Las consecuencias del fenómeno mundial del Covid-19 no son únicamente sanitarias o políticas, también las hay de muy diversos tipos. Entre ellos los “redescubrimientos” que esta situación nos permite realizar, relacionados en muchos casos con actitudes o decisiones vitales. Pues bien, uno de ellos, considerado como tabú, es la reflexión acerca de la muerte. A pesar de que sabemos que es algo que sucede y que nos tiene que llegar algún día, es tabú, quizás por el ritmo de vida o la “seguridad” de los avances de la ciencia, que nos hacen creer que nunca fuera a tocarnos. A esto añado que esto no sólo pasa en ámbitos no creyentes, sino, de manera llamativa, entre personas creyentes.

Otro tabú: considerar la ciencia como algo todopoderoso y que permite controlar todo, sin riesgos que nos hagan percibir nuestra fragilidad y finitud. Pero, sin embargo, sus límites se han hecho patentes a su vez como manifestación de la vulnerabilidad y debilidad del ser humano, de que no podemos controlarlo todo, porque no somos dioses. Pero esa sensación de control y de autosuficiencia se desploma ante la pandemia, que nos recuerda que no es así. Un pequeño virus transforma estrategias, políticas y condiciones de vida y, más aún, las pone en riesgo. Y volvemos a la muerte.

Podemos plantearnos como pregunta filosófica el por qué de esta realidad, que responde a nuestra condición de seres contingentes, no absolutos. Por eso la reflexión filosófica puede ayudarnos a sacar lecciones de la muerte para la vida. Pero no todas las miradas filosóficas ante la muerte nos dan las mismas respuestas. Por eso desestimo aquí dos posturas: la desesperanza existencialista del que cree que estamos condenados a la muerte y que la vida es un absurdo sin sentido, como planteaba Sartre; y la de los hedonistas que viven de acuerdo a la máxima de “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.

Propongo, en cambio, una filosofía realista, que es consciente de que la vida es un don recibido como regalo y a la vez como tarea, no para vivirla egoístamente sino para desplegarla desde la opción de fondo del amor. Amor máximamente posible cuando se sabe amado por Dios de tal manera que ha venido hasta nosotros, se ha quedado y camina a nuestro lado hacia la meta, y nos capacita para amar en la medida en que somos sus “amigos” –“Amigos fuertes de Dios” es menester, decía Santa Teresa de Ávila, y no sólo en su tiempo. Una vida que no se estrella contra la nada de la muerte, sino que la atraviesa como una puerta que abre otro estado, el que se despliega ante un alma inmortal, espiritual y creada por Dios a su imagen y semejanza. Una filosofía que recuerda que nuestra alma racional es inmortal, porque no muere al morir el cuerpo, y que aspira a la felicidad perfecta y absoluta que, aunque sólo la atisba en esta vida, no sólo da alas a la esperanza trascendente sino también nos impulsa a trabajar con empeño aquí por el bien propio y por el común.

Si además esta filosofía se deja iluminar por el conocimiento de la fe revelada en Cristo Jesús, entonces puede contar con la confianza en la promesa de la vida eternizada por el amor de Dios a través de Jesucristo, que ha vencido la muerte. Los ecos pascuales siguen resonando en este tiempo en que celebramos el triunfo de Cristo, que es adelanto del nuestro. Y si existe una vida inmortal que alimentamos ya de alguna forma con nuestras decisiones, gestos y actos temporales, entonces, es una vida con sentido y con un significado más allá de lo inmediato y transitorio, que tanto nos suele preocupar. La trascendencia que abre esta vida inmortal permite dar a las ocupaciones inmediatas su verdadero peso: es como vivir con los pies en la tierra, pero mirando más allá, hacia lo alto. Qué luminosa me parece la reflexión del Aquinate comentando el Evangelio de los lirios, que les comparto: “El Señor no prohibió en el Evangelio el trabajo sino la excesiva preocupación de la mente por las cosas necesarias para la vida: Y lo prueba así: porque si la divina providencia sustenta a las aves y los lirios, que son de naturaleza inferior y no pueden trabajar en aquellas obras con las que los hombres se procuran alimento, mucho más proveerá a los hombres, que son de naturaleza más digna y fueron dotados por Él del poder de procurarse el sustento por sus propios trabajos” (Santo Tómas de Aquino, Suma contra Gentiles, cap. 135).
 
Repensar esto, me invita a examinar mi actitud ante las preocupaciones de la vida -que no se agotan con las actuales generadas por el coronavirus-: si confío en Dios como buen Padre providente o en realidad pongo mi confianza última en los medios humanos, necesarios pero en ningún caso absolutos ni salvadores; cómo afronto las dificultades que salen durante mi peregrinación: con fe y esperanza o con desesperación, y así más preguntas. Pues uno de los testimonios que, me parece, debemos dar como creyentes en estos momentos, es precisamente el de la confianza en la Providencia de Dios, que nunca nos deja de la mano y que transforma todo, como dice san Pablo, en un bien para los que le aman; es decir, potenciar las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad como el mejor aporte que podemos entregar frente a la vivencia actual de inseguridad, miedo y fragilidad.
 
Por eso, la experiencia del coronavirus ayuda a sacar lecciones de la muerte para la vida, redescubriendo algo que nos une como seres humanos: el sentido de la vida y de la muerte.

 
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