Una de las características más llamativas de la Iglesia católica en España es su debilidad política, entendida como la capacidad de promover su específica concepción del bien común, proponer y defender sus puntos de vista colectivos y defender sus intereses, que como toda institución posee legítimamente. No se trata, por tanto, de la lucha partidista, que eso es lógico y necesario que se quede en sus afueras, sino de la política entendida como lo que es: la concepción y práctica del bien de las personas, sus familias, las comunidades intermedias y el conjunto del pueblo.

Como confesión religiosa encarnada, la Iglesia católica en lo institucional, y su equivalente como movimiento, el Pueblo de Dios, posee una visión completa y amplia de la vida y de su sentido, de su dignidad, de las relaciones humanas, de los fines que se deben perseguir en este mundo, de las condiciones para vivir bien en colectividad. Todo ello parte de los principios y visión cristianos establecidos en el Evangelio y en la tradición de la propia Iglesia, que han tenido un amplio desarrollo en la llamada doctrina social, sobre todo a partir de León XIII. Se trata de una concepción holística integral y, de hecho, la única alternativa al actual sistema orientado al capitalismo sea el liberal cosmopolita, que Branko Milanovic denomina capitalismo meritocrático liberal, sea el capitalismo totalitario chino.

Por consiguiente, el catolicismo tiene mucho que decir, pero en realidad su voz se escucha poco. Se poseen todavía importantes reductos, si bien cada vez están más rodeados de adversidad, (y los reductos rodeados ya se sabe cómo terminan, por grandes que sean: o son conquistados o destruidos) pero su voz ha desaparecido del campo abierto. Esa es la primera idea que quiero transmitir.

La segunda es que esta renuncia, porque es tal cosa, es debida en lo sustancial al abandono de los laicos de su misión, en el plano temporal por excelencia, que es la vida política, en una presencia conjunta, que no es sinónimo de un partido, aunque no lo excluye, y también individual, sostenida en una relación transversal que trascienda a los partidos. Una realidad habitual en el Parlamento Europeo y extraña en el Congreso de los Diputados.

La tercera es porque los laicos que viven la fe en distintas organizaciones y vocaciones, y que ocasionalmente y como reacción emergen de cuando en cuando ante determinadas leyes, no hemos sido capaces de articular una iniciativa común sostenida en el tiempo que, sin menoscabo de las diferentes prácticas y vocaciones, permita formular una acción eficaz al servicio de la vida humana, su dignidad, que casi siempre exige justicia, y la libertad, hoy absolutamente amenazadas por la eutanasia, el aborto, la nueva ley de educación y las prácticas políticas del gobierno y su forma de abordar los problemas y necesidades del país. Es una gran hipocresía clamar continuamente a arrimar el hombro en el esfuerzo común contra la pandemia y sus crisis, y al mismo tiempo promover leyes absolutamente divisivas, que sabe que son inaceptables para una gran parte de la sociedad.

La cuarta idea es una ley de la contienda política toda presencia social que no consigue hacerse presente en las instituciones que gobiernan acaba por quedar al margen, por vivir en la insignificancia o desaparecer.

Dar respuesta a estas cuatro cuestiones es una tarea de los católicos, la más importante, la más necesaria en este tiempo tan difícil para todos. Dar respuesta es cumplir con el mandato de nuestra fe y aportar mejores soluciones a un país que sufre.

La Asamblea de Asociaciones por la vida, la dignidad y la libertad, del próximo 22 de enero, es una fuerte luz de esperanza, que solo depende de cada uno de nosotros que se realice. Todo grupo católico debería sentirse llamado a participar. Puede hacerlo fácilmente. Basta con inscribirse aquí.


Fuente: Forum Libertas

 
Compartir en:

Portaluz te recomenienda

Recibe

Cada día en tu correo

Quiero mi Newsletter

Lo más leído hoy