Moverse ayuda al cuerpo, permite mejorar la circulación de la sangre, activa la respiración.
 
Dar una mano en la preparación de la comida, o en la limpieza de la casa, o en trabajo, fomenta en el alma esa alegría que surge del servicio.
 
Muchos gestos sencillos, asequibles, cambian nuestro modo de pensar, de sentir, de ver el mundo. Incluso mejoran nuestra salud y nos orientan a vivir plenamente.
 
Hay ocasiones en las que cansancios, enfermedades, fracasos, desencuentros, nos empujan a cerrarnos, nos paralizan con apatías y tristezas dañinas.
 
En esas ocasiones, necesitamos un esfuerzo de voluntad, a veces pequeño, otras veces casi heroico, para romper el cerco de la tristeza y para abrirnos a los demás.
 
Sorprendentemente, ese pequeño gesto de llamar a un familiar por teléfono para interesarnos por su salud, o de poner orden en la mesa de trabajo, vence nuestra inercia y nos anima para emprender nuevas metas.
 
Desde luego, no basta un gesto asequible para desentumecer el cuerpo o el alma. Muchas veces tendremos necesidad de apoyo por parte de personas buenas que nos sostengan en el camino hacia la libertad del corazón.
 
Sobre todo, necesitamos recurrir a Dios, que es Padre, que nos conoce íntimamente, que susurra en nuestros corazones las palabras más oportunas en cada momento de nuestra vida.
 
Con la ayuda de Dios y de quienes me acompañan en este día, será posible emprender gestos asequibles de servicio, de entrega, que me saquen de mí mismo y me lancen a horizontes maravillosos de amor, de bien y de belleza.
 
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