La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado un documento sobre la relación que debe existir entre los nuevos movimientos eclesiales de espiritualidad y la jerarquía católica. Iuvenescit Ecclesia, que así es como se llama, es un mensaje dirigido a ambas partes, pidiendo a unos y a otros un esfuerzo para que colaboren en la evangelización. Esta colaboración exigirá apertura a los obispos y docilidad a los movimientos. No es fácil, evidentemente, pues de lo contrario no habría hecho falta nada menos que un documento de Doctrina de la Fe. El que esto se haya producido significa que, al menos en algunos sitios, hay problemas. Pero los problemas están para solucionarse y pueden convertirse en oportunidades para abrir nuevos caminos. Eso es justamente lo que quiere el cardenal Müller, que es el padre oficial del documento.

La nueva disposición de la Santa Sede retirando totalmente a los obispos la posibilidad de aprobar congregaciones religiosas sin su visto bueno explícito, deja a los nuevos carismas en una difícil situación para poder salir adelante. El motivo no es la posible catolicidad o herejía del fundador o de sus discípulos, ni tampoco su buena o mala vida, o si es de verdad un carisma necesario o uno más que no aporta nada nuevo. Todo eso es normal que se discierna. El motivo por el que la nueva normativa vaticana se puede convertir de hecho en una asfixia a las nuevas fundaciones es la exigencia de que para ser aprobadas en las diócesis cuenten con 40 miembros de votos perpetuos. ¿Cómo se llega de uno a cuarenta? Salvo algo absolutamente milagroso, eso sólo se consigue poco a poco. ¿Y, mientras tanto, qué tipo de respaldo jurídico tendría esa nueva institución? Simplemente, ninguno. Con esa ley, ni los franciscanos, con San Francisco y sus doce primeros compañeros, habrían sido aprobados por el Papa como lo fueron, ni tampoco habrían recibido la aprobación los jesuitas y prácticamente todas las congregaciones religiosas existentes. Es como si a un joven que busca su primer empleo le pidieran cuarenta años de experiencia laboral para dárselo; si está empezando, cómo va a tener experiencia; alguna vez tendrá que tener el primer trabajo para luego poder buscar uno mejor.

Esta asfixia a los nuevos carismas puede tener una vía de salida gracias a los nuevos movimientos. Si la nueva fundación es reconocida primero como asociación de fieles (privada o pública) por el obispo diocesano -ya que no puede aprobarla como congregación religiosa-, ésta podría echar a andar legalmente e ir reuniendo personas que deseen ser consagradas e incluso que sean ordenadas bajo la protección de lo que se conoce como un “obispo benévolo” (alguien que simpatiza con la fundación e incardina a sus sacerdotes en su diócesis permitiendo que después, de una u otra manera, estén al servicio de la asociación). Esta es la única vía que queda para que los nuevos carismas no sean asfixiados.

A alguno le parecerá que mejor si no hay ninguno nuevo, pues ya hay muchos. Si se tiene en cuenta que, sólo en España, se cierran dos conventos cada tres días, es fácil imaginar lo que pasará si ante la decadencia de las viejas congregaciones no surgen con fuerza las nuevas. También habrá quien opine que se han aprobado cosas que no han dado buen resultado; es cierto, pero también lo es que se han aprobado muchas otras que están siendo auténticos salvavidas en el campo de la evangelización. Y si se quiere poner el punto de mira en la falta de honestidad de algunos fundadores para desprestigiar al conjunto de las fundaciones, se cometería el mismo error que si nos fijáramos en la corrupción de algunos obispos (han sido muchos más los destituidos por ser pederastas que los fundadores que han sufrido esa pena) para descalificar al conjunto del Episcopado.

El cardenal Müller lo dice claramente en el documento publicado bajo su auspicio. Los nuevos movimientos, donde el Espíritu Santo vierte los nuevos carismas, semillero en muchos casos de nuevas congregaciones, son imprescindibles para la Iglesia. Hay que ayudarles a crecer, hay que purificar sus errores y excesos si existen, pero no hay que apagar el Espíritu -como pide San Pablo en su carta más antigua: 1 Tes 5, 19-, porque en ese caso todos pagaremos las consecuencias. El Espíritu Santo no es un pájaro domesticado al que le guste estar metido en una jaula esperando a que alguien le diga cuándo y cómo tiene que cantar o estar callado. Quizá esto algunos aún no lo han entendido. Afortunadamente el cardenal Müller sí.

 
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