“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15, 13)


Cuando nos acercamos al sufrimiento, sobre todo de inocentes y personas débiles, sentimos cierta impotencia que crece en la medida en que el sufrimiento es más intenso. Sí, ese sufrimiento procede siempre de algún tipo de desajuste o de falla (que percibimos como un mal). Esto es evidente en las enfermedades (falta la salud porque en el organismo hay algo que no está bien) pero también ante sufrimientos espirituales, propios y ajenos. Podríamos dar miles de ejemplos, porque todos pasamos por estos momentos, pero valgan como botón de muestra un fracaso, el anuncio de una enfermedad incurable y el proceso de su curación, una golpiza, la incomprensión de los seres cercanos, y el tremendo sufrimiento por la pérdida de un hijo. Es cierto que la medida del sufrimiento es la medida del amor, por eso a mayor capacidad de amar, se produce mayor sufrimiento (y entre todos, son las madres las que aman con mayor fuerza, y, por lo tanto la que más sufren).

Por otro lado, en el sufrir hay algo que no logramos captar ni entender: algo imponderable. Pero, del mismo modo, hay algo de misterioso. El sufrimiento esconde algo que de alguna forma es ‘positivo’, pues suele abrir la puerta a un crecimiento personal, al invitar a dar un paso en la madurez. Quizás esto nos obligue a incorporar la necesaria aunque dura verdad vital de que necesitamos sufrir para crecer y madurar, pues crecer implica dejar atrás algo para asumir otra cosa. Pero también nos permite cobijarnos en la fortaleza de Dios, y participar en un pedacito de la Suya como una bendición.

Ahora bien, desde esta visión, se plantea con fuerza la pregunta, más en estos días de Semana Santa: ¿por qué el sufrimiento de Cristo Dios, y un sufrimiento tan cruel y radical? El relato de la Pasión que ofrecen los cuatro Evangelios es impresionante y hace patente con fuerza el misterio. Jesucristo pasó prácticamente por todos los sufrimientos: los provocados por el dolor físico –golpes, azotes, crucifixión, deshidratación-, el abandono y hasta la negación de los más cercanos, el rechazo de un pueblo que apenas unos días antes le aclamaba con Ramos como Mesías y luego le da la espalda manipulado por grupos de presión, la condena a muerte acusado de blasfemia, la burla de cuantos le ven, y ese fracaso incrementado aún más por el abrumador peso sobre sus espaldas del mal y el pecado de la humanidad. El sufrimiento del Inocente por antonomasia es lo más misterioso, pero eso le da un sentido muchísimo más profundo y universal. El que no necesitaba pasar por la puerta del dolor y del sufrimiento para “crecer” porque es verdadero Dios y verdadero hombre -es decir, de una manera plena y perfectamente,-asume sobre Sí el peso del  pecado, con sus miserias y desajustes, que nos impedían dar ese paso y cruzar esa puerta –la de la salvación- y nos la regala. El que mucho ama, mucho sufre, y eso le hace más capaz de, por amor, evitar a otros su sufrimiento a costa de asumirlo en primera persona.

Santo Tomás de Aquino se planteó por qué Cristo sufrió en la Pasión. Sus razones: primero, invita a la caridad “porque, como dice el Apóstol en Rom 5,8-9: Dios probó su amor hacia nosotros porque, siendo enemigos, Cristo murió por nosotros. Y por la caridad logramos el perdón de los pecados, según aquel pasaje de Lc 7,47: Le han sido perdonados muchos pecados, porque amó mucho. Segundo, la pasión de Cristo es causa de la remisión de los pecados por vía de redención. Por ser Él nuestra cabeza, mediante su pasión, sufrida por caridad y obediencia, nos libró, como a miembros suyos, de los pecados, como por el precio de su pasión, cual si un hombre, mediante una obra meritoria realizada con las manos, se redimiese a sí mismo de un pecado que hubiera cometido con los pies. Pues como el cuerpo natural es uno, integrado por la diversidad de miembros, así toda la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo, se considera como una sola persona con su cabeza, que es Cristo” (Suma Teológica, III, q. 49, a. 1, in c).

Brilla por sí mismo ese amor de entrega que nos invita a agradecerle y a unirnos a Él. De este modo, en el sufrimiento de Cristo por amor, al solidarizarse con los nuestros, los eleva y les da sentido.

No deja de ser misterioso el sufrimiento, no, pero adquiere otra perspectiva. Deja de ser pura noche y oscuridad y adquiere la tonalidad de la esperanza, del sentido, de la espera confiada. El Hombre Dios, Jesucristo, atravesó las puertas de la muerte al unirse a nosotros asumiendo las consecuencias del pecado. No estamos ya solos en la noche del sufrimiento, de la muerte. Así lo dijo muy bellamente el Papa Benedicto XVI ante la Sábana Santa de Turín en el año 2010, y me permito citarlo largamente porque es realmente conmovedor:

“Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis»” (2 mayo 2010, Turín).

Cuánta belleza adquiere el sufrimiento unido al de Cristo, precisamente porque Él hacerse uno de nosotros y desde ahí, nos elevó. Semana Santa, Semana, pues, de admiración ante el misterio del sufrimiento del Hijo de Dios que nos abre la puerta. Semana para amar, para reparar, para admirar y compartir con otros el regalo más grande: el del Amor de Dios. 


 
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