Cuando pequeño nunca entendí por qué mis abuelas, al llegar Navidad, nos felicitaban diciendo: “¡Feliz Pascua!" Yo me preguntaba: “¿Será que como ya son ancianas, no se enteran que estamos en tiempo de Navidad y no en Semana Santa?”. Con el pasar del tiempo pude observar que en Pascua el saludo común es: “¡Feliz Pascua de Resurrección!” Pero aunque entendí la diferencia entre ambas fiestas, aún no comprendía por qué se decía “¡Feliz Pascua!” en Navidad.
 
Transcurrió el tiempo y olvidé ese modo de saludar propio de mis abuelas; solo después de algunos años, ya en el seminario, me llamó mucho la atención  cuando un profesor de Arte explicaba un icono –obra de arte religioso del cristianismo oriental– de la Natividad de Jesús. En esa pintura, decía el experto, los pañales que envuelven al niño Jesús hacen recordar las vendas y el sudario de la sepultura: el niño está descansando dentro de un pesebre con forma de tumba. El profesor decía que esto se debía a que el mismo nacimiento de Jesucristo contiene todo el misterio de su Pascua: muerte y resurrección.
 
En ese mismo instante recordé a mis abuelas y me dije “¡Tenían razón!”, pero igualmente me seguí preguntado ¿Por qué es Pascua en Navidad?
 
Estamos ante el nacimiento de un niño y, normalmente, cuando nace una criatura este acontecimiento trae consigo gran alegría y también una cierta curiosidad. Todos tratan de encontrarle un parecido con alguno de los parientes, y se escuchan los comentarios más extraños: “El niño tiene los ojos de la madre, la nariz del papá, la boca del abuelo, las orejas de la tía…” y no agreguemos más.
 
El Niño Jesús es el único del que podemos afirmar “que es igual al Padre” y si el Padre es Amor total, el Hijo igualmente es donación completa. Por esto la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su ascensión a los Cielos, es aquel continuo darse hasta entregar su propia vida para rescatar al hombre esclavo de sus miedos y liberarlo, capaz de amar y asemejarse a Dios. La victoria sobre la muerte, la Pascua, es el corazón de nuestra fe y lo que da sentido a nuestra existencia. Por esto es que podemos afirmar que en Navidad comenzamos a vivir la Pascua.
 
Los cristianos de los primeros siglos entendieron que no puede haber Pascua sin Navidad. Este es el feliz acontecimiento que nos hace entrar en la verdadera fiesta. En pocas palabras, el nacimiento humilde de Jesús en una gruta de Belén –cuyo significado es “casa del pan”– es ya anuncio de su Pascua: donación hasta el extremo de dejarse comer por nosotros como verdadero pan del Cielo, que se nos ofrece en el Banquete Eucarístico, la Misa.
 
Por esto en esa Santa Noche de Navidad en que el Hijo de Dios pone su morada entre los hombres, naciendo de las entrañas de la Santísima Virgen María, el mundo se regocija con el anuncio de los ángeles a los pastores: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Este es el Emmanuel, Dios con nosotros, que quiere nacer en el pesebre de nuestros corazones y hacer PASCUA con nosotros.
 
 
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