El amor puede ser entendido como poseer, dominar. Entonces se convierte en un esfuerzo por atraer y controlar a alguien o a algo que consideramos bueno, que deseamos tener casi como una posesión personal.


Pero existe otro modo más completo y bello de entender el amor: experimentarlo y vivirlo como entrega, como renuncia de uno mismo, para ayudar, para servir, para que el otro crezca.

Ese es el modo cristiano, el que nos enseña el mismo Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28); que se hizo pobre, cuando era rico, porque quería enriquecernos (cf. 2Co 8,9).

Cristo es, de una manera sorprendente, la plenitud del amor, precisamente porque dio su vida por nosotros, porque hizo suyo lo propio del grano de trigo, que cae y muere para dar mucho fruto (cf. Jn 15,13; Jn 12,24).

Cada vez que dejamos nuestros planes, que renunciamos a los apegos materiales para servir a los otros, permitimos que el amor se convierta en el centro de nuestras vidas, y logramos una plenitud inimaginable.

Nos hacemos auténticos discípulos de Jesús cuando nos amamos los unos a los otros, cuando buscamos el bien de los hermanos, cuando dejamos lo nuestro para darnos a los demás (cf. Jn 13,34-35).

El camino del amor tiene dificultades, no podemos negarlo. El egoísmo nos lleva muchas veces a ponernos en el centro y a juzgarlo todo según un criterio equivocado: ver si esto me enriquece o me empobrece.

El criterio cristiano es completamente distinto: me lleva a evaluar cada acto, cada situación, cada objeto, solo a la luz del deseo de buscar el bien de aquellos a los que amo, de quienes son mis hermanos en Cristo.

Este día me presentará diversas opciones. Si de verdad he acogido el Evangelio, si me he dejado atrapar por Cristo (cf. Flp 3,12), mi mente y mi corazón estarán orientados plenamente a lo únicamente importante: amar hasta dar la vida.

 
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