Todos tenemos defectos. Algunos más, otros menos. De esos defectos, unos son nuestros y resultan molestos a los demás, mientras que otros son de los demás y nos hacen sufrir a nosotros.
 
No es fácil convivir con los defectos. Ni con los propios, porque provocan nuestro descontento, o complejos, o pena al constatar los propios límites. Ni con los ajenos, porque pueden llevarnos a la impaciencia o, por desgracia, tarde o temprano provocan heridas en nosotros mismos o en otros.
 
Por desgracia, hay defectos que son difíciles de corregir. Quisiéramos que tal persona controlase mejor su lengua, pero le resulta algo casi sobrehumano. Quisiéramos que el otro fuese más constante en su trabajo, pero se cansa en seguida. Quisiéramos nosotros mismos ser más prudentes, pero nos vencen las prisas.
 
Frente a tantos defectos, sobre todo los que parecen incorregibles, no podemos simplemente incurrir en una resignación fatalista: hay males que conviene evitar, para nuestro bien y para el bien de otros.
 
Pero no tiene sentido una rebelión continua, una rabia que desgasta, ante esos defectos que aparecen una y otra vez, que molestan, que hacen más difícil una vida ya de por sí llena de problemas.
 
Convivir con los defectos nunca ha sido fácil, pero hace falta para no agravar las cosas. Hay reproches que empeoran la situación. Hay quejas que no solucionan nada. Hay reacciones de abatimiento ante ciertos defectos que los empeoran.
 
Ante aquellos defectos corregibles, un sano esfuerzo y una estrategia bien orientada hará posible mejorar el ambiente, limar asperezas, construir colaboraciones en familia o en el trabajo.
 
Ante los defectos casi incorregibles, en algunas ocasiones habrá que defenderse para evitar daños. En otros casos, podremos aplicar el consejo de San Pablo que exhorta a soportarnos mutuamente y a ofrecer el bálsamo del perdón:
 
“Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3,12‑13).
 
 
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