venía en sentido contrario acabó atropellándola de nuevo y arrastrándola por unos metros. Cuesta pensar que Estelle Destouches pudiese salir con vida de este accidente.
"El golpe fue tan fuerte que no sentí ningún dolor", asegura. Mejor así, pues su cuerpo era un todo irreconocible, con ella ya son conocimiento y entrando en otra dimensión; era una experiencia extracorporal...
"Salí de mi cuerpo y me encontré flotando sobre la escena", señala. Estelle dice que vio a sus padres y a uno de sus amigos correr hacia el coche. Al principio no se daba cuenta de lo que ocurría, pero luego comprende que es ella quien ha quedado atrapada debajo del coche. Mientras observa la escena, siente una intensa sensación de bienestar. "Me sentía extremadamente ligera y envuelta en un amor inmenso, como si estuviera sumergida en algodón", describe.
Un doloroso rechazo
Estelle prosigue el relato y cuenta que fue arrastrada de repente hacia un túnel de luz deslumbrante. Entonces distingue ante sí -dice- a una mujer, hermosa, vestida toda de blanco, que le tiende los brazos. En ese instante, Estelle cree que se trata de su abuela, fallecida la semana anterior, pero no era así.
Al segundo -prosigue- sintió en lo más profundo de su ser un amor maternal como "nunca antes había conocido". Cuenta que pudo observar una forma luminosa, inmaculada, detrás de la mujer. "No veía su rostro, pero sentí que había una relación muy íntima entre la luz y la señora; parecían comunicarse entre sí", relata Estelle.
Dice que intentó acercarse a la misteriosa fuente de luz. Quiere alcanzarla, tocarla, unirse a ella. Pero esa señora la rechaza con un gesto de la mano y, como si un muro invisible caído del cielo las separara, Estelle ya no podía avanzar. "Fue un rechazo extremadamente doloroso", confiesa y explica... "No quería abandonar aquel lugar de amor y paz, no quería volver a la Tierra".
Para ella, el intenso deseo que sentía en ese momento demuestra "que realmente estamos hechos para la vida eterna en el cielo".
Salvada del infierno
Herida por esta exclusión, la adolescente no sabe que está a punto de sufrir un dolor aún mayor. El momento tranquilo y luminoso en el que se encuentra se transforma de improviso en su extremo opuesto. Se ve en un lugar oscuro, desprovisto de vida y de amor. Es la nada.
"Vi desfilar, como en una especie de caleidoscopio, todos los momentos en los que me había faltado amor, en los que había sido celosa, egoísta y violenta en mi vida", revela Estelle. "Con cada escena, era como si me lanzaran barro ardiente a la cara; era extremadamente doloroso".
Cuarenta y tres años después, a Estelle todavía le cuesta expresar con palabras lo que vivió. "Las palabras no son lo suficientemente fuertes". Lo único que puede decir es que aquel momento fue atroz, tanto física como psicológicamente. "No sé si lo que vi es el infierno, pero para mí era el fin definitivo", cuenta la mujer, con la voz quebrada.
Estelle recuerda que desde ese profundo abismo clamó entonces a Dios, pidiéndole que ponga fin a su sufrimiento. "Sálvame y te prometo que intentaré amar más, ser amor incluso en las dificultades", gritó. Estelle dice que hoy, cuando enfrenta una prueba, recuerda de inmediato esa promesa que le hizo a Dios.
Su plegaria es escuchada, el dolor cesa y vuelve a la vida. Cuando Estelle abre los ojos, ve a los paramédicos inclinados sobre ella y descubre que su cuerpo está inmovilizado de la cabeza a los pies en un soporte ortopédico. Pero tiene tan solo múltiples fracturas y un traumatismo craneal. La adolescente sale milagrosamente casi ilesa, con pocas secuelas.
Sirviendo a Cristo en Calcuta
Estelle Destouches había crecido en una familia católica practicante. Pero iba a la iglesia porque sus padres la llevaban. Sin embargo, su experiencia cercana a la muerte lo cambió todo y tuvo "una auténtica conversión", confidencia.
"Tengo la certeza no solo de que existe la vida después de la muerte, sino de que Dios existe y me ama", afirma Estelle. Admite que se identifica con el apóstol Tomás, que necesitó ver para creer. "Muchas de las palabras del Evangelio que antes escuchaba los domingos no tenían ningún sentido para mí. Tras mi experiencia, cobraron relieve y adquirieren un matiz diferente. Se han vuelto realmente vivas", aclara.
Impactada por lo vivido a los 19 años, se marchó a Calcuta, en la India, pensando en ser Misionera de la Caridad. Allí, en los barrios marginales, sirviendo a Cristo en los pobres, los enfermos, los descartados, Estelle volvió "a encontrar esa felicidad eterna" que experimentó por primera vez tras el accidente.
"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Esas personas no tenían nada, pero eran ricas en fe. Lo que viví en esos barrios marginales son los momentos más felices de mi vida, junto con, por supuesto, los nacimientos de mis hijos", añade sonriendo.
La vida religiosa no era su vocación, sino el matrimonio y ser madre de hijos.
La misión de Estelle
"Mi experiencia con la muerte me hizo comprender que no sabía amar y que la vida en la tierra no es más que un aprendizaje del amor. Estamos hechos para ser amados y para amar a los demás".
Hoy colabora con su marido en la catedral de San Esteban, su parroquia, situada en Agde, un municipio del sur de Francia. Acompañamiento matrimonial, preparación de misas, acogida a los fieles: la pareja intenta así "dar testimonio de la fe" ante su comunidad.
"Irónicamente, cuanto más avanzo en la vida, más me doy cuenta de que sigo sin saber amar, porque el amor es un misterio tan insondable que nunca se acaba de comprender", dice Estelle al finalizar.