Buscar el origen del mal no es simplemente curiosidad. La búsqueda se orienta a comprenderlo un poco mejor, a prevenirnos ante males futuros, a separar nuestro corazón del riesgo de caer en el mismo.

Así, cuando unas inundaciones destrozan casas, arruinan cosechas, provocan víctimas, buscar el origen de las mismas ayuda a tomar medidas para evitarlas en el futuro, y, en ocasiones, a castigar a quienes tengan responsabilidades en lo ocurrido.

Cuando el odio de otros nos ha herido, queremos saber por qué se ha producido, si exista algún tipo de culpa por nuestra parte, cómo pueda ser superado y prevenido.

En muchas ocasiones, buscar el origen del mal no alcanza respuestas satisfactorias. Son tantos los aspectos que entran en juego en delitos, enfermedades, crisis económicas, que resulta difícil individuar las causas más relevantes.

Existen respuestas que intentan alcanzar explicaciones más o menos completas a cierto tipo de males. Por ejemplo, hay teorías que señalan a la sociedad como causante de muchos vicios y perversiones en los seres humanos.

Otras teorías creen que el mal de las personas tiene su origen en un uso desviado de la libertad; es decir, en la responsabilidad de cada uno. La sociedad, ciertamente, interviene, pero nunca consigue un control suficiente a esa indeterminación humana tan abierta a todo tipo de opciones.

Las diferentes respuestas a la pregunta por el mal serán más o menos convincentes, usarán mejores o peores argumentos. Lo importante es que nos ayuden a afrontar ese gran misterio que rodea la experiencia humana y que nos provoca tanto dolor.

En esa búsqueda, el tema sobre Dios y su intervención en la historia ocupa un papel especial, si bien a muchos les resulta difícil conciliar la idea de un Dios bueno y providente con el sufrimiento de millones de personas, especialmente de los niños.

Acercarnos al misterio de Cristo, que también sufrió bajo el peso del mal, del pecado, de la injusticia, permite abrir un nuevo horizonte en la búsqueda. Porque, según la fe cristiana, Jesús, Hijo del Padre, aceptó voluntariamente la Pasión, y venció al mal en el día de la Pascua.

Esa Pascua puede convertirse en una luz única para encontrar una mejor comprensión ante el problema del mal. Porque si Cristo verdaderamente ha resucitado, existe un remedio a los males más radicales del mundo, y una esperanza de un final feliz, en el que la muerte y el pecado sean vencidos definitivamente gracias al amor humilde y sacrificado del Hijo de María.

 
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