En agosto de 1991—hace ahora más de veintidós años— tomé parte en el IX Congreso Internacional de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia, cuya apertura se celebró en el elegante anfiteatro de la Universidad de Uppsala. Quedé impresionado por la magnificencia del lugar y por el encanto con el que, antes de que comenzara la sesión, el profesor Evandro Agazzi, presidente de la Sociedad organizadora de aquel congreso, tocaba con acierto el piano que allí había.

 

Viene este recuerdo a mi memoria porque en estos días he descubierto que en aquel mismo lugar —el anfiteatro de la Universidad de Uppsala, Suecia— el escritor Albert Camus pronunció una fascinante conferencia bajo el título «L’artiste et son temps» el 14 de diciembre de 1957, cuatro días después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo. Aquella conferencia acaba de ser reeditada ahora por editorial GG con el título «Crear peligrosamente. El poder y la responsabilidad del artista» con abundantes ilustraciones (Barcelona, 2022, 88 págs.). La traducción es la de Miguel Salabert (1931-2007), que vio repetidas ediciones en Alianza Editorial.

 

 

En aquella conferencia Camus denunciaba los regímenes totalitarios de su tiempo —en particular, el comunismo— que esclavizan a los artistas, así como la pleitesía de tantos ante la sociedad comercial en la que el arte se ha convertido en un objeto de consumo más. Camus defiende por encima de todo la libertad creadora: «Las palabras no se dejan prostituir impunemente. El valor más calumniado hoy es el de la libertad», p. 24) y un poco más adelante: «Solo la libertad salva a los hombres del aislamiento» (p. 69).

 

Voy a elegir un solo párrafo: «El único artista comprometido es el que, sin rechazar el combate, se niega al menos a sumarse a los ejércitos regulares, me refiero al francotirador. La lección que saca entonces de la belleza, si la saca con honradez, no es una lección de egoísmo, sino de dura fraternidad. Así concebida, la belleza jamás ha esclavizado a ningún hombre. Y durante milenios, cada día, cada segundo, ha aliviado, por el contrario, la esclavitud de millones de hombres y, a veces, ha liberado para siempre a algunos. Tal vez aquí, en esta perpetua tensión entre la belleza y el dolor, el amor a los hombres y la locura de la creación, la soledad insoportable y la muchedumbre abrumadora, el rechazo y la aceptación [‘consentement‘], toquemos la grandeza del arte. El arte camina entre dos abismos, que son la frivolidad y la propaganda» (pp. 64-65).

 

 

Pero quiero añadir otro párrafo de su discurso de recepción del Premio Nobel el 10 de diciembre de 1957, que a mí me emociona particularmente: «Ninguno de nosotros es lo suficientemente grande para semejante vocación [la del escritor artista]. Pero, en todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará a condición de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación es reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la esclavitud que, allí donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión» (pp. 103-4, Alianza, 2010).

 

Después de estas solemnes declaraciones, que tanto dan que pensar, solo quiero añadir unas palabras de Oscar Wilde desde la prisión, que Camus recuerda en su conferencia en el hermoso anfiteatro de Uppsala: «El vicio supremo es ser superficial» (p. 25).

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