Una de las ideologías más insidiosas en la historia de la humanidad y de la cultura es, sin duda, la llamada  ideología de género , que se encubre en orientaciones y legislaciones, por ejemplo, bajo el título de «reconocimiento del derecho a la identidad y expresión de género».

Para esta ideología no caben diferencias sexuales marcadas por las diferencias corporales ya en la gestación y en el nacimiento, en virtud de las cuales uno es un varón o una mujer, sino que es obra de la decisión o del sentimiento: uno se siente y elige, decide, el género femenino, masculino u otros, hasta cinco, al decir de algunos. Que no se confunda la gente: no es una cuestión de feminismo, un feminismo más: Se trata de algo mucho más hondo. No hay que confundirse: es bien conocida de todos la evolución seguida por los movimientos feministas, las diferencias existentes entre ellos, a veces muy sustanciales. Pero hoy se va extendiendo con una fuerza brutal, de manera más o menos silenciosa, el feminismo radical o feminismo de género. Este feminismo nació al final de los años sesenta del pasado siglo, en plena «revolución sexual», en favor de la igualdad de los sexos.

En la base de este feminismo se esconde una ideología que pretende eliminar la idea de que los seres humanos se dividen en dos sexos, esta ideología quiere afirmar que las obvias diferencias anatómicas no corresponden a una naturaleza fija, sino que son productos de la cultura de un país o de una época determinados, o de prejuicios religiosos o morales.

Según esta ideología, la diferencia entre los sexos se considera como algo convencionalmente atribuido, «asignado» por la sociedad, y cada uno puede «inventarse», «crearse» a sí mismo: a cada uno, al nacer, se le asigna un género en atención a las diferencias biológicas evidentes y así se les inscribe en los registros correspondientes de nacimiento; pero esto no es lo decisivo: lo decisivo es lo que uno decida, el «género» que uno elija o que sienta ser. Esta ideología tiene su origen, en principio, en un feminismo, que inicialmente «se basa en un análisis de la historia como lucha de clases de los opresores contra los oprimidos, siendo el matrimonio monógamo el primer antagonismo entre el hombre y la mujer.

Las «feministas de género» denuncian la urgencia «de construir» los «roles sociales, socialmente construidos» del hombre y de la mujer, porque esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e injustamente. Por eso, «las feministas de género» consideran como parte esencial de su programa la promoción de la «libre elección» en cuestiones relativas a la reproducción y al estilo de vida.

«Libre elección en la reproducción» es, para ellas, la expresión clave para referirse al aborto procurado, mientras «estilo de vida» mira a la promoción de la homosexualidad, al lesbianismo, al transexualismo y todas las demás formas de sexualidad fuera del matrimonio » (O. ALZAMORA, «Ideología de género: sus peligros y alcance», en AA.VV . Lexicon, 2ª ed., Madrid 2006, p 593).

Este feminismo radical se va transformando en una verdadera revolución: de la ideología de género. Se trata de una revolución cultural en toda regla, una de las más insidiosas y de las más destructoras que puedan pensarse. Esta revolución cuenta con muchos medios e instrumentos puestos al servicio de los que la promueven y con alianzas de poderes muy infl uyentes. Algunos «lobbies» muy poderosos e infl uyentes están en ello. La promoción de leyes diversas es otro de esos instrumentos. La sexualidad en esta ideología, como he indicado antes, no es vista propiamente como «constitutiva» del hombre; el ser humano sería el resultado del deseo de la elección. Sea cual sea su sexo físico, el hombre –sea mujer o varón– podría elegir su género, esto es: podría decidirse, en cualquier momento, sin restricción alguna, y consiguientemente cambiar en su decisión cuando quisiera –por la heterosexualidad, por la homosexualidad, el lesbianismo, el transexualismo. A nadie se le puede escapar cuanto en todo ello se implica y las cuestiones de fondo que ahí están encerradas. Más allá de la ideología feminista radical, o de una nueva versión de la «lucha de cla- ses» y del marxismo que en su origen y desarrollo está motivando esta ideología, el cambio social y cultural que conlleva es de un gran alcance. En esta ideología y para esta revolución cultural no existe naturaleza, no existe verdad del hombre, sólo libertad omnímoda. No hay nada constitutivo, nada que nos preceda, que nos sea dado y de lo que no podamos disponer. Todo es libertad. No hay un orden moral válido en sí y por sí; todo depende de lo que se decida. No cabe un único y universal orden moral. El único orden que deberíamos establecer sería el orden que da libertad a todos; sería la libertad la que nos hace verdaderos, no la verdad la que nos hace libres. El nexo individuo-familia- sociedad, en esta revolución, se pierde y la persona se reduce a individuo. No hay verdad, ni naturaleza, ni creación; sólo cultura. En esta disociación entre sexo y género, o entre naturaleza y cultura, no cuenta y, sin embargo, la destruye, la dimensión personal del ser humano y lo reduce a una simple individualidad. La teoría –mejor la ideología por lo que supone de visión global distorsionada de la realidad– de género lleva consigo el cuestionamiento radical de la familia. Y de su verdad –el matrimonio entre un hombre y una mujer abierto a la vida– y, por tanto, el cuestionamiento de toda la sociedad.

Pero también supone esta ideología el cuestionamiento de todo lo que significa y conlleva «tradición» e identidad. Tal revolución, además, excluyendo en su base toda referencia a la dimensión trascendente del hombre y de la sociedad, excluyendo a Dios, comporta una dimensión laicista de la vida en la que no caben ni Dios ni verdad objetiva alguna. El relativismo radical es otro de sus soportes, y el asentamiento en la mentira es un compañero inevitable. Estamos, pues, ante una subversión en toda regla, ante una verdadera revolución cultural de consecuencias destructivas de grandísimo alcance para el futuro del hombre y de la sociedad. Es preciso ofrecer, ante esta situación, la fuerza de la verdad, como hace el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Sí.

Fuente: La Razón

 
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