“El alcohólico o el drogadicto es el Cristo que está caído, y que se debe restaurar, se debe levantar. Si Él no se manifestara a través de las personas, ¿dónde lo iba a ver? ¿Dónde lo iba a buscar?”

Con esta convicción que la define, Nancy Orellana Salazar inicia su diálogo con Portaluz. Cada día se esmera en entregar misericordia y dignidad a los adictos en recuperación de la casa de acogida Jesús de Nazareth en Santiago de Chile. A ellos regala sus energías de madre.
 
Primera Comunión con San Alberto Hurtado
 
Pero su amor a los más vulnerables es parte de su historia. La infancia de Nancy estuvo colmada –según nos testimonia- de signos de Dios, que determinaron su vocación de servicio. “El padre Alberto Hurtado casó a mis padres, nos bautizó y me dió la primera comunión cuando era niña… Yo andaba con los mocos colgando detrás de él para que me diera santitos”, recuerda.
 
Nancy arribó muy joven a la población Las Turbinas, ubicada en uno de los barrios más peligrosos de la capital chilena, con el deseo de liberar a los esclavos de las drogas. Ella conocía muy bien el dolor que causan los adictos en quienes les aman.  “Yo era hija de un alcohólico también. Pero siendo muy joven logré, eso sí, que mi padre dejara el trago y las drogas. En ese tiempo era monitora juvenil y gracias a quienes me ayudaron lo llevé a un psiquiátrico, donde se rehabilitó. Mi madre tomaba muchas pastillas y no estaba de acuerdo… me gritaba no eres mi hija. Pero después ambos estaban agradecidos”.
 
Dar sentido a la muerte de su hijo
 
Nancy creció, se casó, fue madre y su amor a Dios continuaba orientando la vida en familia. Pronto vendría una nueva y traumática prueba. Su madre, el pilar al que se aferraba en momentos difíciles falleció de improviso. Pero el dolor sería mayor cuando diecisiete días después, asesinaron a uno de sus hijos. El derrumbe espiritual y psicológico estaban a pocos pasos... “Era 1991 y unos chicos que se habían drogado mezclando alcohol y pastillas se acercaron a pedirle dinero, y él se negó. Lo golpearon hasta aturdirlo. Luego, indolentes lo pusieron debajo de un bus y... bueno, falleció”, dice, quebrándosele la voz; pero continúa… “Llegaron a buscarme a mi casa y cuando vi el cuerpo de mi hijo, lo abracé, lo tomé y grité fuerte «¡por más que el demonio meta su cola, jamás logrará que reniegue del Señor!»”.
 
Con la herida abierta, esta mujer lejos de encerrarse en el dolor y aunque algunos cercanos –recuerda- no entendían sus razones, se fortaleció ¡ayudando a liberar a los adictos! “Seguí haciendo mi labor, justamente, para que otra familia no viviera lo que viví yo. Preferí no saber nada de quienes estaban detrás de esto, aunque me dijeron que estaba loca, porque dejé todo en las manos de Dios”.
 
La misión con Jesús de Nazareth
 
Con la fe de los grandes y “confiando en oración a la misericordia de Dios”, Nancy continuó adelante recibiendo a un adicto tras otro en una precaria construcción aledaña a la capilla Jesús Nazareno en el sector de Lo Espejo, en la capital chilena. “Ahí yo tenía una pieza que habíamos hecho nosotros mismos con los materiales que eran de la pieza de mi hijo y que estaban en el patio; los trasladé a la capilla para instalar mi sala, mi espacio”.
 
Luego, su encuentro con el padre Sergio Naser, encargado de la Pastoral Nacional de Alcohol y Drogas del episcopado chileno, fue el aliento que necesitaba para continuar hasta hoy en su apostolado… “El padre trae a personas de la calle y yo los atiendo durante unos quince días. Los voy desintoxicando y de ahí se van a un tratamiento. Comparto con ellos y leemos juntos el evangelio. Van a misa todos los domingos y asisten a retiros de conversión. Es parte de la regla y norma de la casa. Busco los medios para hacer retiros durante 1 o 2 veces al año. Llamo a mi familia o a mis conocidos para que me ayuden a llevar a mi gente. Nunca falta nada, Dios siempre está ahí”, explica con su dulce y maternal rostro iluminado por una sonrisa.
 
Madre que acoge y libera
 
Las actividades más simples, dice, tienen un sentido en quienes acuden a rehabilitarse. Hoy acompaña a casi 30 personas y reconoce que se siente “la mamá de todos los chiquillos. Algunos me dicen mamita o tía. A veces me vienen a ver en sus autos y me cuentan sus logros. Llegan con bebida y panes, y toman el té con nosotros”.
 
“La gente -dice, al finalizar su diálogo- me pregunta qué pasará cuando yo me muera; les respondo que esta casa no es mía. Teresa de Calcuta se murió, pero sigue su misión. El padre Hurtado se murió y sigue su obra. Entonces, ¿por qué tendría que morirse esto? Él (Dios) pondrá aquí a otra persona, verá quién vendrá. Por algo la casa se llama Casa de acogida Jesús de Nazareth, porque es de Jesús”.
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