Compartí hace algunos días con un grupo de jóvenes -chilenos y extranjeros- su experiencia de misiones y ayuda social en una isla de Chiloé, Quehui. Y desbordaban alegría, aunque lo manifestaban de distinta manera. Recorrieron miles de kilómetros para llegar al lugar de misión, al sur del mundo, donde no existen las comodidades modernas, sino más bien una vida austera. Pero regresaron felices y lo transmitían. 

 

La razón -bien enseñada por Jesús y que han vivido millones de sus seguidores misioneros- es que al darnos, al despojarnos, al amar, ganamos.

 

Si lo miramos al revés, sucede que quien se encierra en sí mismo, conservando para sí su tiempo, sus mejores energías, su sabiduría o sus logros, en realidad no crece ni se perfecciona como persona. En efecto, enclaustrarse en el “pequeño” mundo individual no hace bien, pues se le pudre dentro y no crece. Quien se encierra en sí mismo, tiende a la tristeza. Por eso nos hace bien no sólo compartir sino, sobre todo, darnos a otros, amándolos y buscando su bien saliendo de nosotros mismos. Y como el efecto de tal donación es el logro de un bien, que es recíproco, la consecuencia es el gozo y a la alegría, que brota de manera natural cuando alcanzamos tal bien anhelado. ¿Ejemplos? Se percibía en las risas y alegría de los misioneros cuando atendían a los niños en la escuela con refuerzo personalizado y juegos en común, o al ocuparse de ofrecer ayudas en salud, o al misionar casa por casa escuchando y rezando con quienes les acogían, o cuando rezaban juntos en las maravillosas iglesias chilotas, animando la celebración con su voz y entusiasmo juvenil o, cómo no, mientras se desplazaban de una isla a otra en lancha.

 

Si seguimos indagado en la razón profunda para salir de sí y darse a otros, junto al amor, descubrimos otra pista. Estos misioneros logran descubrir en cada persona con la que están a alguien valioso en sí mismo, semejante a ellos: un hermano/a con quien comparten algo profundo que les une y que les permite caminar juntos hacia una meta común.

 

Esto que comparten es, en primer lugar, su condición de personas humanas con dignidad, por la que nadie debiera ser un extraño, sino un prójimo. ¿Y no es esto la fraternidad, esa conciencia de ser hermanos que nos lleva a tratarnos como tales, es decir, a amarnos unos a otros no sólo de palabras sino con hechos? Sí. Cada vez que llaman a las puertas de las casas, lo hacen con esa conciencia; que crece cuando desde el otro lado se les abre y se aviva al comunicar vivencias, consejos, desahogos, oraciones, etc. Así se supera toda diferencia a pesar de no haberse visto antes y de ser de culturas, en algunos casos, distintas.     

 

En segundo lugar, además de compartir la naturaleza humana hay algo más profundo: un origen y una meta común que nos trasciende y nos une de una manera muy especial en Dios. Dios nos crea a su imagen y semejanza y quiere que seamos felices con Él en la eternidad. Y ese amor que nos tiene y el que le tenemos, nos une íntimamente con el prójimo. Por eso el amor a Dios es indisoluble del amor al prójimo, como lo vivió y transmitió Jesús en el Evangelio y lo vemos en todos los santos, sobre todo en los más cercanos, como es el Padre Hurtado en nuestra querida tierra chilena.

 

Misioneros y misionados aspiran al cielo como meta común, y eso moviliza y une muchísimo. Si comunicarnos con personas queridas en esta vida nos hace felices, ¿cómo será la bienaventuranza del gozo perfecto en Dios compartido con ellas? Este es un inmenso caudal de gozo asequible a los misioneros que aman a Dios y por eso promueven la unión con Dios en los/as demás.

 

El amor recíproco de donación es la clave de una fraternidad enraizada en Dios y concretada en obras de amor, que nos permite crecer y nos da alegría. Una fuente de gozo a nuestro alcance, tesoro que descubrieron también los misioneros en isla Quehui.

 

No esperes más y sal a testimoniar el Evangelio. ¡Todos somos llamados a la Misión!

 

 

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