La palabra bienquerencia es poco usada, pero existe. Indica cariño, afecto, buena voluntad que dirigimos hacia otros.

El mundo nos ha acostumbrado a escuchar y ver numerosas señales de malquerencia, de odio, de insultos, de críticas, de murmuraciones, de ataques de unos contra otros.

La malquerencia no solo ocurre en medios de comunicación, sino que invade las redes sociales, los diálogos entre familiares, amigos y compañeros de trabajo. Incluso entra, como un mal terrible, en las parroquias y entre los religiosos.

Frente a tanta malquerencia, que hiere no solo a los criticados, sino que desvela actitudes negativas de odio, envidia, rencor, en quienes la promueven, hace falta una profunda purificación de los corazones, para pasar a otro modo de pensar.

Ello implica, por un lado, no dejarnos arrastrar por los miles de mensajes de críticas que giran de boca en boca o por el inmenso mundo de Internet.

Por otro lado, lleva a promover una mirada distinta, llena de respeto, incluso de caridad, hacia todos, los cercanos y los lejanos, los que vemos como ejemplares y los que tienen defectos y caídas.

Promover esa mirada no significa cerrar los ojos ante males objetivos, ante acciones deshonestas, ante actitudes claramente dañinas.

De lo que se trata es de reconocer que errores y pecados no son lo único que hay en los demás, sino que en cada uno existe un germen de bien, porque ha sido creado por Dios, y porque ese Dios lo ama a él tanto como a mí.

Entonces cambia nuestra actitud interior, hasta llegar a ese paso tan difícil, pero no imposible, que nos enseña el Evangelio.

El texto es largo, pero vale la pena tenerlo presente en su riqueza, porque recoge las palabras del Maestro.

“Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis el bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,27 38).

El mundo necesita descubrir que la bienquerencia es posible, que el mal se vence con el bien (nos lo enseñó san Pablo), que el odio no beneficia, y que solo el amor reconstruye familias y sociedades desde la justicia.

Se lo pedimos a Dios, que transformará nuestros corazones si nos abrimos a su mensaje. Entonces llegaremos a ser, en medio del mundo, testimonios vivos de una manera de pensar y de vivir que surge desde el amor y lleva a amar sin medida.

 

 

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