La llamada a la conversión es el mensaje básico que Jesús proclama desde el principio de su ministerio público, hablando de la cercanía del reino de Dios y confirmando su enseñanza con poderosos signos.

 

Las palabras μετανοεῖτε (metanoeite) - "convertíos" (Mc 1,15)- significan, en primer lugar, una invitación a un cambio de mentalidad y a pasar de una religiosidad consistente en el cumplimiento ritual de la ley a una fe basada en una relación personal con Dios que ofrece la salvación al hombre en Cristo.

 

Evidentemente, el cambio de mentalidad, aunque es una condición esencial y necesaria para la conversión, no basta por sí solo. En efecto, si es auténtica, debe tener necesariamente ciertas consecuencias, y sólo cuando éstas se producen se puede hablar de una verdadera conversión.

 

La parábola de los dos hijos

 

Jesús acerca estas consecuencias a sus discípulos en la parábola de los dos hijos cuyo padre les pidió que fueran a trabajar a la viña. El primer hijo aceptó, pero al final no fue, incumpliendo la petición de su padre. El segundo hijo se negó al principio, pero al final entró en razón y cumplió su voluntad (Mt 21, 28-32). La actitud del segundo hijo es especialmente importante para comprender la naturaleza plena de la conversión.

 

En el texto del Evangelio según san Marcos, aparece la palabra griega μεταμέλοπαι (metamelomai) para describir la actitud del segundo hijo. A menudo se traduce como " acordarse ", aunque literalmente también significa: "arrepentirse", "cambiar de opinión".

 

Sin embargo, no se trata de un simple cambio de opinión sobre un asunto, sino de un cambio que compromete a la persona a un nivel más profundo, incluso emocionalmente. El arrepentimiento en el mundo de los sentimientos humanos es, en el proceso de conversión, una señal de que se produce un cambio de pensamiento en una persona y de que empieza a percibir la realidad de otra manera; de que cambia su perspectiva sobre sí misma, sobre el mundo y sobre Dios.

 

A menudo empieza a ver sus errores o se da cuenta de que el camino que había elegido antes le lleva por mal camino. Este es el impulso para dar el siguiente paso, sin el cual la conversión será efímera, fugaz o aparente.

 

El segundo hijo, que al principio se negó a acceder a la petición de su padre, "recapacitó" y cumplió la voluntad de su padre. Así pues, no sólo cambió de pensamiento, sino que también se arrepintió y cambió de opinión o, en pocas palabras, adoptó una actitud diferente.

 

Si nuestra conversión es auténtica y duradera, producirá esos frutos. Podemos reconocerlos con el tiempo, porque se revelan por cambios concretos en nuestra vida. Por eso, los frutos que producimos son un criterio fundamental para discernir si estamos en el buen camino.

 

También nos enseña humildad y paciencia, también hacia nosotros mismos y nuestras debilidades. Porque a veces hay mucho trecho entre los buenos pensamientos y las acciones concretas.

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