Estimado Erik Varden:

 

Le escribo para felicitarle por la publicación de La explosión de la soledad. Es mucho más que un libro de espiritualidad corriente pues sabe combinar la fe y la cultura, y lo hace desde vivencias personales sobre el arte, la literatura y la música. En muchas ocasiones la fe y la cultura se han separado, y cuando ha sido así, el cristianismo se ha reducido a un fideísmo, que suele ser un sentimentalismo temeroso. Pero también la cultura se ha tornado incomprensible en muchos aspectos al separar la fe de sus raíces. Esa separación envuelve, por ejemplo, a los monasterios y catedrales medievales en brumas de esoterismo y de misterio. Se les presenta como un legado de siglos oscuros, aunque, en realidad, lo que se ha oscurecido la fe, y esa oscuridad cubre con su sombra un pasado que fue luminoso. Este libro escrito por el abad de un monasterio inglés, el de Saint Bernard, y que ahora es el obispo de Trondheim, es una invitación a encontrarse con una luz que brilla en las tinieblas, aunque estas no la hayan conocido.

 

Me gusta el elogio que hace de la expresión “Polvo eres”. A algunos cristianos les impresionan estas palabras repetidas por el sacerdote en el Miércoles de Ceniza, y preferirían una fórmula alternativa para este ritual. Pero no son palabras tristes. La auténtica humildad cristiana solo puede entenderse desde el humus, que es a la vez la tierra, el barro y el polvo. Somos polvo, aunque polvo con nostalgia de gloria, como bien dice usted en el libro. Ser polvo es recordar que somos frágiles, que no lo debemos todo a nosotros mismos. Reconocerse polvo no significa desesperar. Significa que nada es definitivo y que, como se escuchaba en algunas películas clásicas, lo mejor está por llegar. Reconocerse polvo es una profesión de fe, un ansia de eternidad, “un mirar la eternidad como mi casa”, por emplear otra cita de su obra. Me ha venido enseguida al recuerdo el salmo 112, cuando dice que el Señor levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre y lo sienta entre los príncipes de su pueblo. Por eso, delante de Dios los méritos no son nada. Todo es gracia, tal y como escribieron Teresa de Lisieux y Bernanos. Cuando todo es gracia, experimentamos la necesidad de misericordia, y debemos recibirla con gratitud.

 

He tenido ocasión de leer la entrevista que le ha hecho el escritor Daniel Capó. Quizás la frase más incisiva es la que le transmitió un monje: “Nunca te dejes fascinar por el mal”. Coincido en su afirmación de que se ha pretendido poner el bien y el mal en pie de igualdad. Es un error antiguo, y más remoto en el tiempo que el maniqueísmo conocido por san Agustín. Un error persistente, que solo puede entenderse desde la tentativa de disfrazar el mal como bien. Lo hemos visto en los experimentos político-sociales de los dos últimos siglos. El mal sería un atajo para conseguir un supuesto bien, lo que supone una injusticia, que ya intuyera Dostoievski, para las generaciones presentes, sacrificadas para alcanzar la “tierra prometida”.

 

Otra acertada afirmación suya es que, para un cristiano, la alegría es mucho más que un sentimiento de felicidad. Me viene a la memoria la idealización de la felicidad hecha los ilustrados del siglo XVIII y que perduró a lo largo del siglo XIX. Stendhal dedicó una de sus novelas to the happy few. En cambio, en el siglo XX hubo sobrados motivos para el pesimismo. La felicidad suele ser efímera. En cambio, la alegría puede llegar a ser perpetua, tal y como leemos en el salmo 15: “Me saciarás de gozo con tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. Tiene usted mucha razón al escribir la alegría es la respuesta al don gratuito del amor de Dios. Volvemos una vez más al todo es gracia. Y porque esto es así, deberíamos derramar lágrimas de alegría, como escribía Pascal. El problema es que la fuente de esas lágrimas se ha secado prácticamente entre los hombres y mujeres de hoy. Deberíamos pedirla porque… todo es gracia.

 

Coincidimos los dos en nuestro gusto por la pintura de Caravaggio. Usted evoca brevemente una obra menos conocida que otras: La cena de Emaús, expuesta en la National Gallery de Londres. Es evidente el contraste entre un Cristo joven y afable, y los dos discípulos que ya tienen cierta edad. Sus rostros y actitudes expresan el asombro cuando Cristo está bendiciendo el pan que acaba de partir. Parece que no terminan de creérselo, no les ha invadido aún la alegría. Se me ocurre que Jesús tiene mucha paciencia con nosotros. Nos invita a su mesa, como invitó a esos discípulos. Sin embargo, nosotros nos hemos acostumbrado, y eso supone perder la capacidad de asombro. Dejar de asombrarse es deslizarse hacia la tibieza. Podemos ser muy instruidos en la fe cristiana y hacer muchas obras buenas. Pero no nos estamos enterando de nada sin tener un encuentro personal con Cristo, de esos que cambian la vida. Un libro como La explosión de la soledad puede ayudarnos bastante, sobre todo si abrimos el corazón a la Palabra de Dios que en él se contiene y que se nos invita a meditar.

 

 

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