José Manuel Mora-Fandos me recomendó hace tres años el libro del escritor coreano-alemán Byung-Chul Han «Loa a la tierra. Un viaje al jardín» (Herder, Barcelona, 2019). Me gustó mucho, a diferencia de otros libros de este afamado escritor que muestran, sobre todo, su enorme erudición. En ese libro Han cuenta cómo recuperó la fe católica en la que fue educado en su infancia, cuidando durante tres años su jardín en Berlín:

 

«De algún modo mi jardín me ha dado la fe en Dios. La existencia de Dios ya no es para mí un asunto de fe, sino una certeza, e incluso una evidencia. Dios existe, luego yo existo. Utilicé la esterilla de gomaespuma para las rodillas como mi alfombra de oraciones. Recé a Dios: «Alabo tu creación y su belleza! ¡Gracias! ¡Grazie!». Pensar es agradecer. La filosofía no es otra cosa que amor a lo bello y bueno. El jardín es el bien más bello, la belleza suprema, to kalon» (p. 125). Y más adelante: «Hoy hace más falta que nunca una loa a la tierra. Tenemos que tratar con cuidado la tierra. De lo contrario, pereceremos por culpa de la destrucción que nosotros mismos causamos» (p. 173).

 

No tengo un jardín, pero sí una maceta con flores de invierno (ciclamen) en la ventana de mi habitación y dos macetas en mi despacho a las que cuido: una delicada violeta, que me regala flores casi todo el curso, y un sobrio ficus benjamina, que me obsequió Marta R. hace quince años y que ha ido creciendo con solo luz y agua. También a mí las tres plantas me llevan a Dios. Quizá por eso me gustó tanto «Loa a la tierra».

 

Hace unas semanas, Carlota U., antigua alumna de Psicología, me recomendó el libro «Anhelo de raíces» (Gallo Nero, Madrid, 2020), de la poeta estadounidense May Sarton (1912-1995), hija del importante historiador de la ciencia George Sarton (1884-1956). Me gustó el libro y me he leído también su continuación «Diario de una soledad» (Gallo Nero, Madrid, 2021), que me ha gustado todavía más.

 

May Sarton es una escritora enamorada de la jardinería, que se retira a una casa en la pequeña localidad de Nelson, New Hampshire, para poder escribir en soledad. En sus diarios se entremezclan amplios comentarios sobre las flores que cultiva en su jardín con reflexiones sobre la actividad poética. Copio cuatro pasajes de «Diario de una soledad», que me han llamado particularmente la atención:

 

p. 35: «Ocúpate de sobrevivir. Imita a los árboles. Aprende a perder para luego recobrar, y recuerda que nada permanece igual por mucho tiempo, ni siquiera el dolor, el dolor psíquico. Resiste. Déjalo pasar. Suéltalo».

p. 43: «Hoy quiero reflexionar un poco acerca de la lealtad, y está comprobado que solo soy capaz de reflexionar sobre algo cuando lo escribo».

p. 58: «Solo una clase de oración es posible: Concédeme hacer lo que haga en este día con un sentido sagrado de la vida. Concédeme estar en tu presencia, Dios mío, aunque solo la conozca en ausencia».

p. 105: «No es fácil encontrar el equilibrio, pues si no soñamos con realizar logros extraordinarios del modo más salvaje, carecemos de estímulos incluso a la hora de fregar los platos. Hay que pensar como una heroína para comportarse como un mero ser humano decente».

 

Como me escribía Carlota, ese mismo «Anhelo de raíces» —que aparece en el título del primer libro y con el que titulo este post— «es una respuesta a este mundo globalizado y alejado de nuestro origen natural en el que conectar con nuestra voz interior es cada vez más difícil». Sin duda, hay algo muy hondo en ese amor de los escritores a las raíces que ofrecen los árboles y, en general, todas las plantas. Basta quizá recordar el conocido dicho del poeta Hölderlin: «Quien ha pensado lo más profundo ama lo más vivo».

 

Finalmente, copio dos pasajes un poco más extensos de «Anhelo de raíces» que me han impresionado, quizá porque tienen una aplicación directa a la vida frágil de quienes nos dedicamos a escribir, ya que estamos siempre intentando articular hábitos creativos con los inevitables desánimos:

 

p. 56: «Sabía, por haber visto a mi padre asumir la ingente cantidad de trabajo que realizaba día tras día, año tras año, cuán solidaria es una rutina, cómo la mente se mueve libremente en ella como lo hace en una sencilla iglesia de Nueva Inglaterra. La rutina no es una prisión, sino el camino hacia la libertad del tiempo. Al parecer, el tiempo medido tiene un espacio inconmensurable dentro de él y en esto se parece a la música».

p. 86: «Para la persona con depresión no hay recompensas rápidas. Se trataba de hacer un canal y luego guiar mi bote por él, día a día. Para mí el canal siempre ha sido el trabajo, escribir poesía y novela, y cada una de ellas ha sido una forma de llegar a comprender lo que realmente me estaba sucediendo. La experiencia era el combustible; viviría mi vida quemándolo a medida que avanzara, de modo que al final no quedará nada sin utilizar, de modo que cada pieza se hubiera gastado con el trabajo».

 

¡Qué bonito ideal para un escritor el de quemar su vida en el taller de la escritura para así encender la mente y el corazón de sus lectores!

 

 

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