Me ha impresionado el aquelarre hipócrita que se desató en toda España ante el luctuoso caso de Verónica, la joven que se suicidó tras propagarse entre sus compañeros de trabajo un vídeo escabroso que ella misma protagonizaba (y que, al parecer, ella misma grabó y difundió en el círculo íntimo de sus amistades). De repente, los compañeros de Verónica que habían compartido el vídeo de marras y habían hecho escarnio de su protagonista se convirtieron a los ojos de la sociedad española en unos tipejos de la peor calaña capaces de las vilezas mayores. Con un desparpajo sobrecogedor, la sociedad española fingió cínicamente que esa conducta le parecía una aberración inimaginable. Pero lo cierto es que el noventa por ciento de los españoles comparten constantemente vídeos escabrosos o vilipendiadores a través de guasap y otras redes sociales; lo cierto es que si ese vídeo de Verónica hubiese llegado al móvil del noventa por ciento de los españoles (y Verónica hubiese sido su compañera de trabajo) lo habrían compartido de inmediato, acompañado de leyendas escarnecedoras que se habrían ensañado con la protagonista.
 
Y esto ocurre porque la tecnología ha usurpado nuestra conciencia; porque aquellas ‘reacciones reflejas’ que estudiaba la antigua fisiología se producen ahora a través de las redes sociales, que alimentamos compulsivamente, a través de gestos mecánicos (un vídeo compartido, una consigna retuiteada) en los que nuestra conciencia apenas interviene, o interviene sin ningún tipo de mediación del juicio moral; pues la tecnología ha conseguido que nuestra conciencia se convierta en un «instinto del alma», según la definición proterva de Rousseau. Aunque no queramos aceptarlo (o nos conformemos con lamentar que la adicción tecnológica hace mucho daño… ¡a nuestros hijos!), lo cierto es que la tecnología está introduciendo cambios decisivos en nuestras vidas; y no sólo cambios en nuestra conducta o en nuestros hábitos, sino cambios antropológicos decisivos que, lejos de potenciar nuestras facultades racionales, nos están devolviendo a un estadio de primitivismo gregario, como prueban todas las bazofias y frivolidades que nos intercambiamos con gran despliegue de emoticonos a través de las redes sociales. Y es que, aunque sus rapsodas y apóstoles pretendan lo contrario, la tecnología no es una mera ‘herramienta’ o ‘instrumento’ al servicio de nuestras necesidades, al modo en que lo es, por ejemplo, una batidora. Recurrimos a la batidora para hacer mayonesa; pero si no vamos a hacer mayonesa, no se nos ocurre sacar la batidora del armario. Un teléfono móvil con guasap o un ordenador con conexión wifi no está, en cambio, al servicio de nuestras necesidades, no es una herramienta de la que echamos mano cuando la necesitamos, sino que se ha convertido en un apéndice orgánico que nos acompaña allá adonde vamos, aunque no lo necesitemos (como nos acompaña el riñón aunque no vayamos a beber agua o la vesícula biliar aunque no vayamos a ingerir grasas). Sólo que el teléfono móvil, a diferencia del riñón o la vesícula biliar (que no nos incitan a comer o beber), nos incita al uso compulsivo con mil reclamos, haciéndonos llegar una avalancha de mensajes zascandiles, memes memos o faltones, bulos chorras o calumniosos, vídeos chuscos o directamente sórdidos… a los que tenemos que reaccionar de inmediato, para no quedar descolgados del flujo de ‘hiperconectividad’ en el que nos hallamos inmersos, para no ser expulsados del redil gustoso que la tecnología nos ha fabricado (lo que nos provocaría una ansiedad insoportable).
 
Y esa reacción que la tecnología nos demanda es, inevitablemente, una reacción instantánea que exige (por efecto de la propia facilidad tecnológica) abreviar nuestras decisiones, hasta casi automatizarlas, despojándolas de dilaciones y también de discernimientos morales dignos de tal nombre. La tecnología, en fin, está instaurando el infierno de la ‘libertad sin mediaciones’, en el que las vilezas más diversas –la calumnia y la denigración, pero también el fanatismo– se reproducen sin cortapisas, de manera exponencial e instantánea, hasta anular por completo nuestra conciencia. Esto es lo que les ocurrió a los compañeros de trabajo de Verónica; y esto es lo que cada día les ocurre al noventa por ciento de las personas que hipócritamente se escandalizaron de lo que los compañeros de Verónica hicieron con su vídeo escabroso, que es lo mismo que hubiese hecho cualquier rehén de la tecnología (o sea, el noventa por ciento de la población): compartirlo con sus amistades, acompañándolo con comentarios chuscos y escarnecedores.
 

Fuente: XLSemanal
 
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