Entraron, pálidos y temblorosos, media docena de levitas en mis aposentos para anunciarme: «¡Sumo sacerdote Caifás! ¡Se ha rasgado el velo del templo, coincidiendo con la muerte de ese Nazareno!». Pero yo ya estaba preparado para que algo así sucediese, y apenas esbocé un mohín de contrariedad: «Era inevitable -los tranquilicé-. La tierra ha temblado, las rocas se han resquebrajado. ¿Cómo iba a resistir el velo del templo?». Pero ellos insistían, presas de una agitación incontenible: «Algunos dicen que es un castigo del cielo. Y han salido de sus tumbas algunos muertos que...». Los interrumpí de inmediato: «¡Basta, insensatos! ¿Cómo podéis prestar oídos a esas supersticiones absurdas? -Y, cuando por fin se serenaron, les solté el rollo macabeo previsto-: La tierra ha temblado por la fricción de placas tectónicas que han causado desplazamientos en la corteza terrestre. En cuanto a ésos que llamáis muertos, sabed que eran catalépticos que han despertado, pues el hipocentro del terremoto se hallaba justamente debajo de un taller donde se elaboraba aceite de trementina, que al derramarse ha llenado el cementerio vecino de vapores que actuaron de revulsivo sobre los catalépticos, Y, borrachos de trementina, empezaron a proferir sandeces».

Callaron los levitas, sugestionados por mi cháchara. Resulta conmovedor comprobar cuán fácil es hacer olvidar a la gente la causa primera de las calamidades, con tan sólo aturdirlos con un barullete de hipotéticas causas eficientes de apariencia científica.

«Volved tranquilos a vuestras casas, no sin antes recomendar a los jerosomilitanos que usen embozo, para evitar la inhalación de los vapores de trementina -les dije, paternalmente-. Y prometedles que en los próximos días un escriba pasará por sus casas con un topo que comprobará la solidez de los cimientos». Los levitas marcharon, obedientes, a transmitir al pueblo mis patochadas y atender a los heridos; en premio a su credulidad, y puesto que no pienso pagarles ni un denario más, mañana mismo propondré al Sanedrín instituir un aplauso colectivo que premie su esfuerzo.

Pero yo sé bien que ese terremoto es un castigo divino, pues al declarar reo de muerte a ese Nazareno estaba instigando el homicidio de un inocente, que es uno de los cuatro pecados que claman al cielo, exigiendo de Dios un castigo inmediato. Todos los miembros del Sanedrín conocen tan bien como yo esos cuatro pecados que mencionan explícitamente las Escrituras; pero como yo prefirieron hacerse los longuis. Y ahora nuestra obligación es ocultar la existencia de estos cuatro pecados que claman al cielo, así como el castigo que cae sobre los pueblos que los cometen.

Para ello, por un lado debemos esforzarnos en aturdir al pueblo con nuestra cháchara (y suministrar embozos a todos, para que se crean protegidos); y, a la vez, hay que propagar una predicación falsa, que oscurezca la verdad sobre Dios (quien, porque es bueno, castiga el mal), sustituyéndolo por un remedo ternurista que permanezca indiferente ante el mal (un dios tan inane y soplagaitas que a todos acabará dejando tan indiferentes como el mal lo deja a él). Así, se irá borrando de la memoria humana la conciencia de los pecados que claman al cielo; y podría ocurrir, incluso, que allá en el futuro existiere una generación que incentive orgullosamente estos cuatro pecados con leyes inicuas que aparezcan ante los ojos del pueblo como expresiones de suma misericordia. No quiero ni pensar qué plagas horrendas caerán sobre esa generación futura. Pero compóngaselas como pueda. Yo ahora lo que necesito es engañar a mis paisanos, para que no me linchen; y los que vengan detrás que arreen. Mal de muchos, consuelo de malvados como yo.

 
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