Somos de Dios, aunque lo olvidemos con frecuencia
«El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros.» San Agustín (Sermón 90, 10).
La respuesta de Jesús a la trampa de los fariseos y herodianos sobre el impuesto es mucho más que una simple contestación. Tiene una dimensión antropológica y espiritual trascendente. Para San Agustín, la distinción entre las obligaciones hacia el poder terrenal y los deberes para con Dios no se reduce a la mera coexistencia de las esferas política y religiosa, sino que se articula a través del símbolo de la imagen impresa en una moneda.
La moneda imperial lleva grabada la efigie del César; por ello, pertenece al ámbito de lo terrenal y a la economía del mundo. Sin embargo, la moneda de Dios no es de metal ni circula en los mercados: es el propio ser humano, creado desde el principio a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 27). San Agustín advierte contra el riesgo de desacralizar la existencia al entregar al «César» terrenal lo que pertenece exclusivamente a Dios. Pagar el tributo material es una obligación ciudadana legítima, pero entregar la mente, los afectos y la voluntad al dominio del mundo equivale a extraviar la "moneda divina", que somos nosotros.
La paradoja que plantea la cita radica en la responsabilidad del creyente de conservar intacta esa efigie celestial que llevamos con nosotros. El pecado empaña y erosiona la imagen de Dios en la persona, mientras que la Gracia la restaura y le devuelve su brillo original. Así, devolver a Dios lo que es de Dios consiste en ofrecerle nuestro ser completo y purificado, para reconocer su propiedad sobre nuestra existencia. La enseñanza de San Agustín nos invita a una profunda honestidad interior: no perder la moneda del Rey soberano en los afanes pasajeros del mundo, sino entregarnos enteramente a Aquel que nos diseñó a su propia imagen y semejanza.
Hoy en día, vivimos obsesionados con lo material y productivo, en todas las dimensiones de nuestro ser. Cuando Dios nos pide trascendencia, sentimos un profundo temor y preferimos volver a lo tangible y valorado por la sociedad. Pero Dios no quiere que le demos la moneda del César. Quiere que nos entreguemos a Él. Este es el desafío que tenemos delante.