“Desde pequeña fui chora” (audaz, agresiva) reconoce Francisca Martínez, la mayor de tres hermanas, predilecta de su abuela, criada en la fe católica por sus padres, quien a los 13 años decidió rapar su largo cabello, dejando sólo una cresta colorinche en la nuca como bandera de esa nueva identidad. Vistiendo pantalones ajustados, chaqueta con tachas metálicas, bototos y medias rotas se sumergió –recuerda- en el mundo punky, con gente mayor que ella, que le mostraban un atractivo credo de ruptura con todo orden social. Pero también donde lo normal era drogarse y beber hasta quedar borrado.
 
Punk, Mao, drogas y anarquía

“Los líderes buscaban re-orientar la mente de los miembros… y así me formé en el lado discursivo del anarquismo. Leíamos textos que cuestionaban el rol del Estado, la crítica hacia el marxismo y escuchábamos grupos Punk. En lo íntimo yo me preguntaba por qué tenían tanta rabia, pero de a poco fui asumiendo que la realidad era así, que predominaba el egoísmo, que te criaban en una burbuja”.
 
El romance con este nuevo mundo terminó abruptamente. Para Francisca era necesaria cierta coherencia. “Me pregunté: si estamos criticando todo el sistema, ¡entonces para qué se drogan! Y los enfrenté diciéndoles que el drogarse es lo mismo que hacen las personas cuando ven teleseries en frente de un televisor, ya que se desconectan de la realidad.”
 
Continuó su búsqueda soñando con cambiar el mundo, “y leyendo escritos de Mao Tse Tung, terminé por declararme anarquista”.  Esta definición radical trajo consecuencias. Hoy, aún recuerda aquél día cuando le enrostró a su madre un agresivo discurso… “Le pregunté dónde estaba su Dios, si acaso no se daba cuenta que no habían soluciones inmediatas y quienes creían en él, eran puros cínicos que no ayudaban en nada”.
 
Sirviendo a dos señores

Al poco tiempo de esa agresión a su madre, el 19 de abril de 2008, dice, la invitación de una amiga la dejaría en jaque. “¡Me invitó a ir a los encuentros donde te preparan para el sacramento de la confirmación! Para mí, la Iglesia era algo súper nulo en mi vida. Yo estaba convencida de que, para cambiar el mundo, a veces sí era necesaria la violencia. Creía que a los jóvenes de la parroquia les habían lavado el cerebro y fui con hartas dudas. No me gustaba hablar mucho, pero discutí con todos. Tanto que pensé iban a decirme que no fuera más. ¡Pero al finalizar una de las chicas me dijo que me esperaban el sábado siguiente!.”
 
Continuó y finalizó su proceso de confirmación, pero en paralelo estaba presente otra dimensión de su ser. Sin conciencia de ello, comenzó a servir a dos señores…
 
“Cuando entré a la Universidad, asumí un liderazgo y una actitud política. Mis compañeros nunca sospecharon que la misma persona que lideraba los paros, dirigía las asambleas, participaba en las ocupaciones de recintos y marchas, que levantaba y encendía barricadas, donde volaban las molotov, que se enfrentaba a la policía tirando piedras, usando capucha para cubrir el rostro cuando era necesario, que se quedaba pernoctando en la universidad… participaba en la Iglesia”.
 
En una de las marchas, unos amigos de la universidad vieron la cruz que llevaba en el pecho y recuerda que le preguntaron por qué tenía ‘eso’. “No podían creer que fuera líder de mi carrera y participara en la Iglesia”.
 
La crisis, la paciencia amorosa de la madre y el renacer

El desencanto con las expresiones violentas llegó y en este paso su reencuentro con el sentido trascendente de la vida. “Conocí a gente que era muy defensora de la libertad… ¡y mis compañeras abortaban! Para mí, una guagua es un ser vivo que tiene el derecho a vivir igual que yo y no puedo matarla. Era súper bonito hablar de un mundo nuevo e igualitario. Pero, ¿a qué llamábamos justicia? Poco a poco, las acciones de mis amigos me desencajaban”.
 
Así, sin estridencias, y en buena medida dice, gracias al testimonio de fe de su madre, silenciosa y respetuosa con sus procesos, alguien conocido, pero nuevo de alguna forma, se fijó en su horizonte inmediato. “Pude verlo a él, a Cristo, siempre presente en las contradicciones, en lo feo de la vida y en las situaciones más adversas. Y cuando asocias tu felicidad a Cristo, se despejan las dudas. Si bien, en el anarquismo hay una solidaridad, siempre primará la individualidad. En el cristianismo no es así, porque no estás solo. Antes odiaba a los carabineros y a los políticos, pero después no podía hacerlo porque son tu prójimo, al igual que las personas que están botadas en la calle. Es mucho más complejo declararse cristiano que anarquista. Ya que cualquiera puede decir que es anarquista, pero no cualquiera se asume cristiano. A mí me costó mucho decir sí a Cristo. “
 
Hoy Francisca escribe su tesis que liga la fonoaudiología con el servicio social. Paralelamente trabaja en un nuevo proyecto de catequesis para personas discapacitadas de la Arquidiócesis de Santiago, en Puente Alto. Su vida, dice sonriendo “se nutre gracias a la Eucaristía”.
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