Parece que fue ayer y ha pasado ya más de un mes desde que el Papa Francisco pisó tierra chilena y se encontró con su gente y su cultura. Fueron intensos los días ente el 15 y el 18 de enero, para él y para nosotros. Pues le vimos recorriendo las calles y saludando con afecto a las multitudes que salían a su encuentro o rezando con recogimiento en la celebración de las Misas masivas que concentraron a unas 700.000 personas en Parque O’Higgings, Aeródromo de Maquehue y Playa Lobito, y sobre todo, la fuerza con la que transmitía su mensaje -exigente y a la vez esperanzado- a los diversos grupos humanos con los que se encontró. Ese cierto espíritu escéptico y criticista que reinaba en los días previos a su llegada se vio superado y acallado con creces por el entusiasmo de un pueblo que salió a su encuentro. De un pueblo que, hoy como ayer, tiene hambre y sed de propuestas de radicalidad y de trascendencia en el amor de Dios.

En ese sentido, creo que hay más sentido común del que nos imaginamos o nos hacen creer los que dirigen el mundo de la opinión: la calurosa recepción a Francisco no me parece que procediera de la ingenua negación de la realidad, nada fácil en Chile y en la Iglesia chilena, sino de la ávida necesidad de un impulso espiritual para orientar la vida. El Papa no vino a transformar Chile, esa no es ni será nunca su misión, que pertenece por derecho propio a los laicos, sino a presentar el mensaje de la verdadera Vida, que es el del Evangelio, y con ello despertarnos para trabajar por el bien de Chile desde esa mirada de la eterna ‘recomenzadora’ que es la Iglesia (como la han denominado algunos). Sobre todo y especialmente, en situaciones de crisis y de desprestigio, pues no hay que ignorar ni sus heridas ni sus llagas por los casos de escándalo y abierto pecado. Esto, sin embargo, no al estilo del mundo que parece que se alegra del mal del otro, sino al de la misericordia divina, con esperanza. Sí, es esta Iglesia chilena herida y llagada (como comentó Su Santidad Francisco en la catedral de Santiago), la que recibe la visita de un Papa que la anima a seguir impulsando el trabajo por la paz y la justicia; y esto no porque sus miembros sean perfectos, sino porque El que la sostiene es fiel, y no deja de perdonar y de impulsar a seguir caminando hacia la casa del Padre mientras se trata de construir un mundo mejor.

Y en este punto llegamos a lo que da título a esta reflexión: las noticias y la noticia.

Creo que se han difundido muchas noticias, varias ligadas a escándalos o a conflictos –algunos cerrados y otros abiertos-, pero que, sin embargo, no eran el centro de la noticia. Es más, algunos han reducido la noticia a las noticias creyendo así agotarla. De ahí que casi únicamente se hayan referido a Monseñor Barros y al problema de la diócesis de Osorno, a las declaraciones del Papa acerca de eso y de los abusos y del visitador que envió la Santa Sede para entrevistar a los implicados. Pero eso, voluntaria o involuntariamente, desdibujó la noticia, la real, la que trajo Francisco y que, dicho de paso, ya la había traído Juan Pablo II, el santo Papa polaco, hace 30 años. La Buena Noticia es que Dios sigue siendo un Padre amoroso que se acerca a sus hijos para ayudarles a levantarles, lavarles la suciedad de sus caídas, e impulsarlos a seguir caminando con su gracia. Esa es realmente la noticia que el Papa Francisco quiso traer a Chile. Noticia que quizás a primera vista no genera titulares como los que llenan los diarios, pero que, bien mirada y profundizada, ¿no es capaz de cambiar la vida y dar una felicidad inmensa, inagotable a quien la acoge?

Así es. La misma fuerza con que resonó el famoso “Miradle a Él” en el Estadio nacional, volvió a resonar en Maipú invitando principalmente a los jóvenes a entrar en conexión con Dios y a ser verdaderos protagonistas de la historia usando la clave “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Y también en Temuco, donde invitaba a ser artesanos de unidad y de paz, cumpliendo así la Bienaventuranza que en el Parque O’Higgins se concretó en la búsqueda de la justicia y de la paz si cada uno mira a la cara a cuantos le rodean como si fueran hermanos, y actúa en consecuencia.

La noticia, sin embargo, tiene aún facetas en las que ahondar. En La Moneda y en la cárcel femenina, se centró en el valor y dignidad de cada persona, y como consecuencia, en la labor que estamos llamados a realizar, desde las diversas dimensiones sociales, en la búsqueda del bien común y en el cuidado de la casa común, porque “dignidad genera dignidad”. Noticia que recuerda el valor de cada persona y la obligación de todos y cada uno de actuar en coherencia. En esta ocasión su mensaje estuvo lleno a la vez de exigencia y de esperanza. La posibilidad de la rehabilitación personal y de una vida digna, ¿no es noticia? Yo creo que sí, y de las buenas. Al igual que el espaldarazo que dio al rector Ignacio Sánchez por su valiente defensa de la vida humana desde su concepción y de la identidad católica de la Universidad que dirige, dicho en el contexto de los desafíos de la Universidad de cara al mundo de la cultura y de la alfabetización integral de la sociedad. Y, quizás, la más consoladora fue la noticia de la Madre, de María, Reina de Chile, presente como un hilo de oro en todos sus actos religiosos, y a la que coronó en dos ocasiones: en las veneradas imágenes de la Virgen de La Tirana y del Carmen de Maipú. En efecto: tenemos una Madre que nos trae siempre alegría porque logra evitar que la fiesta se “agüe” y, gracias a su acción, nos invita también a nosotros a acoger y ayudar a los que tienen la vida “aguada” o pasan por dificultades. Invitación a vivir la alegría bajo la maternidad de María, de especial eco en la tierra nortina iquiqueña. 

En conclusión, a un mes y medio de la visita del Papa queda mucho por hacer. Lo más urgente: rescatar la noticia de entre las noticias que tienen el riesgo de velarla u ocultarla. Y luego, a continuación, entrar en el camino al que se nos invitó y no dejar de caminar, con esperanza y confiados en la ayuda y asistencia del que no deja de amarnos, de perdonarnos y de alentarnos porque es Padre y nos ha prometido: “Mi paz les doy”.

 
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