“Dime con quién andas, y te diré quién eres”, dice el conocido refrán, y es cierto, pero también lo es este otro: “De tal árbol, tal astilla”. Ambos se originan a partir de una gran verdad del ser humano: no nos podemos entender ni explicar totalmente sin la referencia a los demás, sea desde nuestro origen, o en lo que hoy se denomina vínculos sociales, que nos marcan fuertemente en lo que somos como personas. El Principito apunta a esa gran verdad, que se capta con el corazón.
 
La vida, el ser, los hemos recibido como un regalo, aunque es tarea nuestra apreciarlo, llevarlo a su plenitud y desenvolverlo, y así hacerlo fructificar. Ese es el origen más profundo y remoto, sin el cual no nos podemos entender cabalmente. En efecto, no procedemos de la nada, como piensan algunos que creen que somos un producto del azar; todo lo contrario, las evidencias nos llevan a descubrir una intención y un designio en ese inicio de la vida. Podríamos no existir, y, sin embargo, existimos y cada persona existe en su particularidad y unidad, pues es absolutamente única e irrepetible. Pues bien, la filosofía metafísica realista siempre ha considerado que el ser y la vida que recibimos en último término procede de Aquel que es el Ser y la Vida, es decir, de Dios -verdad que reafirma más firmemente aun nuestra fe. Y precisamente por nuestra participación en el ser y la vida de Dios, quedamos vinculados a Él de una manera especial y originaria. Por eso hay algo, o mucho, en nosotros de esa huella divina que nos remite a lo absoluto y que es la causa de que sólo cuando lo hallamos, descansemos verdaderamente y logremos nuestra plenitud, como bien dijo San Agustín, el gran buscador de la verdad. Pero, junto a eso, al remontamos a nuestro origen también descubrimos la importancia de nuestros padres, de los que nacimos, nos educaron y rodearon de un ambiente apto para crecer y aprender lo más importante: a ser personas plenas. Tal vinculación se transforma en una deuda de gratitud hacia ellos, que, vivida de manera consciente y constante, se denomina virtud de piedad.
 
Con razón afirma santo Tomás de Aquino, “De dos maneras se hace un hombre deudor de los demás: según la diversa excelencia de los mismos y según los diversos beneficios que de ellos ha recibido. En uno y otro supuesto, Dios ocupa el primer lugar, no tan sólo por ser excelentísimo, sino también por ser el primer principio de nuestra existencia y gobierno. Aunque de modo secundario, nuestros padres, de quienes nacimos, y la patria, en que nos criamos, son principio de nuestro ser y gobierno. Y, por tanto, después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos. De ahí que como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la piedad darlo a los padres y a la patria” (Suma Teológica, II-IIa, q. 101, a. 1).
 
Tal deuda de gratitud se manifiesta mostrándonos “servicial y respetuoso con los padres del debido modo” (Ibid., a. 4). Y además agradeciendo y reconociendo no sólo todo lo recibido hasta ahora sino también lo que se nos sigue entregando. Ahí encaja la celebración del Día de la madre y del padre que, más allá de regalos materiales, busca dar un espacio real a esa gratitud hacia aquellos que, de manera tan especial, tanto nos entregan. Hace bien mirar, entonces, nuestros orígenes y dar gracias por lo recibido a Dios y a nuestros padres -y a los que nos ayudaron a crecer. Y, por lo mismo, hacernos conscientes de lo que somos y desde ahí relacionarnos con cuantos nos rodean hoy y con quienes nos vinculamos. Precisamente tales vínculos originarios dan a nuestra vida un sentido especial: porque siempre hay Alguien que nos ama y con Quien permanecemos vinculados, podemos superar la tentación de individualismo y de soledad -tan extendida- y salir de sí para dar amor a los demás, a aquellos con los que construimos los vínculos sociales.
 
Así, desde el amor conscientemente recibido con la vida, podemos a su vez darlo a cuantos nos rodean. Y transformar así esta sociedad. A lo que nos invita El Principito.
 
 
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