En muchos lugares hay una realidad que no debe pasar desapercibida: los cultos afroamericanos, que consisten en un sincretismo o mezcla de algunas religiones africanas ancestrales con la fe católica. Así se ha llegado a sistemas de creencias y prácticas tales como el vudú, la santería, el umbanda o el candomblé.

Sincretismo que aparta de la doctrina católica



Un buen conocedor de estos asuntos es el sacerdote cubano Raúl Rodríguez Dago, autor del libro Sincretismo cubano. Santeros, ñáñigos, paleros y espiritistas (agotado en papel, pero disponible en formato digital). En él explica que hay muchas personas en su país –como en tantos otros– que “se consideran católicas, están bautizadas en la Iglesia, asisten a nuestros templos a bautizar a sus hijos, a las fiestas de los santos de su devoción, a celebrar misas por sus difuntos, pero a la vez practican ‘su religión’, donde buscan protección y amparo ante los problemas, las enfermedades y las inseguridades de la vida”.

El padre Raúl (en imagen abajo), nacido en la ciudad de Cienfuegos en 1963, es experto en este fenómeno, del que oyó hablar desde niño y al que ha respondido con un enfoque pastoral. Para ello, explica, se precisa “un diálogo respetuoso, pero a la vez claro y concreto, con estas personas que pertenecen a la Iglesia por estar bautizadas, pero que por sus prácticas religiosas se separan de la doctrina católica”.



Porque, en el fondo, los practicantes de santería y otros cultos afroamericanos “no han descubierto a Jesús como el centro de nuestra fe, en quien creemos y confiamos, y que, al tenerlo presente en la vida y en el corazón, no es necesario buscar otro camino”, señala el sacerdote. Frente a lo que puedan pensar algunos, añade, se trata de “una religiosidad que invade todos los estratos sociales y niveles intelectuales”.

“Hacerse santo” versus bautismo



Entre los distintos tipos de santería, la más popular es la llamada Regla de Ocha (o también Lukumí), que mezcla la religiosidad yoruba, llevada a Cuba por los africanos esclavizados en el siglo XIX, con el catolicismo. De esta forma crean confusión y desvirtúan la verdad, pues identifican a los santos reconocidos por la Iglesia con sus divinidades, llamadas “orishas”. Sus sacerdotes son llamados babalawos, y la iniciación es llamada “hacerse santo”: sucede cuando un orisha concreto se asentaría -según enseñan- sobre la cabeza del neófito, que se convierte así en su protegido.

Frente a esto, el padre Raúl recuerda que la fe cristiana tiene un rito de iniciación querido por Dios, según la verdad revelada en los Evangelios: el sacramento del bautismo. “Mientras que en la santería se hace énfasis en las cosas a preparar, o sea, en lo material, en la actitud exterior, la ropa, los animales, la abstinencia sexual... los cristianos enfatizamos, por el contrario, la actitud interior, que prepara al individuo a acoger a Dios”, explica. Y por eso existe el catecumenado como un período prolongado de preparación tanto intelectual como vivencial.

Los diversos ritos y momentos que integran el proceso de “hacerse santo” en la Regla de Ocha expresan un deseo de contentar a Dios, “pero un contentarlo no como fruto del amor, sino del miedo”, señala el sacerdote cubano. Y añade: “existe una gran diferencia en la relación con el Dios de los cristianos, al que Jesús nos propone llamemos Padre”.

Rodríguez Dago advierte, además, sobre los riesgos de las prácticas adivinatorias que se realizan en el ritual de iniciación y, de forma habitual, en toda la santería, ya que “se cae en una actitud mágica, dando a un rito un poder que no tiene y con la tentación de querer asegurarse de lo sobrenatural, dominándolo, en lugar de recibir una respuesta libre, gratuita a la oración humilde y agradecida”.

Oraciones... que no son tales



Otro elemento que preocupa a este sacerdote es la popularidad y difusión de estampas y oraciones que, a pesar de su apariencia católica, están “permeadas por creencias sincréticas”. Oraciones de sanación y ensalmos que se acompañan con la señal de la cruz y con referencias a Dios, a la Virgen y a los santos. Tras algunas de ellas están la creencia en el mal de ojo y otras supersticiones populares.
Es fácil descubrir el carácter mágico de estas supuestas oraciones, como cuenta el padre Raúl desde su experiencia. Una de ellas, con la que las mujeres buscan “amarrar” a un hombre para que se enamore de ellas o permanezca a su lado, “la he visto colocada en lo alto de un mueble, con el nombre de la persona que se desea ‘atar’ y encima un vaso con agua, miel de abeja, flores de girasol y gajos de vencedor y abre caminos”.

“Detrás de estas oraciones se presenta una psicología de búsqueda de seguridad y protección”, explica Rodríguez Dago. Y las confronta con la verdadera oración cristiana, ya que estos textos sincretistas no buscan la confianza en la generosidad de Dios, sino que acuden a Él “como una compra y venta, ‘yo te doy, si tú me das’, ‘te doy lo prometido, si me concedes lo que te pido’”.

La versión más dura: el Palo Monte



Otra variante de la santería es la Regla de Palo Monte (también llamada Mayombe), de procedencia bantú, y “tiene una acentuación mágica mucho mayor que la Regla de Ocha”. Esto sucede porque sus practicantes “piensan que manipulan las fuerzas naturales, otorgando una atención principal a los muertos, ya que los invoca y los envía para que realicen sus trabajos”.

Cuando parece que hay efectos milagrosos o sobrenaturales de estas prácticas, muchas veces pueden tener un origen natural o psicológico. Sin embargo, “cuando tales cosas extrañas se producen y sus autores hacen también maleficios, se puede pensar en una intervención satánica que quiere seguir sembrando engaño, división y apartar de Dios, pareciendo rivalizar con su poder”.



Además, el padre Raúl reconoce que “es difícil el diálogo con personas arraigadas a estas creencias donde predominan la sugestión, el subjetivismo, el miedo, la inseguridad y la búsqueda de protección”. Y observa un problema moral que subyace: “la visión que se tiene del bien por los creyentes y practicantes de estas Reglas es muy relativa, ya que muchas veces lo que puede considerarse el bien para una persona se convierte en mal para otra, y puede acarrear destrucción y daño lo que, en principio, pretendía encontrar el propio bien”.

Purificar las devociones, centrarnos en Jesús

¿Qué es lo que propone el padre Raúl Rodríguez Dago ante este desafío pastoral? No realiza una condena directa a una praxis en la que están entremezclados tantos elementos positivos como negativos desde el punto de vista cristiano. Entre otras cosas, considera necesaria “la purificación de la devoción a la Virgen María, presentándola como camino seguro de encuentro con su Hijo Jesús”, frente a algunas exageraciones y deformaciones.

Una cosa está clara: “Jesús es el centro de toda nuestra predicación, y María y los santos nos llevan a su encuentro”. Sin embargo, aclara, “no podemos quedarnos en el camino como les sucede a muchos hermanos nuestros que, al visitar el templo, rezan delante de los diferentes altares y pasan frente al Sagrario con gran desconocimiento de que Cristo está ahí, vivo, y espera por todos para darnos Vida”.

Junto a esto, es necesario enseñar lo que la fe cristiana afirma sobre la paternidad y el amor de Dios, “que nos conoce y nos ama, como contraste con su ‘dios’ lejano o con sus orishas tan duros y, con frecuencia, castigadores”. Y, desde aquí, hay que “invitar a superar todo el mundo de miedos y culpabilidades en el que caen a partir de sus creencias y por lo que tanto sufren”.

 
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