La mayoría de los jóvenes de Europa y tantos otros lugares no tienen ninguna conciencia de estar haciendo nada malo por practicar el sexo con toda libertad en todas sus variantes. Se les ha inculcado, desde pequeños, que eso es natural. Por eso estoy seguro de que no tienen ninguna conciencia de hacer algo ilícito. Pero tal ignorancia inculpable no les libra de las consecuencias de sus actos: destrucción de su futura familia, incapacidad para percibir las cosas de mundo espiritual, una psicología más egoísta, etc.

Estoy convencido de que los jóvenes, hoy día, no pecan al usar del sexo promiscuamente, pero resulta inevitable que sobre ellos recaigan las inevitables repercusiones de sus actos. Ellos no pecan, pero eso es pecado. Yo diría que los frutos del pecado bien a las claras están. Ellos no pecan en esa materia, pero entre ellos cada vez es más frecuente el recurso a antidepresivos, a la consulta regular del psicólogo, cada vez es más frecuente que acaben sin familia, viviendo y muriendo solos en un piso.
También en el siglo XIX había millones de personas que fumaban muchísimo convencidos de que aquello no era muy malo para la salud, de que era casi inocuo. Pero su ignorancia no les libraba de las consecuencias. Una cosa es que uno no peque por estar inculpablemente ignorante de algo, y otra cosa distinta es que algo sea o no pecado en sí.

La palabra pecado suena muy mal para una acción en la que, de ningún modo, ellos perciben que estén haciendo daño a alguien y mucho menos ofendiendo a Dios. Por eso resulta más adecuado, en mi opinión, hablar de transgresión del orden divino. No es que no sea pecado transgredir los mandatos de Dios, pero ese concepto de transgresión resulta más comprensible para ellos e, incluso para mí, resulta más adecuado a la hora de expresar la naturaleza moral de esos actos. Cuando busco el placer a través de algo natural como es el sexo, no busco ofender a Dios ni hacer daño a nadie. En ese sentido resulta difícil comprender que tal acción sea un pecado: una palabra desagradable que tiene la connotación de ofensa a la Divinidad o de daño a otros. Jamás convenceremos a un joven europeo de que ver una escena de sexo en una película comercial normal es pecado, pero sí que le resultará más fácil de entender que eso resulta una transgresión del orden divino.

No es lo mismo la transgresión de esas leyes divinas respecto al sexo en una sociedad enteramente cristiana, como lo fue Europa durante siglos, que ahora. Durante generaciones, la conciencia acerca de lo que estaba bien y mal resplandecía con claridad en las conciencias. Hasta las personas pecadoras y poco religiosas solían tener una visión muy clara de la Ley Natural.

Ahora es justo lo contrario, hasta muchas personas religiosas tienen una conciencia deformada de la Ley Natural. Lo que en una época claramente había que llamarlo pecado, ahora hay luchar para que se entienda, al menos, como una transgresión. Cierto que el uso del sexo fuera del orden divino es un pecado porque es una transgresión. Pero hay actos que tienen más de pecado (vg. adulterio, sadomasoquismo) y otros que tienen más de transgresión (vg. la masturbación, un pensamiento impuro al ver una bella mujer en la calle).

No estoy defendiendo ni el relativismo ni la afirmación de que estos actos apenas son pecado. Pero qué duda cabe que hay actos impuros que tienen más de ofensa y otros que tienen más de debilidad. Bajo esta perspectiva hay que entender la cuestión de la culpabilidad y, por tanto, de un posible futuro castigo divino. ¿Pienso que alguien se condenará sólo por mirar un poco de pornografía? No. ¿Pienso que entrará algo impuro en el Reino de los Cielos? Tampoco. Ni lo uno ni lo otro. Toda alma tendrá que arrepentirse de sus pecados para entrar ante la presencia del Espíritu tres veces santo. Pero si la persona comparece ante Dios únicamente manchada con pecados de debilidad del tipo que sean, fácilmente el alma se arrepentirá en el último momento al salir de este mundo.
Eso sí, la lujuria es la antesala de muchos otros pecados. La impureza debilita la visión espiritual del ser humano. Pero, en mi opinión, no creo que haya habido el caso de un solo ser humano en la Historia que se haya condenado únicamente por su debilidad en esta materia. Quien sólo tenga estas manchas carnales, fácilmente acogerá la gracia para arrepentirse. Pero, insisto, nada manchado entra en el Cielo. Es imposible entrar a ver el Rostro de Dios y negarse a someterse a su divina voluntad.

¿Un pequeño pecado de sexo, como un pensamiento impuro, es pecado venial? La pasión sexual desordenada, a diferencia de otros pecados, es como un fuego. ¿Quién puede voluntariamente dar cabida a un poco de fuego en su seno sin arriesgarse a que todo él no quede inflamado? Es como el soborno. ¿Quién puede aceptar un soborno, sin querer aceptar más? ¿Quién puede tomar una droga sin arriesgarse a decir: sólo una vez más, la última?

Hay pecados que acaban en sí mismos: haber criticado a un vecino, me he excedido al comer el último bollo con crema, me enfadé y le contesté mal a un familiar. Pero hay otros pecados que son como fuego. El sentido común nos hace distinguir entre esos pecados que acaban en sí mismos y los que son como fuego.

Desde luego, nadie debe comulgar el Santísimo Cuerpo de Cristo si está manchado con el pecado de impureza. La lujuria consentida, del tipo que sea, por pequeña que sea, hace que primero debamos purificarnos con el sacramento de la confesión. Aquello que es lo más puro del mundo hay que recibirlo con un alma limpia.
 

Fuente: Manzanas de Gomorra. Reflexiones teológicas acerca de la homosexualidad y el cristianismo, J.A. Fortea, 2015, Editorial Dos Latidos, páginas 15 a 17.

 
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