Tras dos milenios de historia del cristianismo, el mundo entero está poblado de santuarios dedicados a la Virgen María, levantados por la fe y la devoción de los seguidores de su Hijo, Jesucristo. Entre ellos destacan, por su importancia, los vinculados a la vida terrena de la Madre del Señor, situados tradicionalmente en Tierra Santa y Turquía (ya que en Éfeso se conserva la memoria de la posible estancia y muerte –el Tránsito o Dormición– de María), y los que han sido escenario de sus apariciones, en ambos hemisferios.

 

Es habitual que algunas agencias de viajes organicen rutas que permiten visitar varios de estos santuarios en un solo trayecto, sobre todo cuando se trata de desplazarse a otro continente. Por ejemplo, cada año miles de católicos de América (desde el Norte hasta el Sur) viajan a Europa para conocer lugares tan emblemáticos como Lourdes, Fátima, Zaragoza, La Salette y otros enclaves vinculados a la piedad mariana.

 

Un reclamo sorprendente

 

 

Se ha vuelto frecuente el recibir publicidad (no solicitada) en los buzones de correo electrónico cuyo remitente se denomina “Ruta Mariana”. Se trata de un reclamo que puede atraer tanto a creyentes como a los interesados en visitar estos lugares, cuyas puertas están abiertas a todos. Pero lo que causa sorpresa es el asunto del mensaje. En efecto, una de estas misivas propagandísticas –dedicada al santuario de Meritxell, en el pequeño estado de Andorra– decía: “Andorra: ‘Momentos’ para reencontrarse con uno mismo”.

 

Esta omisión de los ingredientes fundamentales de un templo dedicado a la Virgen (la oración, el encuentro con Dios) … ¿se explica porque intenta ser un reclamo de lenguaje amplio para que el mensaje lo abra cualquier persona, con independencia de sus creencias? El contenido del correo electrónico habla de “respirar la paz de Meritxell y dejarse cautivar por la espiritualidad del lugar”, que “invita al descanso y al reposo del cuerpo y el alma” y que destaca “tanto por su originalidad arquitectónica como por su ubicación y significado”. Ni una palabra sobre la fe.

 

Tras esta iniciativa, según se puede rastrear en su página web, está la Asociación para la Promoción de la llamada “Ruta Mariana”, con sede en Zaragoza (España). Define que su objeto de negocio “es un itinerario de fe y cultura que une los santuarios del Pilar, Torreciudad, Montserrat, Lourdes y Meritxell, destacados templos marianos ubicados al uno y otro lado de los Pirineos; que ofrecen al viajero y peregrino una inolvidable experiencia siguiendo la huella de María”. Además, incluyen la visita a la basílica de la Virgen del Pilar en Zaragoza.

 

“Somos bosque”

 

 

Según leemos en la web oficial, se trata de “una asociación sin ánimo de lucro formada por los santuarios del Pilar, Torreciudad, Montserrat, Lourdes y Meritxell cuyo objetivo general es el de la promoción de la propia ruta, de sus templos marianos y de los conjuntos históricos, artísticos y naturales que se encuentran en las regiones donde están ubicados dichos santuarios”. Por lo tanto, se presentan como una entidad católica.

 

Sin embargo, volviendo a la publicidad que reciben los destinatarios de sus mensajes, lo que se ofrece es confuso. O, al menos, no tiene mucho que ver con la fe cristiana… y sí se presta a lecturas que se acercan más a una espiritualidad de tipo New Age. Las fotografías dan esa impresión: en una se ve a un grupo de gente a las puertas del santuario, y las demás son de personas contemplando la naturaleza, meditando entre los árboles o abrazándose. Ninguna de la Virgen María venerada en el lugar, curiosamente.

 

Sorprenden las tres actividades propuestas en el mensaje. Una de ellas, titulada “Somos bosque”, consiste en “un itinerario pensado para trabajar el autoconocimiento”, en el que se ofrece a los participantes “una dinámica individual para disfrutar de momentos de introspección personal rodeado de naturaleza”.

 

¿Una espiritualidad individualista?

 

 

Lo mismo sucede con otra actividad a la que se invita a los clientes, que bajo el nombre de “Moments: caminos de bienestar”, busca “acceder a tu descubrimiento personal”, prometiendo que “entrarás en un estado de relax y paz interior”. El fin último sería “recuperar valores y momentos que a veces dejamos atrás sin darnos cuenta”.

 

La última de las ofertas se llama “Somos tartera” y, junto a la fotografía de un grupo de personas unidas en un abrazo, se explica que es un itinerario durante el cual “se realizarán dinámicas de equipo que aprovecharán diferentes elementos naturales ofrecidos por el mismo camino” con la finalidad de “disfrutar de un momento de reflexión para dar voz a aquello que hace que sea un equipo y, a la vez, trabajar metas comunes”.

 

Bienestar, autoconocimiento, descubrimiento personal, relax y paz interior, valores, reflexión, metas comunes… Un lenguaje muy común en los ámbitos de la autoayuda y el crecimiento personal. Si el encabezado o la entidad organizadora hubieran tenido que ver con el coaching o el mindfulness, no habría extrañado tanto. Porque, ciertamente, suena más a Nueva Era que a cristianismo. A una espiritualidad centrada en el yo, en el propio bienestar y en la autorreferencialidad. Lo más alejado de la fe en un Dios encarnado en el vientre de Santa María para salvar a la humanidad.

 

La trampa del lenguaje

 

 

Alguien pensará que quizás se trate de una simple estrategia publicitaria para atraer hacia los santuarios marianos a personas que estén alejadas de la Iglesia o de la religiosidad institucional pero interesadas en lo espiritual, hablando con su mismo lenguaje, para proponer una experiencia de encuentro con Jesucristo a través de su Madre (lo que se ha expresado tradicionalmente con la locución latina “Ad Iesum per Mariam”). Desde luego que atraer visitantes o turistas sin más, sin un propósito evangelizador, no justificaría una estrategia tan arriesgada.

 

¿Arriesgada? Sí, porque, aunque el fin pueda ser bueno y la estrategia sea lanzada desde instancias eclesiales, siempre queda el riesgo de confundir tanto al público en general al que llega esta publicidad como a las personas concretas que acepten la invitación y participen en los itinerarios de viaje. ¿Confusión? Sí, porque continuamente se está hablando del yo, sin proponer explícitamente un encuentro, una salida de uno mismo, un diálogo… que supone la relación con Dios.

 

Como señala el documento de la Santa Sede sobre la New Age, las prácticas de la Nueva Era “comunican una mentalidad que puede influir en el pensamiento e inspirar una visión particular de la realidad”, lo que supone un peligro espiritual para las personas, al “resultar difícil distinguir entre cosas inocuas y cosas realmente objetables”.

 

El papa Francisco ha afirmado que el valor de un santuario es el de ser “un lugar privilegiado donde expresar la bella tradición de oración, de devoción y de confianza en la misericordia de Dios inculturada en la vida de todos los pueblos”. En estos lugares tan especiales los creyentes -prosigue el Pontífice- “experimentan profundamente la cercanía de Dios, la ternura de la Virgen María y la compañía de los Santos: una experiencia de verdadera espiritualidad que no puede ser devaluada, so pena de mortificar la acción del Espíritu Santo y la vida de la gracia”. Por eso es necesario cuidarlos y cuidar las actividades que se organizan y las convocatorias que se hacen.

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