Dios está en ti y llama a la puerta para que abras a Él todo tu ser
Yo anduve errante como oveja perdida, buscándote exteriormente a ti, que moras en lo Interior; y me esforcé Inútilmente buscándote a ti fuera de mí, y Tú moras en mí, si es que yo tengo deseos de ti (San Agustín. Soliloquios 31, 1).
En el contexto de la Espiritualidad Católica/Nueva Evangelización: Esta frase es especialmente bella porque captura la esencia de la conversión de San Agustín y es uno de los pilares fundamentales de la mística cristiana occidental.
La condición humana se refleja claramente en la indicación de la "Oveja Perdida". Así andamos todos mientras que no encontramos Quien es Camino, Verdad y Vida. No se trata solo de estar "perdido" geográficamente, sino espiritualmente. El alma que se aleja de Dios se fragmenta, pierde su centro y su propósito. Cuando vivimos perdidos necesitamos que nos rescaten. Pero para que nos rescaten, lo primero es reconocer humildemente que por nuestras propias fuerzas no podemos encontrar el Camino.
San Agustín también nos habla del error de buscar sentido fuera de nosotros mismos. Podemos encontrar muchos sucedáneos llamativos, pero todos ellos terminarán por disolverse como humo en el aire. Sobre todo, si padecemos tormentas que nos aplasten la soberbia que creemos invencible. "...buscándote exteriormente a ti... y me esforcé Inútilmente buscándote a ti fuera de mí..."
La frase también nos habla de otro peligro: la idolatría de lo creado. Espiritualmente, esto nos señala el error de buscar una satisfacción infinita en cosas finitas (el mundo, los placeres, el prestigio). San Agustín lamenta haber amado las cosas bellas creadas por Dios, olvidando al Artista que las creó. En la espiritualidad católica, las criaturas son "huellas" de Dios, pero no son Dios. Quedarse en lo exterior es condenarse a la insatisfacción permanente.
¿Dónde encontrar esta guía para el camino? Dentro de nosotros, que somos Templos del Espíritu Santo, como nos dice San Pablo. San Agustín señala que Dios es "más íntimo a mí que yo mismo". Dios no es solo un ser lejano en el cielo (trascendencia), sino que sostiene nuestra existencia desde dentro (inmanencia). El camino a la santidad no requiere necesariamente peregrinaciones físicas lejanas, actos llenos a apariencias emotivistas, sesiones de socialización que sólo nos distraen. Lo que necesitamos es un viaje hacia adentro, hacia el propio ser que nos muestra que poseemos la imagen y semejanza con Dios.
La presencia de Dios es un regalo, pero la percepción de esa presencia requiere una disposición. Dios está ontológicamente en todos, pero está espiritualmente presente de manera viva en aquellos que abren la puerta a su llamada. Quienes no temen encontrarse con el Señor. Este encuentro se hace evidente en la necesidad profunda de oración continua. Si el deseo se apaga, el alma se vuelve ciega a la presencia divina que ya habita en ella.
San Agustín nos enseña que el gran error del ser humano moderno es la "exteriorización": vivir volcados hacia afuera, distraídos por el ruido y las imágenes que nos atontan. Como dice el mismo San Agustín: "No vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la Verdad".