Recuerdo a una señora que se disponía a hacer una mudanza a un país extranjero y tenía que deshacerse de muchos de sus libros, y me ofreció una edición francesa de las novelas cortas de Balzac. Me puse a hojear el libro cuidadosamente y resistí la tentación. Consideré que era un abuso hacer que alguien se desprendiera de un clásico, sobre todo si una de las obritas era La misa del ateo.

No conocía de su existencia hasta que, encontré una mención en una antología de escritos de Mariano de Cavia, un periodista zaragozano experto en crónicas taurinas, sátiras políticas y artículos de costumbres. En esas páginas encontré El ateo en misa, publicado en 1895 en El Imparcial. El relato de Balzac nos habla del doctor Desplain, un ateo que se jacta de serlo y enarbola toda clase de apasionados argumentos históricos y filósoficos. Sin embargo, un día, su ayudante, el doctor Brianchon, lo sorprende en la iglesia parisina de Saint Sulpice oyendo misa en una capilla. Más tarde, se enterará de que Desplain asiste a cuatro misas al año por el alma de Bourgeat, un aguador que compartió con él sus escasos bienes y fue su protector en los años míseros y sacrificados de sus estudios de Medicina. Sin embargo, esta práctica piadosa no impide al médico a aferrarse a sus convicciones ateas, aunque Balzac transmita al lector la esperanza de que Bourgeat pueda abrir a su protegido las puertas del cielo.

Me he acordado de mi paisano Mariano de Cavia en estos días de julio, en que se cumple el centenario de su muerte. Para algunos solo sería el nombre de una glorieta de Madrid o un busto y una placa en Zaragoza, si el diario ABC no hubiera instituido un premio de periodismo que lleva su nombre. Por lo demás, en el artículo citado, a Cavia la historia de Balzac se le antoja una fantasía sublime, y un tanto inverosímil. No obstante, añade que considera un hecho real y palpable la existencia de un lugar en el que siempre hay ateos que rezan o asisten a misa: la capilla de la Virgen del Pilar en Zaragoza. Lo escribe un aragonés nacido en una calle cercana a la basílica y bautizado en ese templo. Esto no le impedía ser un heredero de aquel liberalismo progresista de Espartero, que echó profundas raíces en su ciudad natal. Sin embargo, su ideología no era incompatible, ni con la cordialidad ni con la amistad, como la que mantuvo con el católico Menéndez Pelayo.

En el citado artículo de El Imparcial, Cavia no tenía reparos en admitir un “milagro” muy habitual en su tierra aragonesa y que, sin duda, se produjo en famosos anticlericales como Goya o Buñuel. Se resume en una frase, que tuvo mucha difusión: “En Aragón, el que no cree en Dios, cree en la Virgen del Pilar”. Ni que decir tiene que esta cita despertaría en algunos, en su época y ahora, descalificaciones como tradicionalismo, atavismo, regionalismo, patriotería, infantilismo, sentimentalismo… No terminaría la lista, pero estoy convencido de que Cavia tenía razón al considerar que la Virgen del Pilar es más que una piadosa advocación de la Madre de Jesús. De hecho, define su culto como “un inagotable caudal de fe, esperanza y amor”. Podría añadirse que se asemeja a una poderosa corriente que arrastra a creyentes y no creyentes, y que solo podría explicarse desde un arraigado sentimiento filial que trasciende ideologías y opiniones. De ahí que un incrédulo pueda sentirse a gusto entre la multitud de devotos que rezan diariamente ante la Virgen del Pilar. Es posible que Cavia en su artículo se identificara con “un ateo de buena fe, noble recogimiento y limpio espíritu”. Ateo o no, Mariano de Cavia publicó unos versos para su Virgen, a los veintidós años, en el Diario de Zaragoza, y solía llevar al cuello una medalla pilarista.

Años más tarde, en otro artículo, Cavia recordará que ante el Pilar se unieron la fe y la libertad, en alusión a los sitios de Zaragoza en 1808, y calificó a la basílica de “mitad templo del Señor, mitad alcázar del pueblo”. Esa síntesis de lo religioso y lo popular debió de haberla sentido nuestro periodista con la lectura de Zaragoza, uno de los más recordados Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, conocido por sus creencias republicanas y anticlericales. A diferencia de otros libros del autor, aquí está ausente el conflicto de las dos Españas, y las únicas pasiones presentes son la avaricia, los celos o la ambición. Se palpa la unidad del pueblo junto a la Virgen en el segundo asedio de la capital aragonesa, y este es un significativo ejemplo: “Los rezos, las plegarias y las demostraciones de agradecimiento formaban un conjunto que no se parecía a los rezos de ninguna clase de fieles… Faltaba el silencio solemne de los lugares sagrados: todos estaban allí como en su casa; como si la casa de la Virgen querida, la madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también la casa de sus hijos, siervos y súbditos”.

Cavia y Galdós supieron desentrañar la clave de la enorme devoción pilarista: nadie se siente extraño en la casa de su Madre.

 

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