El hombre prudente es feliz y el que mejor se lo pasa.


 
Está fuera de duda que todos, seamos más o menos conscientes, buscamos la felicidad en todo lo que hacemos, y precisamente en razón de ese fin, tomamos nuestras decisiones. Y no hay posibilidad de equivocarse porque esa tendencia es algo natural en nosotros, como si fuera parte de nuestro ADN, aunque abarque, por supuesto, todas nuestras dimensiones, especialmente la interior o espiritual. Por eso ahí encontramos la motivación profunda para levantarnos cada mañana, sea con día nublado o soleado, o para ir a nuestro trabajo, sea sencillo o complejo, de más o menos complejidad y responsabilidad laboral, y tengamos la edad que tengamos o nos toque vivir cambios a nuestro alrededor… en eso todos coincidimos. 
 
Esa es nuestra experiencia, que Santo Tomás de Aquino toma y explica desde su profunda mirada del ser humano, al poner de manifiesto cuán sabia es la naturaleza. Y por eso sabe también que sólo alcanzaremos la felicidad si seguimos la inclinación natural que nos hace buscar el bien y el perfeccionamiento de todo lo que somos, de acuerdo a la voz de la conciencia que clama “haz el bien y evita el mal”. Y es por eso que las virtudes son el camino para la felicidad, pues “La vida activa vivida según las virtudes nos prepara o dispone a la bienaventuranza. Así es como “el premio auténtico de la virtud es la misma bienaventuranza, por la que se esfuerzan los virtuosos” (Suma Teológica, I-IIa, q. 2, a. 2).
 
Aunque la suprema felicidad del hombre consista en la visión de Dios, que es lo más perfecto, las virtudes morales preparan el camino para alcanzarlo y nos hacen felices ya en esta vida. La prudencia es aquí fundamental, consiste en una especie de sabiduría práctica aplicada a la vida. Implica un conocimiento recto y cabal de la realidad, del fin último de nuestra vida y del valor de los medios disponibles para alcanzarlo. Tal conocimiento nos prepara para aplicar a las circunstancias actuales los grandes principios morales para actuar correctamente. O, dicho con otras palabras, “es prudente quien dispone lo que hay que hacer en orden a un fin” (Ibid, II-IIa, q. 47, a. 13), el que acierta al elegir la actuación que corresponde en cada momento porque sabe discernir los medios buenos llevan al verdadero fin. “Incumbe a la prudencia determinar de qué manera y con qué medios debe el hombre alcanzar con sus actos el medio racional. En efecto, aunque el fin de la virtud moral es alcanzar el justo medio, éste solamente se logra mediante la recta disposición de los medios” (Ibid, a. 7). Esta sabiduría práctica es fundamental para distinguir los verdaderos de los aparentes medios, y lo mismo respecto al fin.
 
El que se equivoca en el fin, aunque pueda discernir los mejores medios para lograrlo, en realidad posee una falsa prudencia. Así: “tiene prudencia falsa quien, por un fin malo, dispone cosas adecuadas a ese fin, pues lo que toma como fin no es realmente bueno, sino sólo por semejanza con él, como se habla, por ejemplo, de buen ladrón” (Ibid, a. 13). A diferencia de esta, la prudencia verdadera “encuentra el camino adecuado para conseguir el fin realmente bueno”. ¿Es posible que esta prudencia sea imperfecta? Sí, cuando se pone como fin último otro fin subordinado o que pertenece al orden de los medios, como el “buen negociante” que es prudente en la elección de los medios, pero no sabemos si acierta en el fin último, o cuando no tiene la voluntad de realizar lo que considera es bueno. Por último, posee prudencia en el más alto grado quien tiene el hábito y por tanto es capaz de aconsejar, juzgar e imperar “con rectitud en orden al fin bueno de toda la vida. Es la única prudencia propiamente tal” (Idem).
 
Por eso, el hombre prudente es feliz y el que mejor se lo pasa, porque elige los medios adecuados y sabe, además, disfrutar del bien realizado.
 
 
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